Miles de campos repletos de amapolas y explosivos. Una vida entre la cosecha de opio y aprender a tirar con AK-47. Afganistán es un territorio minado y arrasado por el plan de la CIA y el Pentágono desde el 2001 en una guerra sucia y eterna que dejó ausencias de los dos bandos y en vidas que nada tenían que ver con la guerra, en la que uno de los objetivos era frenar la producción de drogas. Pero ocurrió todo lo contrario. Los campos de amapola son la soja de Afganistán, en un país con poca o ninguna infraestructura moderna, en estado de guerra, los afganos han desarrollado un negocio multimillonario.

En 2001, antes de la invasión de Afganistán, había menos de 200 mil usuarios de heroína en Estados Unidos. Para 2016, ese número aumentó a 4.500.000 (2.5 millones de adictos a la heroína y 2 millones de usuarios ocasionales).

Las muertes por heroína aumentaron de 1.779 en 2001 a 10.574 en 2014 cuando los campos de opio afganos hicieron metástasis y pasaron de 8 mil hectáreas en 2001, a 224 mil en 2016. Pero el negocio de la heroína no está “llenando los cofres de los talibanes”, como afirman el gobierno de EE. UU. y la comunidad internacional. La toma de decisiones del Departamento de Estado de EE. UU., la CIA y el Pentágono es fundamental para apoyar este comercio multimillonario altamente rentable, el tercero en valor de los productos básicos después del petróleo y el comercio de armas.

Hoy Afganistán es el principal productor mundial de opio y heroína. Este año, su producción de opio alcanzó un nuevo récord, un aumento del 87% en comparación con 2016, según las estadísticas de la ONU. El aumento se debe en gran medida a la rápida expansión del territorio utilizado para cultivar amapola, a raíz de los avances de los talibanes, que promueven y se benefician del cultivo ya no solo interesados en la cosecha de la materia prima sino cada vez más enfocados en el desarrollo de metanfetaminas que pasan en mayor cantidad y de forma más cómoda por las fronteras agujereadas del desierto.

La evolución de las cifras en torno al negocio del opio en Afganistán deja en claro que cada año una institución global como la ONU dice que hay un nuevo récord y que ya estamos en presencia del Estado narco número uno del mundo con mercados de consumidores cada vez más adictos y masivos como Asia, Estados Unidos y Europa. Produciendo alrededor del 90 por ciento del suministro mundial.

La ruta del opio (la materia prima con la cual se hace luego de un proceso de refinamiento tanto la heroína como la morfina, entre otras) está en mashups con los más altos niveles del gobierno afgano, el poder militar y la economía de una manera que hace que el negocio de la cocaína en la era Escobar parezca secundario. 

Originalmente un tramo de desierto al oeste de Afganistán (en la provincia de Helmand) se convirtió en tierras de cultivo gracias a un proyecto de irrigación masivo que comenzó en 1946 y obtuvo el apoyo de USAID, como parte de la competencia de la Guerra Fría por su influencia contra los soviéticos. Las tribus nómadas de todo el país se reubicaron aquí, y sus campos se volvieron fértiles con trigo, melones, granadas y, con la llegada de las guerras hace cuatro décadas, amapolas de opio.

Los bulbos se abren por la tarde, y la savia se filtra en la noche, espesándose y oxidándose en un tono marrón oscuro. Por las mañanas, los jornaleros van de planta en planta raspando la resina pegajosa con una cuchilla plana. Quince trabajadores pueden cosechar una hectárea productiva en una semana. Cuando se considera que solo Helmand tiene al menos 100.000 hectáreas cultivadas, se tiene una idea de la gran cantidad de mano de obra que debe movilizarse. Los chicos faltan a las escuelas en época de cosecha.

Un poco menos de 5 kilos de opio pueden refinarse en medio kilo de heroína pura. A los jornaleros se les paga un salario de 600 dólares aproximado. Y el negocio de ese medio kilo de heroína supone un estimado de 150 mil dólares. Como con otras drogas, hay una diferencia abismal entre la agricultura y la venta. Entre el agricultor empobrecido en un extremo y el yonqui desesperado en el otro se encuentra una cadena de criminales, políticos, laboratorios que hacen uso del narcotráfico, y que se llevan todas las ganancias. También el negocio se da en otras escalas: muchos terminan contrabandeando opio a través del desierto. Hay más de cien salidas en el desierto y los puestos de control policial están en uno, el resto del desierto es libre para contrabandistas.

Pero hoy, en tiempos de Paradise Papers, los barones del opio que han hecho fortuna en la última década están tratando de consolidar sus posiciones en la sociedad, invirtiendo en bienes raíces y entregando sus actividades de tráfico a parientes más jóvenes. Detrás de cada pilar institucional, hay un soplo de dinero que proviene de algún cártel talibán. Según una investigación de The New York Times, dos proyectos de construcción recientes -una universidad y una planta de aceite de semilla de algodón-  tienen conexiones con los jefes de las cárteles.

Los laboratorios son rústicos y se pueden construir en un día. Están escondidos en chozas o cuevas en las montañas: un par de docenas de barriles vacíos para mezclar, jarras con precursores químicos, montones de leña, una máquina de prensa, un generador y una bomba de agua con manguera larga para extraer de un pozo cercano. Son operaciones de refinación de heroína, y la policía afgana y las Fuerzas Especiales estadounidenses se topan con eso en todo Afganistán este año. La refinación hace que la droga sea mucho más fácil de contrabandear en las líneas de suministro a Occidente. Y está incrementando enormemente las ganancias para los talibanes, para quienes el narcotráfico representa al menos el 60 por ciento de sus ingresos, según funcionarios afganos y occidentales.

“Sin drogas, esta guerra hubiera terminado hace mucho”, dijo recientemente el presidente Ashraf Ghani de Afganistán. “La heroína es un impulsor muy importante de esta guerra”.

La adicción a los opiáceos sabemos desde hace bastante tiempo que es una situación terrible en Estados Unidos, donde por estos días el gobierno de Trump declaró la “emergencia nacional de salud” aunque de forma muy tardía y de estructura débil ya que no ofrecerá ningún financiamiento adicional para ayudar a lidiar con la epidemia, aunque The New York Times informa que la clasificación oficial “permitirá que algún dinero de la subvención se use para combatir el abuso de opioides”, para contratar especialistas, y para “expandir los servicios de telemedicina” – doctores via chat – a las áreas rurales que carecen de médicos.

Trump, quien a menudo comparó la enfermedad con el alcoholismo que finalmente mató a su hermano Fred, muestra una alarmante falta de comprensión de las causas de la adicción a la heroína que cree que se puede dejar fácilmente (Según el Instituto Nacional de Abuso de Drogas y Salud de US, el año pasado hubo 64 mil sobredosis con opiáceos, una tasa que se ha duplicado en una década). También en esta subestimación que hace Trump, se olvida que los opiáceos son recetados por los médicos para entre otros dolores calmar los efectos colaterales del cáncer, generando una adicción incontrolable para esos pacientes, impulsada principalmente por un aumento en el uso de analgésicos recetados.

Entre los opioides sintéticos distintos está la metadona, que incluye fentanilo, un opioide que se estima que es hasta 50 veces más potente que la heroína. El cannabis medicinal es una alternativa a todo este entramado nefasto pero la lucha con los laboratorios y las compañías farmacéuticas es ardua y genera demoras con enfermedades donde no hay tiempo que perder.

En Afganistán, además de ser el principal productor, hay más de un millón de adictos al opio y sus derivados, en un contexto devastado sin una inversión seria en la infraestructura económica y de salud mental de las comunidades empobrecidas, es imposible abordar las causas de la adicción, y la erradicación de la adicción a los opioides probablemente será seguida por un aumento en alguna otra forma de dependencia de sustancias recetadas o no.

Ph: Victor J. Blue