Hay una delgada línea entre el viaje como experiencia y el turismo colonialista, y la nueva asociación entre el grupo de medios Vice y la compañía de alquileres temporarios Airbnb, la atraviesa.

El crecimiento de Airbnb en los últimos 4 años ha sido astronómico. En marzo de 2017,  se valoró en 31.000 millones de dólares (el año próximo se cumplen diez años desde su fundación). Este crecimiento no ha venido sin dolores de cabeza. Airbnb debe gran parte de su éxito a la economía compartida, un modelo que permite a las empresas zafar los costos de hacer negocios con su propia fuerza de trabajo. Al igual que Uber o Taskrabbit, estas compañías evitan pagar impuestos o beneficios a sus trabajadores apoyando principalmente jornadas a tiempo parcial. Al mismo tiempo, encuentran maneras de esquivar las regulaciones gubernamentales y los impuestos, obteniendo así una enorme ventaja sobre los competidores tradicionales. Como resultado, los sindicatos y los gobiernos locales han estado luchando contra la agresiva expansión de Airbnb durante estos años y en varios países.

En cuanto a Vice, ya no hablamos de una revista nacida en Montreal con subsidios comunitarios para desocupados en 1994 sino de un grupo de medios gigantesco, Vice Media, en cuyos accionistas se encuentra nada menos que Rupert Murdoch, dueño entre otras cosas de la 20th Century Fox. Aunque cabe aclarar que solo adquirió el 5% de las acciones hace cuatro años, el director ejecutivo sigue siendo uno de sus fundadores Shane Smith. En el último tiempo, Vice Media profundizó sus plataformas digitales y le dio un fuerte impulso a contenidos audiovisuales.

El 14 de agosto, Vice y Airbnb anunciaron una asociación y un concurso que llevará a los ganadores a tours excéntricos, visitas guiadas dirigidas por expertos locales (Airbnb los llama también anfitriones, que son los contactos de la empresa en esos lugares). Cien ganadores del concurso, que terminó a principios de este mes, tendrán la oportunidad de participar en experiencias tan inmersivas como invasivas. Explorar la singular vida nocturna del barrio gay de Tokio: “Adéntrate en la floreciente aunque velada cultura queer de Tokio a través de los cómics manga, que se han encargado de presentar las narrativas LGBTQ a una cultura pop de masas. A continuación, podrás explorar la singular vida nocturna del distrito Ni-chome, que ostenta la mayor concentración de bares gay en el mundo”; conocer los clásicos cabarets parisinos en Pigalle y “las tiendas del amor que llevan la inclusión al plano del erotismo, hasta unas clases privadas de burlesque y quién sabe, ¿quizás un baguette erótico?”; asistir a una clase baile y fiesta en un club de Harlem; o “sumérgete en la escena de la música electrónica en un lugar inesperado: la comuna de Khayelitsha en Ciudad del Cabo, Sudáfrica”.

La asociación es una forma de comercializar los paquetes “Experiences” de la compañía de viajes , que se lanzaron en noviembre de 2016, a los millennials mientras que capitalizan la reputación para los viajes que Vice ha curado cuidadosamente durante estos años. Pero teniendo en cuenta la inclinación de Vice por un tipo de periodismo basado en enviar corresponsales a comunidades aisladas y siempre peligrosas o extremas haciendo una pintura varias veces sensacionalista de los contextos que registra, lo único que los ganadores del concurso estarán experimentando es el tipo de turismo de influencia colonialista que presenta a las personas como parte de un producto consumible.

Las dos empresas están cotizando en lo que es una tendencia ya en auge. Las compañías de viajes están comercializando cada vez más experiencias de viajes inmersivas y “auténticas” a clientes más jóvenes que son más conscientes del impacto que su gasto tiene en el mundo. Uno de los tres dueños de Airbnb (dos de ellos son diseñadores) dijo: “Los consumidores no quieren ser cómplices de prácticas laborales inhumanas o permanecer en centros turísticos de estilo occidental que están amurallados de la cultura local. Lo que los viajeros quieren es sentir que pueden participar en algo de la manera más auténtica posible, que pueden pertenecer a la comunidad cuando no están en su cuenta. Experiencias de viaje como las que comercializan Vice y Airbnb prometen la oportunidad de viajar sin sentirse como un extraño”.

Pero esto choca de frente con lo que están promoviendo, la exclusividad y el acceso con calificaciones como “secreto”, “subterráneo”, “parcialmente ocultos”, “raros”, y sobre todo, “exclusivos”, expone una relación que los viajes basados en experiencias siempre están negociando: la línea borrosa entre el participante y el visitante. Con la discutible excepción del viaje de París, cada una de las experiencias de viaje ofrecidas como parte del concurso prometen acceso y experiencias en lugares que se hicieron exclusivos pero como producto de la opresión. Voguing nació en la cultura del salón de baile de Harlem y en la comunidad LGBT frente a una cultura tradicional homofóbica y anti-negra; lo mismo vale para el papel de la homofobia en la vida nocturna LGBT de Tokio y las escenas de manga. La escena de EDM del municipio de Khayelitsha de Ciudad del Cabo no puede ser separada de la historia del apartheid de la zona.

Estamos hablando de un tipo de marketing aplicado al turismo que quiere garantizar una “experiencia auténtica” pasando unos dias o unas horas en una cultura especial y cerrada, banalizando a esos lugares y a la gente de esos lugares, generando también un falso compromiso, temporario como todo lo que propone Airbnb.

Sentirse un extraño tendría que ser lo más auténtico que tiene para ofrecer un turista, parte del poder transformador de un viaje radica en conocer su lugar como visitante, entendiendo que nunca se puede realmente comprar un acceso  a esa cultura y centrarse en las comunidades locales.

Vice y la asociación con Airbnb, y los paquetes de Experiencias de Airbnb en general (que son presentados en su web en un formato similar al panel de contenidos Netflix), presentan exclusividad y acceso como antídoto para ser un extraño. Pero mientras las compañías de viajes continúen comercializando la idea de que el acceso a las comunidades se puede comprar tan fácilmente como los pasajes de avión y las clases de surf, los viajeros seguirán inmersos en el tipo de falsedad y explotación que originalmente pudieron tratar de evitar. De esa forma, más que parecerse a Uber, el modelo de Airbnb cada vez se parece más a United Colors of Benetton.