Ph: Thomas Hoepker

En The Greatest, Muhammad Ali actuó de él mismo, y agregó sustancia a su propia leyenda al mostrar su ascenso en el mundo del box. Dos años antes del estreno, Ali fue entrevistado por Lawrence Linderman para Playboy, y aprovechó ese momento para perpetuar al icono que presentaba en la película. No se sabe lo que pensaba de sí mismo en sus momentos más privados, pero sabía que su mensaje al mundo sería más fácil de enviar si fuera el Jesse James que todos querían que fuera, si necesitaban odiarlo o amarlo. Para hacer esto, Ali tuvo que destruir su habilidad de ser solo un tipo normal. Ya no podía ser solo un boxeador. En cambio, tenía que encarnar su propia leyenda.

El icono y el hombre siempre estaban envueltos uno alrededor del otro. La persona pública de Muhammad Ali fue diseñada para vender tickets y para el good show, pero como reveló el fotógrafo Thomas Hoepker que lo seguía a todos lados, la verdad privada era más compleja. Las imágenes de Hoepker del campeón entre 1966 y 1970, ofrecen un retrato completo de uno de los héroes americanos por excelencia.

Cassius Clay, de 18 años, ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma. Muhammad Ali, a los 35, se autoproclamó Jesse James; Ali, ya con 54 años, encendió la antorcha en los Juegos Olímpicos de Atlanta, y llegando a los 74 el viejo Ali murió como una eminencia cifrada para luchadores, entrenadores, defensores, agitadores, gente de paz y gente de guerra.

Ali tenía también y por sobre todas las cosas una tendencia fascinante a fanfarronear porque sabía, instintivamente como cualquier depredador, el poder que la cobertura mediática tendría sobre su persona. Sabía, además, que cualquier alarde que se fundara en la verdad ya no era un alarde, más allá de si Ali fue luego el mejor atleta del siglo 20, junto con Michael Jordan y Maradona, con aspectos sobrenaturales compartidos.

Pero esa capacidad para el agite, después dejaba atrás cualquier fábula arriba del ring. Entonces, cuando Ali dijo que vencería a Sonny Liston, y luego lo hizo, dos veces, y dijo que vencería a Floyd Patterson, y lo hizo, dejó en claro lo que realmente era como persona: ser un hombre de palabra. Simplemente sucedió que las palabras de Ali fueron, incluso como chistes, incluso como burlas, o ironías, siempre palabras de lucha de un gran pacifista.

Su presencia radiante aquí en la Tierra y donde sea que esté brillando ahora, Ali, el musulmán más visible de una nación que hoy se encuentra envuelta en lo peor del racismo y la tilinguería, era un atleta que más allá de tener un físico naturalmente privilegiado no se cansaba de enfatizar la importancia del entrenamiento. “La pelea se gana o se pierde lejos de los testigos, detrás de las líneas, en el gimnasio y en el camino, mucho antes de bailar bajo esas luces”.

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