Tres películas recientes tienen el mundo de los libros como protagonista, ya sea a través de las vivencias de escritores o de la dueña de una librería.

Basada en hechos reales nos devuelve al veterano Roman Polanski, en un film menor pero con un atractivo nada desdeñable, derivado en parte de la novela de Delphine de Vigan, el guión en colaboración con otro director -Olivier Assayas, el de Personal Shopper-, y la pericia narrativa y de puesta en escena de uno de los grandes directores de la historia del cine. Una escritora, Delphine (Emmanuelle Seigner, esposa del realizador) acaba de publicar su última novela, que vampiriza las tristes circunstancias que llevaron al suicidio a su propia madre. El libro es un best seller y los compromisos del mundo editorial -la firma de libros, entrevistas, todo el marketing que lo rodea- la dejan exhausta y al borde del colapso emocional. En uno de esos eventos conoce a Elle (la intensa Eva Green), que se transformará en una especie de alter ego que la ayudará a lidiar con todas esas actividades y le proporcionará el tema de su próxima novela, superando el bloqueo que le impide escribir una línea. De a poco, Delphine se verá cada vez más aislada bajo el peso de Elle, un súcubo que se alimenta de sus vivencias. Como es habitual en la obra del polaco, lo siniestro y la atmósferas erizadas están a la orden del día, y la relación entre víctima y victimario tiene fronteras movibles, variando de acuerdo a las circunstancias.

Como en Repulsión (1964), El bebé de Rosemarie (1968), y El inquilino (1976), tres de sus films mayores, el relato está contado desde el punto de vista de la protagonista, es decir, los espectadores se van enterando de lo que sucede al mismo tiempo que el personaje. La diferencia con los ilustres antecedentes es que aquí la estética es decididamente realista: Delphine y su doble, Elle, interactúan con el mundo y suelen aparecen en el mismo encuadre, como si se tratara de dos entidades diferenciadas, cuando es probable que Elle sea una creación imaginaria de la escritora en medio de su crisis para inducir el dificultoso trabajo de parto de una nueva novela.

En El autor, de Manuel Martín Cuenca, basada en una novela de Javier Cercas, un auditor (notable Javier Gutiérrez, con ecos de la seducción del Hannibal Lecter de Anthony Hopkins y de la evisceración emocional del Kevin Spacey de Los sospechosos de siempre) hace lo impensable por ser un gran escritor “de buena literatura”, por contraste con su mujer que ha escrito un best seller un tanto alimentado de los altibajos del matrimonio. Tras descubrir que ella le es infiel, Javier se muda a un departamento. Acicateado por su maestro de taller literario (Antonio de la Torre) para que produzca escritura con materiales tomados de la vida real, comienza a alterar la vida de sus vecinos en pos de ese objetivo. Bajo sus manipulaciones caen la portera (una adorable Adelfa Calvo, ganadora con justicia del Goya a la mejor actriz de reparto), un matrimonio de inmigrantes mexicanos, y un militar franquista jubilado. Como el film también está narrado desde el punto de vista del personaje, -en este caso alguien totalmente desconectado de la realidad, con un alto déficit perceptivo-, las sorpresas para el espectador se suceden una tras otra.

El film de Martínez Cuenca es tanto un thriller psicológico como una sátira de costumbres. Fiel a la tradición mayoritariamente realista del cine español, apenas se permite utilizar una pared como pantalla de sombras chinescas de los conductas de los vecinos, quizás una proyección mental del solitario personaje, rodeado de paredes tan blancas como las páginas que le cuesta rellenar, tan vacías como su propia interioridad. El autor es un buen exponente de la renovación que está experimentando el cine industrial español, que apenas llega a estas tierras; otros títulos destacables, que giran en torno al policial y el thriller, son Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, 2016), Tarde para la ira (Raúl Arévalo, 2016), La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014).

Por último, La librería, de la sobrevalorada Isabel Coixet, especialista en melodramas (Mi vida sin mí, La vida secreta de las palabras) donde las emociones siempre están crudas, como su basto estilo. Esta es una película española que intenta pasar por inglesa, fallando en todos los rubros. Adaptada de una novela de Penelope Fitzgerald, ambientada en un pueblito de la costa inglesa en 1959, narra la historia de una viuda de mediana edad, Emily Mortimer (habitualmente eficaz, haciendo lo que puede en manos de una zozobrante dirección de actores), que pone una librería en un pueblo controlado por los deseos de una aristócrata con influencias en el parlamento, interpretada nada menos que por Patricia Clarkson, (generalmente una intérprete que brilla en todo lo que encarna, menos en esta ocasión; no sólo se la ve poco convincente, sino que se nota el hilvanado de su composición.) La mujer, celosa ante el impulso renovador de la viuda -que impone la lectura de la Lolita de Vladimir Nabokov con su aura escandalosa desde la vidriera del local-, hará lo indecible para que el minúsculo emprendimiento cierre, con la alianza de un dandy de entrecasa y un escuálido sobrino que calienta un escaño en la cámara de los lores. Por su parte, la librera contará con el apoyo de un excéntrico al que saca de su ermita tras alimentarle la pasión por la lectura (Bill Nighy jamás ha estado peor, en un papel que resalta lo apergaminado de su personalidad actoral, siempre a un paso del féretro) y una niña pelirroja que, en su madurez, se hará cargo del relato de influencias dickensianas que da pie al film.

La característica falta de delicadeza de la directora arruinará varias atmósferas, estropeará varios paisajes de postal, subrayará en demasía los rasgos caricaturescos de los personajes, y hará que -en definitiva- lo representado sea poco creíble. Los momentos delineados para convocar las emociones más acuosas del espectador serán suministrados a los tropezones, y ciertas ironías que se desprenden de los acontecimientos fallaran en dar en el blanco. Film patoso si los hay, pese que en el país de origen le otorgaron todos los Goyas que estaban en la estantería, mejor evitarlo.