Benyamin Reich nació en 1976 en Bene Barak, Israel, en una familia Chassidic estrictamente religiosa, en Israel. Su padre, su madre, muchos de sus numerosos hermanos todavía viven hoy como judíos ultra-ortodoxos. Cuando tenía quince años, empezó a tomar distancia de la ortodoxia judía, a la que llamó el “cálido, pero inmoral mundo de mi infancia”.

“Bnei Brak es una ciudad en blanco y negro que significa que el mundo está en blanco y negro: los hombres usan camisas blancas en la parte superior, pantalones negros en la abajo, y eso es todo lo que ves. No había mucho color en mi niñez. Y como un niño con un punto de vista artístico, estético, se sentía mal, como que me faltaba algo. Desde mi niñez en adelante, trataba de traer la estética de vuelta a mi vida”.

Cuando su padre se dio cuenta de que su hijo estaba alejado de él, lo envió a una Yeshiva, una universidad judía en los Estados Unidos. Allí debía dedicarse enteramente al estudio de la ley judía. Pero Reich era un mal estudiante. En él había crecido un mundo completamente nuevo, y entonces decidió viajar a París, donde asistió a la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes.

Las tradiciones (Haredi judías) requieren que los hombres se conviertan en proveedores patriarcales a través de un matrimonio arreglado alrededor de los 18 años de edad, para producir familias de 9 a 13 hijos y para ser un erudito de la Torá. El hijo de un padre judío influyente, cuyas tareas más importantes fueron el estudio de la Biblia y la generación de numerosos hijos con una esposa igual de religiosa, de ahí sale este fotógrafo que lleva una vida de libertad y no tiene que esconder lo que piensa del sexo, entre otras cosas. Su padre ha vuelto a acercarse a él a través de su arte. En la última reunión familiar en las montañas de Saas Fee, se dejó fotografiar por su hijo haciendo esquí.

La obra de Reich explora la masculinidad desde la edad temprana y las raíces homo-eróticas del judaísmo. Algunos de sus cuadros fueron incluidos en la colección del museo judío en Berlín, donde vive actualmente junto a su novio. Sus motivos se caracterizan casi siempre por sus orígenes ortodoxos y no es raro que estén llenos de tensión erótica. “El sutil erotismo de los hombres ortodoxos siempre me ha fascinado”, dice Reich.

“Aunque a la edad de 15 años empecé a romper con el mundo cálido, pero inmoral de mi infancia, nunca dejé atrás mi pasado. Mi origen se ha convertido en el motor de mi arte”. Su objetivo es capturar al hombre ortodoxo judío como un ser con mucha belleza y sensual, en contraste con el estereotipo que ve al hombre religioso judío como poco atractivo y estético.

El hecho de haber pasado su juventud como un hombre gay en una comunidad conservadora y ultra-ortodoxa lo impulsó a visitar las comunidades LGBTI en los rincones con más judaísmo, desde Israel, Polonia, Alemania y Suiza. En sus fotos, explora lo queer y lo masculino en las comunidades locales, localidades como Bnei Brak, en donde nació, y que impone leyes estrictas, códigos de vestimenta y fomenta la falta de identidad individual, todo en nombre del judaísmo. “Mi trabajo consiste en escapar visualmente de lo difícil que fue para mí mi infancia y adolescencia. Es una liberación de lo que estaba soportando cuando era más joven y haciéndome preguntas importantes, y que la escuela Yeshiva consideraba como pensamientos impuros. Mis imágenes están tratan de buscar puntos en común con la ley judía prohibida. Une estos dos mundos. No rechazo el judaísmo tradicional; sólo agrego visiones de homoeroticismo que existen de manera secreta para crear un lenguaje nuevo y necesario. Lo pronuncio visualmente para que de esa manera estas escenas se conviertan en realidad y se puedan ver”.

Entonces, ¿cómo se llega a un acuerdo con su sexualidad en un lugar donde la expresión y el lenguaje de la liberación sexual no existen? le preguntaron recientemente a Benyamin: “Es un tema que ha permanecido conmigo todo el tiempo. Siempre me dijeron: ‘Es tu mal deseo y tienes que luchar contra eso. Eres recto, Dios te hizo recto, tienes que luchar contra ese deseo”. No se lo dije a nadie. Intenté pero no pude. Así que pasaba mucho de mi tiempo en mis estudios tratando de encontrar historias que representaran mis sentimientos en los libros sagrados, trataba de encontrar algo para tener como referencia”.

Más que la homosexulidad, él apunta a una estética homoerótica. El compañerismo en los hombres también es explorado. En las sociedades ultraortodoxas como Bnei Brak, los chicos se asocian con otros chicos para sus estudios de Torá con los que pasan la mayor parte del día. “Es una amistad muy fuerte, intelectual, porque aprenden juntos, pero también es muy homoerótico porque sólo se permite entre hombres. Y todos están en la edad en la que la sexualidad comienza a salir e influye fuertemente en su comportamiento. Así que, es este sentimiento de parentesco muy puro y romántico lo que me interesa mostrar también. Hay un romanticismo olvidado en la masculinidad que me fascina, así que trato de capturarlo”.

Como último deseo no pierde las esperanzas que dentro de su comunidad las cosas cambien. “En el futuro, estaría muy feliz si hubiera un rabino ultraortodoxo que aceptara la homosexualidad. Es esta intersección entre el judaísmo y la cultura queer lo que añoro. Espero que los ancianos abran el puente para que las personas ultra-ortodoxas LGBT se mantengan religiosas, mantenerse tradicionales, pero estar con un compañero que ellos eligen amar y ser felices. Creo que vendrá en algún momento. Y esto es lo que estoy tratando de hacer con mis imágenes. Cuando esto suceda, seré feliz”.