Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo delante de nosotros, pero no teníamos nada; caminábamos directo al cielo y nos extraviábamos por el otro extremo.

En el episodio piloto de Black Mirror, “The National Anthem” (2011), un presunto grupo terrorista secuestra a una princesa británica amada por la gente en las primeras horas de la mañana. Para liberarla, el grupo anónimo exige que el primer ministro tenga sexo con un cerdo en vivo en la televisión a las cuatro de la tarde. El video en el que la princesa anuncia el precio del rescate se vuelve viral y toda la nación presiona al primer ministro para que cumpla con las demandas de los secuestradores. Al final del episodio, se revela que el secuestro fue un gesto singular de un artista, para señalar críticamente el papel obscenamente inflado que los medios de comunicación tienen en la configuración de la opinión pública y la política oficial. La acción del artista, en otras palabras, ilumina el cambio visceral en el poder provocado casi instantáneamente por la circulación del video en las esferas de la sociedad. Toda una nación pegada a televisores en los pubs, lugares de trabajo y salas de espera a las cuatro. El artista destaca que la nueva era no implica una nueva imagen del mundo, sino la transformación del mundo en imágenes, que tienen la capacidad directa de manipular y coordinar el comportamiento en casi cada nivel.

Así, como señala el filósofo Steven Shaviro, en el mundo contemporáneo la oposición entre los modos de presentación basada en la realidad y la imagen se desmorona, y la realidad más intensa y viva es precisamente la realidad de las imágenes.

Así como los norteamericanos son buenos en despreciar a los pobres, son mejores ocultándolos. Pero están en todos lados y en todo el país, no solamente en la región de los Apalaches, históricamente diezmada, o en los guetos. Y hoy más que nunca. Hay en total 47 millones de personas que reciben foodstamps, los vales para comprar comida que da el Gobierno. El 20% de esa gente no tiene ningún tipo de ingreso y muchos de ellos tienen que vender plasma sanguíneo varias veces por semana para poder pagarse un boleto de colectivo; o viven en trailerparks, algo así como campamentos de casas rodantes transformadas en viviendas permanentes, como ocurre en Pennsylvania.

El Estado solo computa como desocupadas a las personas que están buscando trabajo, no a las que ya se resignaron a no hacerlo. Aquí se esconde una porción enorme del electorado que llevó a Trump al poder. Según Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, los que están más abajo no han visto ningún incremento en su estándar de vida en casi medio siglo. En cambio China, en los últimos 35 años, ha sacado a 500 millones de personas de la pobreza. Estados Unidos no solo incrementó el número de gente que vive en la pobreza sino también el porcentaje de pobres.

Algo más de cuatro millones de estadounidenses tienen puestos gerenciales. Se llaman managers pero son figuras de fantasía, porque no controlan ni supervisan a nadie. Solo a sí mismos. Pueden ser gerentes los que se ocupan de limpiar los baños o dar vueltas a las hamburguesas en un grill. Fue McDonald’s la que inventó esta denominación; es un truco para hacer trabajar a la gente hasta 60 horas semanales sin pagarle por el tiempo extra, y así la mantienen con salarios de pobreza. El gobierno de Obama quiso regularlo pero una corte federal en Texas lo bloqueó. Los empresarios se pusieron contentos. Uno de esos empresarios es el Secretario de Trabajo del presidente Trump.

Estados Unidos está separado de México por tres mil kilómetros de una línea común que se extiende entre el Océano Pacífico y el Golfo de México, atravesando cuatro estados de EE.UU. y seis estados mexicanos. Más que un límite, la línea representa una división entre el primer y el tercer mundo, cortando el paisaje abruptamente entre las ciudades, y de forma anónima y silenciosa en los inmensos desiertos.

La sensación de amenaza que implicaba la frontera mexicana comenzó a adquirir forma real a partir de 1994, cuando Clinton lanzó Operation Gatekeeper (Operación Guardián), que dio inicio a la construcción del muro y provocó efectos totalmente paradójicos tanto en política como en el número de inmigrantes sin papeles de residencia. Mientras más se fortificaba la línea de demarcación binacional, más aumentaba la errada percepción popular de que la frontera es un swiss cheese, un queso con agujeros. Por otro lado, en lugar de disminuir la cantidad de gente que se quedaba a vivir en Estados Unidos, el número aumentó sideralmente. Quedaron acorralados, entonces empezaron a llevar con ellos a sus familias. Fue así que la cantidad de residentes sin papeles en regla pasó en pocos años de 3 a 11 millones.

Reyna Araibi del otro lado. Ella forma parte de Colibri Center for Human Rights, una organización de Arizona que se encarga de rastrear personas desaparecidas tras cruzar la frontera, para intentar dar alguna noticia a sus familias en México y el Caribe.

Nacimos de una crisis de derechos humanos que empezó hace 20 años cuando, como resultado de nuevas políticas de militarización en la frontera, cientos de inmigrantes empezaron a fallecer cruzando este terreno, y sus familias los buscaban desesperadamente. Desde 1998 más de 6.915 personas han fallecido en la frontera, y tenemos más de 2.500 casos en los que siguen desaparecidas. En lo que va de este año, desde el 1 de enero hasta hoy, 41 migrantes han sido recuperados y llevados a la oficina del médico forense en Tucson, Arizona, y todavía no empezaron las temporadas más crueles, como el verano. Colibrí trabaja con las familias de los desaparecidos para recaudar reportes detallados y luego colaborar con los médicos forenses y científicos, tratando de identificar a las más de 900 personas, presumidas migrantes, que siguen sin identificación.

Le comento el dato sobre la construcción del muro en los noventa, que al fin de cuentas se empezó a construir por un demócrata del sexo oval como Bill Clinton.

Trump no tiene nada de innovador con sus propuestas y políticas. Como presidente, está expandiendo las mismas ideologías y políticas deshumanizadoras y fatales que hemos visto en la frontera por más de 20 años. Lo trágico es que como ya hemos visto estas políticas, sabemos exactamente en lo que van a resultar: aún más sufrimiento multifacético en comunidades de inmigrantes. Toda esta militarización ha tenido efectos devastadores para las comunidades en la frontera, el medio ambiente y los inmigrantes que están canalizados en las partes más peligrosas y remotas del desierto si quieren cruzar. Lo que hicieron las políticas de militarización es crear zonas completamente cerradas a la inmigración, pero al mismo tiempo tuvieron el propósito de crear lo que se llama el “efecto embudo”: empujaron a los migrantes a los terrenos más peligrosos y remotos de toda la frontera. Estas políticas no hacen nada por entender los motivos por los que la gente está inmigrando sino que solo castigan, y parece que ese castigo miles de veces ha sido una muerte solitaria en el desierto de Sonora.

El desierto puede ser brutal y no discrimina. Él quita todo de quien sea y después no deja nada para ayudar en el trabajo de identificación.

Hay un término que se llama “pérdida ambigua” que intenta describir la multitud de emociones que significa tener alguien desaparecido, el limbo en que viven las familias que no saben por seguro lo que ha sucedido con un ser querido. En este limbo uno se puede imaginar escenarios infinitos, y ese dolor de no saber es un dolor agudo.

Más allá de lo que me cuenta Reyna, The New York Times me susurra que en los últimos 20 años se gastaron unos 2.400 millones de dólares en fortificar la frontera, como si dividiese al país de Irak o Afganistán, aunque no haya una guerra real.

Alrededor de un millón de mexicanos o migrantes son detenidos cada año, y cerca de medio millón o menos probablemente cruzarán con éxito a los EE.UU. La única manera de cruzar con éxito es contratar a un coyote, un mal necesario en la frontera; no hay otra forma de cruzar con seguridad. Los coyotes ya funcionan como agencias de viajes. Por ejemplo, si venís de Guatemala te ofrecen un paquete que incluye transporte, un lugar para alojarse y comida. Todo está incluido en la posibilidad de cruzar hacia el sueño americano.

México tiene más multimillonarios que cualquier país de América Latina, y uno de los hombres más ricos del mundo, Carlos Slim, es mexicano. Gracias a sus gobiernos, sin embargo, el país ha generado una dependencia hacia el dinero que los migrantes envían. El petróleo es el primer ingreso del país, los migrantes el segundo, el turismo el tercero; son entonces los migrantes ya establecidos en los EE.UU. los que al fin y al cabo financian el crecimiento de la inmigración ilegal. No es cierto que este éxodo se trate de personas en su mayoría pobres que dejan México. Son los que tienen parientes en EE.UU. que pueden pagar desde US$2.000 a US$4.000. Ellos son los que van a contratar a un coyote, y el coyote para muchos migrantes es un héroe que ayuda a cruzar a sus parientes. Ayuda a sus abuelas, a sus hijas, a sus esposas. Es cierto que hay otro sector de los migrantes que denuncia que los coyotes violan o perjudican a los migrantes, pero en general, los coyotes tienen un lugar especial.

Las formas de las cosas irradian sus propios mensajes. La arquitectura ha sido siempre expresión de imágenes, valores y poder tanto como lo es de estética. En ningún caso ha sido esto más explícito que con el rascacielos, esa creación esencialmente norteamericana que mezcla la fe en la tecnología y el progreso con la teatralidad de la crema americana, encarnando las actitudes cambiantes de los estadounidenses hacia los negocios (y de los negocios hacia los estadounidenses), hacia el medio ambiente y hacia su propia historia.

Los primeros rascacielos de Chicago son reconocidos como las obras maestras de la primera generación de esta corriente en América, pero en la década de 1920, Nueva York había dado a luz a una generación de edificios que significó una edad de oro del diseño de rascacielos. Eran el símbolo adecuado del estilo corporativo que se consolidaría en los años cincuenta, aquellos del hombre de la organización que sumergía su propia identidad dentro de una corporación inmensa y anónima. De hecho, era la última ironía: la caja de cristal, imaginada en los años veinte como un refugio físico para una nueva sociedad socialista, se convirtió en la arquitectura del capitalismo corporativo. También es una ironía significativa que el llamado a la responsabilidad social en la arquitectura urbana se haya traducido en última instancia en una ciudad de rascacielos más grandes.

Diez letras fabricadas de latón pulido que forman dos palabras de cinco letras. Cada letra tiene 34 pulgadas (86cm) de alto. La primera palabra es el apellido del propietario del edificio y la segunda palabra describe el tipo de edificio. La profundidad de las letras es tal que sus caras frontales están al mismo nivel que la fachada. Este régimen estético no reside en el presente. Es algo del pasado, y ni siquiera del pasado cercano; forma parte de un sistema particular de valores de más de treinta años.

Construido por Der Scutt en 1.984, ocupa el número 725 de la Quinta Avenida, y alberga en su interior la sede de la organización Trump, su residencia privada, comercios de retail, oficinas y condominios residenciales de lujo. A Trump le encantan las superficies vidriadas. Ahora, uno querría más bien enfatizar la forma en que la piel de vidrio negro repele la ciudad exterior, una repulsión comparable a los cristales de anteojos de sol reflectores que hacen imposible que el interlocutor de quien los lleva vea sus ojos, así logrando imponer un cierto poder agresivo.

Mauricio Corbalán nació en La Plata en 1968. Estudio Arquitectura y Urbanismo en la FADU-UBA. Fue parte del colectivo de arquitectos m777 (1999-2004) y desde 2005 es miembro de m7red, un grupo de investigación y activismo independiente enfocado en la descripción y traducción de escenarios urbanos complejos. Ha trabajado en proyectos y colaboraciones con Jeanne van Heeswijk, Raumlaborberlin, Estudio Teddy Cruz y Forensic Architecture, entre otros. En twitter es @afrikaner.

¿Cuál es la violencia propia de la arquitectura o por qué la arquitectura constituye una historia particular de la violencia?

Eyal Weizman es el arquitecto israelí que ha puesto en relevancia el papel de la violencia en la conformación de lo urbano. El otro es Mark Davis, especialmente con su libro “Ciudades Muertas”. Eyal Weizman tiene un artículo precisamente llamado “Caminar atravesando muros” donde se describe el desarrollo de las técnicas de guerra urbana por parte del IDF utilizando materiales teóricos del posestructuralismo francés. Eyal Weizman lo extiende más allá en investigaciones posteriores. Llega a decir que a partir de la segunda mitad del siglo XX todas las operaciones militares debieran ser consideradas planificación urbana. En términos más generales y a partir de la crisis ecológica global de las últimas décadas, tenemos claves de lectura diferentes. La arquitectura ya no es percibida desde una perspectiva antropocéntrica como el “arte de construir” sino como una violencia organizada y sistemática contra el ambiente. La violencia es una de esas claves para ensamblar una historia del ambiente construido, de la urbanización, que se ha convertido en la cera donde se registra el proceso civilizatorio de las aglomeraciones humanas.

El espacio público del edificio de la Trump Tower en Nueva York está revestido con lujosos mármoles rosados y acabados en oro y cuenta con un gigantesco atrio de cinco plantas con una cascada que recorre las paredes de mármol. Toda una declaración de principios de un predador sexual, podríamos pensar, pero también es interesante el concepto que tiene de lo público, de los espacios comunitarios…

El hall de la Trump Tower parece la antítesis de la plaza del Seagram’s Building, con su modelo de espacio cívico tan alabado por William Whyte como una especie de ágora moderna. La torre Trump, más allá de la ostentación de su materialidad, se constituyó en su cuartel central durante las elecciones. Más que la ostentación, hoy el problema de la torre es la seguridad, representada por el alto costo que la ciudad tiene que afrontar para protegerlos a él y a su familia cuando ocasionalmente lo habitan. La torre tiene el perímetro vallado por las protestas; en el frente, el hall está obstaculizado por camiones llenos de arena que funcionan como un cordón para repeler autos bomba. Pero en el penthouse del piso 58 hay otra paranoia: la de que haya micrófonos ocultos por todas partes, evidenciada por la acusación de Trump a Obama al respecto. La torre conjuga así dos preocupaciones arquitectónicas contemporáneas; una defensa frente a los ataques terroristas a nivel de la calle, con otra que se libra en los servidores de las agencias de seguridad a través de filtraciones de información confidencial operadas por hackers y espías. Es esta articulación improvisada respecto del paradigma de seguridad –más interesante que la arquitectura corporativa– lo que pone en evidencia a la torre Trump. Las fronteras emergen de forma histérica y ubicua: están en la planta baja del edificio, en el cielorraso del penthouse, en los servers, en el borde con Mexico…

En definitiva, estamos ante un caso que pareciera ser menos arquitectura que marketing, convirtiendo el nombre Trump en el componente más importante de todos.

Hay un libro de Tom Wolfe llamado A Man in Full, escrito durante los años 90, que narra el ascenso y caída de Charlie Croker, un desarrollador urbano de Atlanta, un self made man del viejo estilo. Para Croker los héroes de la ciudad no eran los arquitectos, simples decoradores de tortas que llegan cuando el negocio ya está armado, sino los desarrolladores que rastrillan el espacio urbano, detectan los huecos legales y logran ensamblar los componentes financieros del emprendimiento. En el caso de Trump, más que en la expresividad posmoderna de sus construcciones en la que su apellido corona cada edificio, es la recurrencia a patrones comunicacionales disruptivos donde se forja su estilo. El arsenal retórico elaborado por Trump durante su participación en el reality El Aprendiz fue quizás el campo de entrenamiento para sus ulteriores desempeños en Twitter durante la campaña presidencial, que le valieron el triunfo electoral. Quizás los edificios hayan sido el primer paso de un proceso de amplificación retórica mediante la electrificación del discurso que va del edificio monumento a la televisión y luego a las redes sociales. Las técnicas de marketing le deben mucho a la teoría operacional desarrollada por los ejércitos del siglo XX.

¿Entonces, en qué quedamos, nos vemos reflejados en alguien como Trump o seguiremos renegando de lo que somos capaces, rapaces, en este safari que nos interpela, nacional brutalismo, femme fatale old fashioned, dooby-doooby-doo?

El muro es el ejemplo perfecto: mientras que los expertos critican el supuesto plan por ser completamente irreal, sus partidarios reconocen que a ellos no les importa, que ese no es el punto. El muro es un meme. Este tipo de montaje político, sin embargo, conlleva riesgos claros, pero no nos importa y directamente lo vemos como a un cosplay que no solo se disfraza sino que interpreta el personaje hasta calar hondo en nuestra cultura. Hay muchas razones para esto: su presencia lobotomizada en los realities y los programas de juego ha llevado a una situación en la que la televisión se ha convertido en un medio vinculado al desfile y la ridiculización de las clases más bajas, donde los protagonistas son tratados violentamente y sometidos a innumerables pruebas, confesiones, investigaciones y evaluaciones invasoras.

Finalmente, Trump como un spam. Esta perspectiva, que viene de los estudios culturales más tradicionales, ve al spam de la imagen como un instrumento de persuasión coercitiva, así como de seducción insidiosa, que conduce a los placeres ajenos a rendirse a ambos. Las imágenes-spam son esos banners invasivos que saturan la pantalla con ofertas de mejores cuerpos y productos de gama alta y que están dirigidos a personas que no se parecen a las de los anuncios: ni son delgados ni tienen trabajos a prueba de recesión. Son aquellos cuya sustancia orgánica está lejos de ser perfecta desde un punto de vista neoliberal. Personas que ven en esa imagen-spam la posibilidad de un milagro, o simplemente una pequeña señal, un arco iris en el otro extremo de la crisis permanente y las dificultades de todos los días.

La imagen spam es un interesante síntoma de la situación actual porque es una representación que permanece, en su mayor parte, invisible. Circula sin fin sin ser vista por un ojo humano. Está hecha por máquinas enviadas por bots y atrapadas por filtros de spam, que lentamente se están volviendo tan potentes como las paredes, barreras y cercas anti-inmigración. Las personas plásticas que se muestran en ella permanecen, en gran medida, invisibles. Son tratadas como escoria digital, y así, paradójicamente, terminan en un nivel similar al de las personas de bajo nivel a las que apelan.

El spam de imagen se interpreta como una herramienta para la producción de cuerpos sexuales y finalmente termina creando una cultura extendida entre bulimia, sobredosis de esteroides y bancarrota personal, lo que tiene como consecuencia que los espacios de publicidad ahora ocupan los espacios de esperanza.

 

Ph: David Harriman  @davidharriman

Publicado en la Edición 33 de REGIA MAG. Suscribite a la revista: regiamag.com/subscription.