Por Braian Brown 

Acodado en la barra de Bellican’s, un típico bar de Los Ángeles atendido por un típico Pelicano bartender, se encuentra BoJack Horseman. Se supone que debe indicarle al Pelícano cuando dejar de servir whisky, pero no lo hace sino hasta que su vaso termina por rebasar. A sus espaldas, una joven americana, le describe la situación por teléfono a su amiga.

No vas a adivinar quién está aquí. Piensa en los 90s. BoJack Horseman de Retozando. Creo que está mas gordo. Parece estar muy triste. ¡Es gracioso!

Puede que suene cruel, pero nada de lo que la chica menciona es falso. Hace mucho que BoJack dejó de ser una gran celebridad, está muy fuera de forma en comparación a sus días de gloria y definitivamente está deprimido… ¡pero es gracioso! Claro que no le resulta fácil cargar con el anonimato, aunque no es lo único con lo que a BoJack le cuesta lidiar. Digamos que su frivolidad y egolatría, el abuso de sustancias, sus fracasos amorosos, y ni hablar de la infame relación con su madre, mucho no ayudan. Por cierto, olvidé mencionar que BoJack es un caballo, actor de profesión, millonario, superficial y mujeriego, entre otras cosas.

BoJack quiere volver al ruedo, pero a decir verdad, no se muestra muy proactivo al momento de tomar las riendas. De hecho, delega casi toda la responsabilidad en su representante Princess Carolyn, una sagas Gata, empleada de una competitiva firma de agentes de Hollywood.

Para completar el abanico de personajes de la serie, lo acompañan Diane, la insegura e intelectual escritora fantasma de su biografía, Todd, un joven entusiasta y holgazán de veintitantos que duerme en el sillón de su mansión, y Mr. Peanutbutter, un Golden Retriever actor, tan adorable como irritante, que se encuentra en el clímax de popularidad de su carrera, entre otros. Dentro de este universo complejo y delirante en el que conviven humanos y animales, la serie aborda el igual de complejo y delirante mundo del show Business.

© Netflix

Aquí, los paparazzis, son aves que se posan en las ramas de los árboles, para poder fotografiar a las estrellas en su intimidad, pero ¿acaso esto suena loco o inverosímil en el mundo real?

No obstante, la crítica a la frivolidad y a la crueldad del mundo del espectáculo, no es más que el motor de la serie para poder hablar de otras cosas. Cosas que fuera del absurdo y divertido mundo animado, podrían llegar a resultarnos deprimentes.

BoJack está triste. Su carrera profesional no parece remontar y en lo personal, no hace más que formularse la típica pregunta que un hombre deprimido se hace en la inútil búsqueda de la felicidad… ¿Qué sentido tiene la vida?

Lógicamente, la única respuesta que encuentra en ese estado, es que “La vida no tiene sentido” o “Todos son unos imbéciles y el mundo es una mierda”. Vaya novedad. Así y todo, la serie tiene la enorme virtud de no pretender responder esa pregunta. Solo plantea los interrogantes que todos nos hicimos o nos haremos en algún momento, y lo hace de manera profunda y original.

© Netflix
© Netflix

Es lógico que como espectadores, esperemos que los protagonistas actúen de manera valiente y heroica o al menos correcta. Si están ahí para que proyectemos nuestras fantasías, no esperamos menos que sentirnos orgullosos de ellos. Pero BoJack, no hace más que decepcionar a la audiencia, en todas y cada una de las decisiones o acciones que lleva a cabo en la serie. Porque como reza la estrofa final del soundtrack original, es más un hombre que un caballo.

Es que en su vida, los happy ending solo fueron frecuentes dentro de la ficción que protagonizó en los 90s, esa especie de Diff’rent Strokes (Blanco y negro) en la que “un caballo soltero revalúa sus prioridades, cuando acepta criar a tres niños humanos”.

Esta brillante comedia existencialista, estrena su quinta temporada en Netflix en septiembre de este año. Vaya suerte tienen los que no la vieron aun, para poder encararla de un tirón. Vaya suerte tenemos los que ya la vimos hasta acá, de tener una excusa para repasarla completa.

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