Por Enrique Symns

No puedo recordar el año exacto en que entré en Los Redonditos de Ricota, pero debe haber sido en 1979 o 1980.

Ocurrió después de ciertas dificultades porque yo como monologuista entré a reemplazarlo a Mufercho, que era el gran amigo del Indio Solari y del hermano de Skay.

Al principio el Indio me rechazaba, no me trataba bien. Pero la primera vez que lo fui a visitar, en aquella época yo vivía la lado de la discoteca New York City, empezamos a entendernos, yo no lo entendía, era un tipo muy difícil, era un tipo muy complejo, hablaba mucho y era un tanto… parecía agresivo.

Aunque no lo era.

Cuando se mudó a Ramos Mejía – que yo ya estaba en la banda bastante a menudo- nos hicimos muy amigos. Yo iba todos los sábados a visitarlo, le llevaba cocaína, él tomaba poquitito, tomaba en una cucharita chiquita.

Le gustaba hablar. Le gustaba hablar y llorar. Su llanto a mí siempre me conmocionaba, no sabía por qué lloraba, porque no era el tema que estaba hablando. Esos días estaba Virginia, su mujer. Cuento esto porque él mismo en su libro “Recuerdos que mienten un poco”, habla varias veces de mí y cuenta que en nuestros encuentros no parábamos de hablar sobre teorías deliantes y hasta pasábamos tres días sín dormir, yendo del bar Británico a Parque Lezama.

Con el tiempo empecé a ir con Vera Land y con Andrea, pero mi amistad con él culminó definitivamente aunque ya había empezado con problemas porque a mí no me grababan, yo no aparecía en los discos y me parecía injusto.

Eso es lo que me pasó en casi todas las bandas con las que estuve. En la Plata, en un recital que dieron en el Club, la Policía tiró gases, casi todos escaparon del escenario, menos Skay, que siguió tocando el solo de Jimmy Hendrix, y a mí me agarró la Policía porque me vieron con papelitos de merca. Ese día me rodeó la cana, no sé por qué estoy contando demasiado esto.

Lo cierto es que Ricardo Ragendorfer, escritor y periodista, le dio una paliza a un policía, le sacamos hasta el arma y nos escapamos en una moto, hasta la casa en donde teníamos que reunirnos. Ahí en esa reunión, a la que nos llevó un personaje que se llamaba el Negro Cañón, empezó el disgusto porque yo vendía merca, llevaba chicas al escenario, ya no me dejaban actuar más con ellos. Una sola vez me metí de prepo y fui expulsado, no me dejaban ni entrar al camarín.

Pero yo había publicado una nota que se llamaba “Den la Alarma” con letras de ellos avisando que iba a pasar una desgracia y ellos no lo soportaron.

Skay me había invitado a pelear en el Parque Lezama, me acuerdo. Yo me negué a ir. Y el Indio, la última vez que lo vi fue en el Británico, yo estaba al lado de la Negra.

Lo que quiero decir es lo que dicen en la cárcel: los amigos no pueden pelearse en público porque todos los demás caen presos. Por el asunto social que causó la muerte de Walter Bulacio en un recital de los Redonditos yo me peleé con el Indio haciéndolo público y eso yo mismo no me lo perdono.

Lo llamé Asesino. Fui injusto. Yo creo que un amigo está por sobre todo.

Claro, algunos dicen “¿Y qué, si violan a una niña?” Y no sé qué haría yo, pero creo que un amigo está por arriba de las cosas reales. Así que hablar de reconciliación en este momento después de tantos años -porque han pasado más de veinte-, creo, no es cierto. Yo me comuniqué con él, le mandé una carta, pero eso es comunicación, no es comunión, la comunión es solamente posible cuando alguien encuentra lo físico real, cuando hay saliva, no letra.

La palabra es mágica porque hay lágrimas, hay risas, hay eructos, hay movimientos; no puede haber ni amor ni odio por internet. Ha pasado tiempo de que escribí esa carta, yo me sentí muy culpable de romper con él.

Lo mismo me pasó en Chile con la banda Los Tres, esa manía o esa forma que había tomado mi decisión de hacer la revista o de escribir en general era siempre decir verdad, tal es así que yo era malo, no era una buena persona.

Pero a medida que fui hablando y categorizando al mundo, yo me hice mejor y me parecía que una de las cosas importantes de la vida es ser sincero y mucho más en la vida cotidiana.

Manuscrito original de “Un héroe del whisky más”, publicado en la muestra sobre Solari en la Biblioteca Nacional. (2015)

Los hermosos ochenta

La década del ochenta fue hermosa. Después de la dictadura empezamos a salir a las calles, tengo dudas enormes sobre el amor tal cual se lo interpreta, yo no sé si nos queremos con el Indio porque él no quiere verme y si no quiere verme, no sé si puede considerarse amor.

El Indio vive de los recuerdos igual que yo, que vivo de los recuerdos todo el tiempo. Yo creo que él está en una etapa de su vida triunfante, está en otro mundo, yo estoy en el mundo absolutamente opuesto: lento y pobre, estoy enfermo, viviendo en lugares hasta hace poco, terribles.

Hace diez años, desde que me separé de Los Redondos entré en la pobreza absoluta, no es que con ellos ganara plata pero hacía Cerdos & Peces, actuaba. Pero tanto Indio y yo, quizá, sufrimos una condena silenciosa. No puedo decir si el Indio llegó a la culminación de su talento, es un genio.

Tiene cosas nuevas para decir.

Tengo ganas de ver al Indio, a Carlos, claro que lo vería, pero yo no puedo moverme, no puedo hacer nada y él tampoco puede andar por la calle, siempre fue un tipo como el escritor del Cazador Oculto, Salinger. Es un tipo que no puede estar entre la gente. Tiene motivos.

Ya no escucho más nada de Los Redondos porque me pone mal, pero recuerdo que Jijiji era una canción que lo recordaba a él cabalmente porque me parece que es su mejor canción, la de más vuelo.

La música del Indio, sus letras, su poesía, son extraordinarias porque parecen desconectadas, no parece cada frase tener que ver con la siguiente y sin embargo en la totalidad forman una especie de concierto.

Una vez escribí: “Yo mismo, que integré la primitiva cuadrilla ricotera durante algunos años, soy un fantasma a pesar de formar parte de esa etapa mágica”. Sigo pensando lo mismo. Claro que me gustaría verlo a Indio, cómo no. Con él viví una de las charlas que más me influenció en la vida. Una de ellas, porque hubo varias. Pasábamos por todos los temas, él siempre estuvo obsesionado por la posibilidad del fracaso de su música, a pesar de que yo creo que él sabía. Cuando hicieron Oktubre yo quedé maravillado porque en el disco anterior, Gulp yo no estaba.

Gané muy poco con los Redondos, yo no quería dinero de las actuaciones. No ganaba porque me parecía que era un sacrilegio, como para mí era una especie de rito subir al escenario, no me parecía que por un rito debiera ganar dinero y esa era la idea.

El Indio publicó varios textos suyos en la Cerdos, y hasta me hizo un reportaje. Tenemos autores en común, sobre todo Miller y Burroughs.

Imagen publicada en la muestra sobre Solari en la Biblioteca Nacional. (2015)

Carta de un león a otro

El día que le escribí la carta, estaba en la casa de Andrés Calamaro en Benavídez y como Calamaro tiene esta actitud de comunicarse con todo el mundo, es muy generoso, una de las pocas personas que me ayuda de corazón. A quien respeto y admiro y aprendí a querer cada día más.

“No importa que agitáramos en distintos mundos, porque la búsqueda de la intensidad era la misma”, le escribí una vez.

El Indio también respeta y quiere a Calamaro. Pero esa tarde fue Andrés el que me dijo, ¿querés escribirle a Carlos? Y acepté emocionado.

Calamaro escribía y yo le dictaba, con Palacios y el doctor Basilico de testigos. Es una carta sincera y poderosa, aunque no recuerdo en detalle su contenido. Y fue una carta privada.

El Indio me contestó, me mandó su libro “El Delito Americano”, con una bella dedicatoria en la que me llama Quique, como me llamó siempre, y usa la palabra melancolía. Hace días, cuando leí en su libro que dijo dos veces que me seguía queriendo pese a todo, me generó emoción.

Lo sentí cerca otra vez. Y recordé cosas el pasado. Me acuerdo la mejor actuación que tuve con Los Redondos, que subió Charly García al escenario para felicitarme, recién me conocía, después nos peleamos. Indio hizo un recital alucinante, yo venía de Jujuy o de Salta y en el tren de vuelta, me imaginé el monólogo porque yo no los escribía, los imaginaba. Era un loco total, un payador, un declamador, algo así.

En ese recital hice un monólogo alucinante. Yo comencé con ellos en fiestas y después en lugarcitos de mierda y terminamos en el Margarita Xirgu.

Después ya no me invitaron más porque yo llevaba mujeres, espectáculos muy eróticos y el erotismo siempre fue motivo de quilombos en la Argentina, no así en otros países.

Yo creo que lo que hicimos con Los Redondos en aquella época fue singular, muy singular, y mi amistad con el Indio fue alucinante. Yo tenía dos tipos de amistad, la de él -que era casera- y la de Poli y Skay, pero sobre todo Poli, que salíamos de correrías nocturnas con peleas tremendas porque la Poli de aquella época era pesada brava. Se peleaba adentro de un bar, sacaba cuchillos, rompía botellas, pero sobre todo, era muy animada.

Me quería mucho a mí en aquella época. Yo creo que también las épocas fueron cambiando y yo no me daba cuenta o no quería cambiar. Ya en los noventa ella era distinta, ya lo sentía yo, porque en aquella época yo tenía tres personas que adoraba: el Indio Solari, la Negra Poli y Gabriel Levinas, con el que yo me sentí siempre en deuda porque él permitió que yo sacara Cerdos & Peces en su revista y eso no lo hacía nadie. Me habían echado de Clarín, me habían echado de La Voz. Borges decía que la amistad tiene vuelos y aventuras que el amor desconoce, porque siempre los rivales de los amigos son parejas y en el amor la mujer no soporta a los amigos, a pesar de que disimule hacerlo y el hombre se había olvidado de fingir quererla para mantener. Sin embargo, con Virginia, su esposa, a quien yo quería, recuerdo que una vez fueron a visitarme al departamento que yo tenía enfrente del Departamento de Policía, en la calle Perú. Fuimos ver una obra de teatro en la calle Rodríguez Peña y Corrientes, yo me quedé solo con Virginia porque él se quedó dormido.

Dolor y afecto

Me duele que el Indio esté pasando por una situación delicada de salud. Con esa enfermedad de mierda que le agarró, malvada, como dice él. La mía es maldita, quizá, fantasmal. Vivo postrado a la cama esperando que alguien me visite. El otro día, entristecido, le escribí a Calamaro. “Ando muy decaído pero estoy haciendo el intento de volver a ser la persona que fui, una persona poderosa, potente y eficaz, pero ahora no lo soy querido amigo”. También te lo hubiera escrito a vos, Carlos. “Enrique decía que el amor había muerto. Pero a poca gente he visto sufrir tanto por amor como a él”, escribiste en tu libro. Creo que tenés razón. Ya no soy el héroe del whisky, una de las tres o cuatro canciones que me dedicó, y quizá nos una el hecho de que los dos no podremos volver a subir nunca más a un escenario.

Mi vida ya no cabe en una maleta. Cabe en una cama.

Querido Indio, sé que no volveremos a vernos, no te olvido, agradezco haberte cruzado en esta vida y puedo decirte que más allá de todo, te quiero más que antes.

Quique Buenos Aires, 9 de marzo de 2019.

 

Texto y foto de portada publicados originalmente en Nervio