Hace ya tres meses que el movimiento de los Chalecos Amarillos comenzó a sacudir Francia bajo los ojos del mundo que observa las manifestaciones con adhesión, esperanza y perplejidad. Cómo comprenderlo, si las propias élites político-mediáticas todavía parecen aturdidas, sin saber aún cómo manejar esta profunda crisis social ni qué posición o reacción convendría adoptar.

Desde Latinoamérica quizás se vuelva difuso entender los motivos de esta manifestación a la vez espontánea y bastante desorganizada, que brota y crece por todas las regiones francesas. Francia, esta sociedad de grandes privilegiados e ingobernables galos, su ira popular parece resonar a gran escala; a veces, al anunciar el fin de un mundo y últimamente con los Chalecos Amarillos, el evidente rechazo de un sistema en su conjunto o al menos, la expresión de un gran sufrimiento y del deseo de cambiar de modelo. De sus manifestaciones, surge una cuestión doble al cruce de una crisis moral y financiera, entre la repetitiva y aberrante problemática del fin de mes y la del fin del mundo.

El chaleco amarillo se usa en toda Francia para volverse más visible en las rutas, de noche o en caso de accidente; un objeto recuperado para insistir en esta idea simbólica de ser claramente visto. De repente vienen de todas provincias, de todos los orígenes, de todos acentos. Cada cual escribe sus quejas y dolores sobre sus chalecos en amarillo y va llevando su mensaje en su propia espalda: «Campeones del mundo de las tasas!», «Fuera Macron», «Enojados pero no fachistas», «Mujer, libre y sexy», «Devuelvan las llaves», «Manu, presidente de los ricos!», «No a la guerra en Syria», «Deja estudiar en paz», «Frexit», «El mundo es nuestro», «Igualdad de genero», etc.

Desde lejos, el movimiento parece nacer como el último síntoma de una crisis global de la representatividad en dicha «social democracia», en reacción a un sentimiento de abandono (o incluso de traición) por parte de los políticos y élites, ante el sentimiento de no estar escuchado, al que también se agregó el miedo a ser «desclasificado». Un temor hoy tan globalizado que tal vez sería la razón mayor de un fenómeno mundial de declive de las democracias y del ascenso de los extremos políticos.

En todas partes, los pueblos manifiestan: Brexit por aquí, Impeachment por allá, reclamaciones independentistas, anexión de la Crimea en Ucrania o disolución de asambleas, todas estas turbulencias hechas realidad por algún Viktor Orbán en Hungría o Jair Bolsonaro en Brasil. Para Francia, será de amarillo fluorescente. Por todos lados, los electorados parecen entrar en pánico y buscar soluciones frente a esta actualidad. Ahora desde el miedo a la pobreza hasta el miedo de perder su libertad, el movimiento de los «visibles» se exportó rápidamente en los cinco continentes y el contagio de los Chalecos Amarillos llegó a 22 países durante el último mes de diciembre de 2018 y lo que va del 2019 no promete achicarse.

En Francia, luego tres meses de protestas violentas, marchas cada sábado y fuertes represiones policiales, de repetidos bloqueos de peajes, rotondas y lugares públicos, vías de trenes y sitios de producción energética, la crisis parece haberse cristalizado alrededor de Emmanuel Macron y su equipo. El Gran Debate Nacional propuesto por Macron y de hecho, actualmente abierto desde el último 15 de enero, fue rechazado por una gran mayoría de los Chalecos como de los franceses quienes denuncian un «falso debate» y un intento de recuperación del movimiento por el Eliseo. Frente a la sordera de los gobiernos, los agravios del pueblo se fueron acumulando y cada nueva década trajo más grandes y numerosas demandas. Ahora si Macron anunció recientemente nuevas medidas sociales y parece haber cedido respecto a ciertos puntos claves y desencadenantes del movimiento de los Chalecos, sin embargo el gobierno francés sigue afirmando que no se desviará de sus objetivos de ajuste.

Es importante recordar que en Francia como en muchos países de Europa, hoy ya no es posible vivir dignamente con unos 1300 a 1500 euros mensuales. Así como un efecto boomerang, esta misma idea de la «ecología» y al final de cuentas, de la ética, parece intervenir como el gran prisma catalizador de profundas disonancias sociales y morales.

Antes como después de la revolución francesa de 1789, aproximadamente cada 40 o 50 años, el pueblo francés pudo entrar en conflicto por dos razones principales: por las invasiones extranjeras o la injusticia social que siempre pasa por la opresión y la violencia fiscal. Si en Francia el voto solo es un derecho, la insurrección popular en contra de la injusticia social, se vuelve un deber ciudadano, representa el sexto artículo de la constitución del país.

A medida que se acerca el 2020, podría parecer curioso ver cómo el capitalismo, más joven en su prosperidad, en su línea de tiempo y en cierto modo, fruto de esta misma revolución francesa, puede despreciar la memoria y las enseñanzas de la Historia del mundo, hasta elegir deshacerse de ella. Sin embargo, la historia popular todavía permanece viva y el símbolo de la revolución, muy presente en el movimiento de los Chalecos Amarillos, tiene un gran peso en la construcción de esta identidad francesa del hoy. Lo especial y la fuerza del movimiento están sobre todo en su carácter popular, heterogéneo y polimórfico; considerando la presencia masiva de las mujeres, de las generaciones jóvenes, de los jubilados y todos aquellos quienes votaron por Macron en las últimas elecciones y que, sin embargo, se sintieron preocupados por estas mismas cuestiones sociales del impuesto, de su buen uso y de la ecología.

Inicialmente lanzado desde las redes sociales, el movimiento se despertó en reacción a un impuesto al combustible llamado «tasa carbono», supuestamente destinado a empezar la transición ecológica (pero del que solo el 20% serviría para invertir en eso), y puesto en vigor luego de varias medidas muy impopulares como aumentos de las cotizaciones sociales, reducción de las jubilaciones y de las ayudas estudiantiles, privatización de los servicios públicos y de compañías estatales como la de los trenes franceses, por ejemplo.

Detrás de una crisis económica tan grave que implica una crisis moral sin precedentes, resuena el ruido de viejos engranajes geopolítico-financieros y la noción de la emergencia ecológica, muy real, parece ahora anclarse, solidificarse y cobrar sentido en el clímax de los reclamos de pueblos que quieren ser soberanos y decidir de su propio destino.

A tres meses del 1er Acto, la calle sigue gritando la renuncia del presidente, reclama el retorno a un patriotismo económico y cierta regulación del estado, en particular la reanudación del control de los bancos y de los servicios públicos. El movimiento también reafirma la necesidad de apoyar las economías locales para poder relanzar la máquina. Los «visibles» parecen encarnar la expresión del agotamiento de un modelo que ya no «hace sociedad» y para ellos, dicha transición ecológica deberá de ser justa, popular y acompañada por una democracia mucho más directa y participativa. Después de semanas de manifestaciones desordenadas, el gran reclamo parece querer enfocarse en una única reforma, bastante revolucionaria en sí, llamada Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) que permitiría a los ciudadanos despedir a cualquiera de sus representantes electos en cualquier momento y ser consultados sobre todas las futuras propuestas legislativas, incluso antes de que fueran presentadas a los parlamentarios. En este mismo sentido, los Chalecos Amarillos acusan que el reciente Debate Nacional es una estrategia presidencial para ganar tiempo en vez de responder al movimiento de forma concreta y sobre todo, según ellos, para esquivar la insistencia con la que siguen reclamando esta reforma del RIC.

Mientras tanto, la represión del gobierno francés sigue fuerte. La fuerza del arsenal y el rigor absoluto de los despliegues de la policía que fueron establecidos a partir del Acto IV de la manifestación, uno de los más duros y descontrolados hasta la fecha, habrán terminado por provocar insurrecciones y violencias desproporcionadas por todas partes. El sábado 2/02 del Acto XII, las cifras reportadas hablaban por sí solas: en promedio, para cada Acto del movimiento, más 1.500 disparos, 1.200 granadas de gas lacrimógeno y 1100 granadas explosivas del tipo GLI F4 (la cuales son explosivas y particularmente peligrosas porque contienen TNT) fueron utilizadas por la policía. En total, el conflicto ya provocó 11 muertos, 1500 heridos y más de 500 mutilados, dentro de los que 14 personas perdieron un ojo, además de daños materiales estimados en varios millones de euros.

En estos días más de 85.000 policías fueron movilizados, incluidos 8.000 en París y más de 170 sitios de ocupación de los Chalecos Amarillos en las vías públicas han sido desarmados y evacuados. El gobierno francés volvió a felicitarse por «la eficiencia de las operaciones policiales, cada vez más móviles y más ofensivas», según las palabras del Ministro del Interior. Más de 1700 Chalecos Amarillos fueron arrestados en los Actos IX y X, y según la policía, actualmente hay 1200 detenidos. Pero si la justicia pensó tener que juzgar a infractores o «elementos perturbadores», se encuentra ahora estupefacta frente a trabajadores, técnicos, agricultores, jubilados, estudiantes e individuos no politizados, quienes tampoco pertenecen a ningún sindicato y que, según las encuestas, ni habían votado en las últimas elecciones.