Era una de esas noches húmedas y tibias de Buenos Aires, en las que todos buscan sorprenderse. Empujé la pequeña y misteriosa puerta que da a la calle Honduras, casi recordando hoy los mundos imaginarios de J.K Rowling o las reuniones nocturnas de científicos de una época post Victoriana.

El Boticario abrió sus puertas el cinco de marzo de este año, ambientado con el estilo y el espíritu de una droguería de finales del siglo XIX. En el espacio, suena el jazz y de inmediato nos lleva a los años treinta, por momentos a los cuarenta; entre las luces difusas, y la elegancia de una antigua farmacia típica porteña de dos pisos, con su patio interno, en una mezcla de anacronismos. Todo en la estética del lugar invita a un cambio de ritmo, a un cambio de siglo, entrando a un mundo habitado por la mística de la química y por un maravilloso caos.

«Espere a ser atendido» dice un cartel al entrar, al lado de una calavera.

Me esperaba Jesica Posada, manager sonriente, apasionada y dinámica «alma» del lugar. Me da una cálida bienvenida y un agua vigorizante de pera y menta. Me presenta su equipo, luego la carta y, mientras tomo un asiento en la barra y me sirven panes caseros junto a una mayonesa cítrica, ella me cuenta la historia del Boticario Bar.

Desde la voluntad de volver a los orígenes, todo en este nuevo bar fue imaginado tal como el lugar habría lucido en sus inicios, como en las boticas de antaño. Con la impronta del mismo dueño de Chupitos, Juan Jose Ortiz, y luego de una larga investigación y restauración, el decorado del bar se trama entre mapas de viajes, muebles vintage de los años veinte, fotos de aquella Belle Epoque, instrumentos medicinales y antiguos manuscritos, miles de pociones mágicas y frascos de todos tamaños, lámparas y muchos ingredientes vegetales.

No es ni un club privado ni un « quick dining » de la nueva bistronomía urbana, el Boticario es un bar de tragos de autor que nos cuenta la historia de Salvador Cortéz, brillante farmacéutico argentino y gran viajero del principio del siglo XX. En el medio de la barra, se puede ver entronizado un retrato del supuesto antiguo dueño del lugar. Al volver de sus largos viajes por América, en su farmacia como si fuera en un Salon de Nuit (o, para no decir « noches de opiáceos » y características noches de diversión de la época), Cortéz solía invitar a sus más cercanos amigos para compartir con ellos sus últimos descubrimientos botánicos.

Todavía no había mirado la carta cuando terminó esta linda introducción. Entre las infusiones, los macerados, las esencias de plantas y la sabiduría lenta de los procesos de destilería, descubrí la diversidad increíble de cócteles que incluye la carta, punta de lanza del lugar, además de una variedad impresionante de whisky, licores, vinos y espirituosos, la cual parecía animar las conversaciones de los clientes.

Creada por Seba García y renovada cada seis meses, la carta del bar ofrece preparaciones especiales y tragos herbales, florales, exóticos, refrescantes o poéticos, tales como el Boticario Fashioned o el Victoriano, Gin Gordon’s macerado con romero, néctar de saúco Müller & Wolf, agua tónica, romero y piel de limón. Personalmente, esa noche elegí probar el Caribe Solar, una delicia llena de sol: vodka macerada con té de Berries, rosa mosqueta, trocitos de manzana, frutos rojos, hibiscus, cáscara de naranja, menta fresca y limonada de maracuyá. 

Desde la experiencia global, lo destacable del lugar también se encuentra en la creatividad de un staff joven y multicultural, formado para acompañar los clientes hacia un nuevo descubrimiento de sus propios gustos y de sus sabores preferidos. Así cada uno de los tragos de la carta resulta ser una reinterpretación botánica, haciendo honor a la historia de la antigua farmacia. Igualmente, según el color del día y con base en dos ingredientes básicos, el cliente también puede elegir preparar su propio cóctel.

Me encuentro con este ambiente, en un contexto en el que las « puertas cerradas » y las cervecerías artesanales no paran de florecer en la ciudad, y quizás, terminan por caer en una misma propuesta de lo « casero » y de una intimidad relajada y « up-dated », acompañada de su « burger cool » y experimentada ya desde meses. El Boticario Bar responde con carácter y poesía a la curiosidad de su público y tal vez, con humor y tacto, a una tendencia social cada vez más fuerte por todo tipo de « sanaciones naturales » y por cierta vuelta a las raíces; en búsqueda de la alquimia del mundo o simplemente de algo diferente. El bar ofrece un refugio de autenticidad con «todo para el enfermo », tal como lo afirma el Boticario tras esta misma frase, relacionada directamente con la experiencia que el lugar quiere transmitir.

Para los más « enfermos », el bar propone también un menú de platos y tapas gourmet, pensados por los Chefs colombianos Pedro Peña y David Suarez. Como acompañamiento del cóctel que había tomado, casi sin más preguntas me traen « Las del Capitán » ; unas mini empanadas como unos « chaussons » de camarones con un chutney de tomate y rocoto, llevándome de repente a otros sabores del Perú. Para cenar, entonces, unos once platos y dos postres. Me gustó que esta carta sea corta, y que no me pregunten de forma tan directa por el plato que querría, y poder así dejarme sorprender. Nada mainstream, y todo muy fresco.

El Boticario Bar es una puerta discreta para empujar y conocer un lugar de fantasía. Es un recomendado del fin de semana para moverse con buena música y compartir con amigos en un espacio totalmente único.

Boticario bar – Honduras 5207 – Palermo – De martes a jueves de 20 a 02 y de viernes a sábado de 20 a 04.