Por Giulia Ricciotti – @giuliaricciotti

Recuerdo cuando Nacho Duato trajo a Buenos Aires al Teatro San Martín su Compañía Nacional de Danza. Era diciembre del 2009 y aún sigo con escalofríos cada vez que pienso en aquella noche.

Cuando me mudé a Berlín y descubrí que el famoso bailarín y coreógrafo español se había ganado el puesto de director artístico del Staatsballet, con gran placer empecé a ser asidua habitué del teatro. La carrera de Duato tuvo, sin embargo, algunas bajadas y subidas pero el espectáculo Erde que se presentó nuevamente el fin de semana pasado en el Komische Oper de Berlín me dejó otra vez sin palabras.

Nacho Duato, seudónimo de Juan Ignacio Duato Bàrcia, fue alumno de Maurice Bejart y trabajó con los más grandes coreógrafos del mundo. Sus estudios empezaron en la Rambert School de Londres, para después pasar al Mudra de Bejart en Bruselas y terminar en Nueva York en la Alvin Ailey American Dance Theatre. Determinante fue su participación para el Cullberg Ballet de Estocolmo en el Nederland Dans Theater bajo la dirección de Jiri Kilian con el cual empezó una muy importante carrera hasta llegar a ser coreógrafo estable en la compañía junto a Micha Van Manen y al mismo Kilian.

Una formación increíble que lo llevó a ser nombrado como director de la Compañía Nacional de la Danza de España en 1990. Sus coreografías dieron la vuelta al mundo pero después de 20 años en la dirección, en 2010 se desvinculó.

Llego así a ser el único director extranjero del Teatro Mijáilovski de San Petersburgo y luego de eso llegó a Berlin. Ahora, atrás también quedó su anticipada partida de la capital alemana y decidió volver a España para poder crear una fundación de jóvenes bailarines.

Su clave de lectura, siempre muy personal, produjo reacciones de amor y odio en el público. Sin duda, ha sido un coreógrafo incómodo para las instituciones políticas pero él siempre quiso promover a los jóvenes y dar una lectura acorde y contemporánea sobre los clásicos. El autor, que se balancea en los limites de la irreverencia, supo igualmente brindar grandes emociones. Sus obras son el resultado de una conjunción entre las formas de expresión clásicas con los elementos vanguardistas del movimiento.

La capacidad de Nacho Duato consiste en presentar siempre algo muy elegante y complejo donde la música es parte extremamente importante a través de la coreografía. Sus obras son como cuadros de Caravaggio, los colores nunca son fuertes, y los juegos de luces y sombras dibujan las lineas de los cuerpos, acompañados por músicas siempre impecables. La danza elegante y compleja crea un espectáculo sofisticado. Para Duato, mas que la danza, el arte más puro es la música y esto se nota totalmente en sus obras. Música antes que todo y la danza a través de ésta.

Erde (Tierra) es una obra que habla de nuestra relación con el planeta. Mas de veinte bailarines cuentan la historia de la contaminación, de los gases venenosos, y de la época actual marcada por el calentamiento global. Una época signada por el impacto humano sobre el planeta que se caracteriza por rupturas con la naturaleza, plástico industrial y extinciones de especies. Toda la obra se desarrolla en tres partes empezando por el fin del mundo y terminando con una renovación post humana.

Se abre la escena con una bailarina en el medio del escenario, el telón cerrado y ella adelante, en el centro. Está vestida con una malla brillante de lentejuelas que reflejan la luz por todos lados. Se abre el telón, atrás un velo divide las profundidades del escenario en donde, inmersos en humo, un grupo de bailarines se mueven abrazados dentro de un cubo de plástico. Todo parece estar delante de una escena de un naufragio: los bailarines son las olas del mar, el humo la niebla. Poco se notan los movimientos al fondo, el ojo se tiene que acostumbrar a la poca luz. El único acompañamiento sonoro son unas campanas.

La bailarina ahora se mueve arrastrada por dos bailarines mas. Está perdida, no sabe dónde está. Así se abre esta maravillosa obra de Nacho Duato. Un continuo choque y contraposición de la magnifica solista rusa Ksenia Ovsyanick con el grupo de bailarines. Una sutil cortina transparente separa estos dos mundos: uno completamente contaminado y otro donde ella representa la naturaleza. Los bailarines están atrapados en una realidad sin oxígeno y luchan para salir de esa tortura.

Duato tomó la muy inteligente y creativa decisión de elegir un acompañamiento de música electrónica para las escenas más violentas y no podía hacer mejor dedicatoria a la capital alemana. La temática central se presenta en forma sutil en toda la obra: bailarines que danzan con bolsas de plástico en las manos haciendo ruidos, desfiles de abrigos de piel, ninfas que bailan sobre un escenario cubierto por el humo. Los juegos de luces son imponentes.

El cubo es la representación del mundo rechazado por la humanidad a través de un increíble despliegue visual cuando el telón cae y el humo se desparrama y un bailarín trata de remontarlo como si fuese una montaña.

Así empieza la segunda parte y el escenario cambia de repente. Todo el teatro está cubierto por rayos de luz azul que se chocan con el humo y que invaden como adentro de un alambrado tridimensional. La bailarina otra vez al centro del escenario ejecuta un solo. Ahora todo es frío y geométrico. Es el momento de la post humanidad.

El la última parte, en contraste con la abstracta naturaleza de las dos primeras, una orgánica floración de plantas y arboles avanza en el escenario hacia la bailarina que al final puede encontrar su descanso sobre las raíces. Es el principio de un nuevo mundo.