Por Oscar Mainieri

Dos hermanos cometen un robo. En la fuga posterior, uno de ellos –que padece de un cierto retraso mental- es detenido por la policía. El que ha quedado en libertad, hará lo imposible a lo largo de una noche para reunir el dinero necesario que permita pagar la fianza y conseguir que un juez le otorgue la excarcelación.

Good Time lleva la firma de los hermanos Benny Safdie y Josh Safdie, con el primero de ellos interpretando al muchacho capturado. El otro lleva la máscara de Robert Pattinson, el otrora galán de la saga Crepúsculo, devenido en gran actor tras su participación en este film. Su fuerte presencia, el aire alucinado de sus ojos, la ansiedad fuera de foco que trasunta, su capacidad de improvisación, nos recordaron al joven Al Pacino, el de Pánico en el parque (1971) y Tarde de perros (1975).

Connie, tal el nombre del personaje, es un manipulador que crea libretos ante cada persona con la que se encuentra con tal de obtener sus fines. En ese sentido, la participación de Jennifer Jason Leigh –siempre contundente- como su novia madura, una mujer inestable emocionalmente muy dependiente de la tarjeta de crédito de su madre, funciona como ejemplo. Ducho en el arte de persuadir, Connie comete abusos inenarrables con personajes de color; uno llega a sospechar que le encanta lastimar a los vulnerables, sea una abuela, una joven muchacha de color o a su propio hermano.

Film de género, la diferencia con tantos otros policiales radica en la realización, que dota el relato de un ritmo febril a través del montaje, con encuadres de planos muy cercanos que impiden ver el contexto, creando una sensación de asfixia en el espectador. Una Nueva York con muchas luces de neón y colores flúo, y una música electrónica reminiscente de las bandas de sonido de mucha película de los años 80, son también protagonistas.

Por su parte, Beach Rats sigue la deriva de Frankie (Harris Dickinson), un muchacho de unos 18 años que gusta de pasar el tiempo con sus amigos de un vecindario pobre de Brooklyn, entre drogas, caminatas por la playa y fumatas conjuntas. El conflicto se desata cuando, por presiones sociales, el joven debe ocultar que se siente atraído por hombres maduros, a los que contacta a través de chats, y con los que se encuentra por las noches.

Una especie de Belle de Jour, Frankie de día parrandea con sus compinches heterosexuales y hasta simular sentirse atraído por una muchacha, a la que utiliza como pantalla, confundiéndose y desconcertándola con algunas de sus actitudes.

El drama estalla cuando busca reunir los aspectos de su vida disociada, empalmando la búsqueda de drogas de sus amigos con su propio deseo.

El film no juzga ni condena. A la manera de un documental, nos muestra las costumbres de estos muchachos de un sector socioeconómico bajo para los que el futuro es una línea plana, el contexto familiar –Frankie vive con su madre y hermanita, su padre languideciendo por un cáncer- y el caldo de cultivo de la homofobia que impide que el muchacho se libere de sus constricciones y viva de acuerdo a lo que siente. El temor al rechazo de sus familiares y, por encima de todo, de sus amigos, lo lleva a escenificar un tinglado donde el chivo expiatorio será aquel que se permite exhibir lo que él no puede.

La directora Eliza Hittman no persigue el sentimentalismo, sí el trazado de caminos y conductas. Explora los cuerpos de estos jóvenes con delectación pero, al mismo tiempo, distancia. Y consigue un retrato sombrío de lo que sucede cuando la homofobia se ha apoderado del propio ADN.

 

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