Por Máximo Pereyra Iraola
Ph: Joe Kramm / R & Company

Antes de que los gemelos Haas de los que habla esta nota –Nikolai y Simon– se convirtieran en un ícono de la vanguardia artística y una marca de culto en el mundillo del diseño industrial, hubo otros dos hermanos con el mismo apellido pero llamados Charlie y Russ que disfrutaron de otro tipo de fama. Eran luchadores profesionales, célebres en el circuito independiente de lucha libre, que arrancaron en New Jersey y fueron pasando por todas las ligas, ganando campeonatos aquí y allá hasta que la muerte de Russ en 2001 terminó con la conquista fraternal de los rings. ¿Qué tienen que ver ellos con los delirantes creadores de muebles y objetos de Los Angeles? Hasta donde sabemos, nada, aunque sin duda es una feliz casualidad que dos equipos de hermanos con apellido de variedad de palta hayan logrado conquistar sus respectivos campos de batalla, aun si son completamente diferentes uno del otro.

La introducción me sirve para mencionar que en mis primeras investigaciones sobre el dúo dinámico de los Haas intenté hacer una parada obligatoria en Wikipedia para aprovisionarme de datos básicos, pero solo pude encontrar a los luchadores. La ausencia se siente injusta y a la vez reconfortante, despertando esa cosa medio hipster que llevamos dentro que nos hace regodearnos en el secreto bien guardado, en lo no mainstream, en lo que es poco conocido pero nosotros sí conocemos. ¿Alguna vez vamos a decir “yo seguía la carrera de los Haas Brothers antes de que se hicieran masivos”? Seguramente no. Es poco probable que el futuro esté lleno de sillones peludos, animales fantásticos gigantes, pesadillas en tamaño real y mesas con cuernos. No es para nada plausible que los hogares del mañana se asemejen en su mayoría a escenas de Laberinto, o que nuestros bares parezcan salidos de un capítulo de viaje intergaláctico de Rick & Morty. Qué lindo sería.

Nikolai y Simon Haas nacieron en Texas, dentro de una familia en la que el arte estaba muy presente. Emily Tracy, su madre, es una respetada guionista; Berthold Haas, su padre, es un pintor y escultor, y entre ambos incentivaron en sus tres hijos la búsqueda de la creatividad y la belleza en todas las cosas. Lukas, el hermano mayor, se decidió por la actuación (apareció en varias series y películas; seguro lo tienen de Marcianos al ataque), pero los gemelos, que ayudaban a Berthold en sus proyectos y aprendieron de él los oficios de la escultura y la construcción, desde temprano se inclinaron hacia las artes plásticas y todo lo que fuera forma y color. Nikolai, cuyo nombre completo es Nikolai Johannes Haas, mostró además una encendida pasión por la música, que canalizó con su banda RRIICCEE; Simon, de segundo nombre Jakoway, hizo algo de danza, un poco de gastronomía y bastante de pintura.

En 2010 se les ocurrió empezar a hacer muebles, jugando y probando cosas sin ponerse demasiadas presiones encima. El primer juego que completaron fue vendido al ex-Spiderman Tobey Maguire, y con lo que obtuvieron por el proyecto armaron su estudio de diseño en Los Ángeles. Luego vendrían otras celebridades, como Lady Gaga (para quien crearon una serie de máscaras), Donatella Versace y Louis Vuitton. El reconocimiento a mayor escala por parte del ambiente artístico, sin embargo, fue detonado por su intervención en la edición 2013 de Art Basel, a la que llegaron con una serie de muebles bestiales –y algo sexuales– que fueron el comentario principal de la feria.

A sus 33 años, los Haas funcionan como una dupla perfecta en gran parte porque se complementan naturalmente: Nikolai aporta delirio, imágenes oníricas e ideas estrafalarias (¡testículos de oro!) con libertad y amor por el riesgo, mientras que Simon, aunque comparte la visión à la Tim Burton, es el espíritu perfeccionista y atento al detalle que permite que el

engranaje termine de funcionar. La tercera personalidad, el trillizo invisible, de alguna manera, es la ciudad de Los Angeles, que contiene y a la vez permite a la creatividad Haas expandirse sin límites. En una entrevista para la revista Interview en 2013, Simon dice: “[Los Angeles] tiene una cualidad exótica que creo que los artistas –y cualquiera que busque expresarse– están interesados en sentir. Si querés acá podés pasar un montón de tiempo relajándote. Como todo está tan extendido, es muy fácil encerrarte si tenés ganas”. Nikolai agrega: “Todos mis amigos artistas en Nueva York sufren. Nosotros tenemos un espacio de 325m2, y ellos pagan lo mismo por 74m2. Si esa fuese nuestra situación, no hubiésemos podido producir ni un octavo de lo que hemos producido”.

Vaya si produjeron. ¿Son muebles de diseño? Un poco. ¿Son piezas de arte? Algo así. En el medio, en el limbo entre esos dos mundos que querríamos pensar que son disímiles pero en realidad suelen ir de la mano –después de todo, el concepto de arte habitable no es nada novedoso–, los hermanos encontraron una tangente estrambótica y la explotaron sin pudor, aunque esa explosión está lejos de ser masiva, y más lejos aún de ser accesible: si piensan que van a poder encontrar una alfombra de cebra multicolor firmada por los Haas en un IKEA de afuera o un Falabella de acá, no se ilusionen, porque cada objeto está hecho 100% a mano y lleva un precio que refleja la artesanía y la celebridad. Una de las últimas mesas que crearon tuvo un costo de US$300.000 y un valor de bastante más de un millón de dólares.

Los Haas tienen creatividad y curiosidad para rato. Los inspira la naturaleza y los ordena la música, dos recursos en principio inagotables de los que toman lo que se les ocurre. Una trompa por acá, una lengua por allá, unos cuernos por aquí y un par de genitales por allí, todo injertado en morfologías que parecen vivas y usando materiales que dan ganas de tocar y sentir durante horas. Objetos hipnóticos, adictivos e intimidantes, salidos de otro mundo pero completamente tangibles en el nuestro. Sendak, Seuss, Henson, Carroll, por qué no Dalí. Haas.