Por Oscar Mainieri.

Un muchacho de color acepta la propuesta de conocer a los adinerados padres de su novia blanca. Ya durante el viaje hacia el cuidado suburbio donde se emplaza la mansión, sufren un incidente en la ruta que funciona como una señal de mal augurio: el muchacho es sojuzgado por un policía, tan sólo por pertenecer a un grupo racialmente minoritario.  La muchacha, de crianza en los ideales demócratas, resuelve prestamente la situación. Sus padres lo recibirán con los brazos abiertos; es un ámbito donde se proclama que si el presidente Obama hubiera tenido la posibilidad de una segunda reelección, lo hubieran vuelto a votar.

Al día siguiente,  los padres celebran una reunión donde acuden muchos de sus poderosos amigos. El muchacho parece captar la atención de todos los presentes que, de una u otra manera, le recuerdan las virtudes de pertenecer a la raza negra. Hasta que otro invitado, otro joven de color que luce un tanto abombado del brazo de una mujer que podría ser su madre -si no fuera porque su piel es blanca-, lo conmina a que huya del lugar.

El film de Jordan Peele, cuyo primer tercio parecía una sátira de costumbres acerca de los comportamientos políticamente correctos de un sector de la sociedad estadounidense, – un amigo que ofrecerá ayuda telefónica al protagonista mencionará Ojos bien cerrados, el film de Stanley Kubrick, como referencia al ambiente farsesco en el que se encuentra- se desliza hacia los territorios del horror con una facilidad que nunca parece incongruente.

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Lo que planteaba Las poseídas de Stepford –una nouvella de Ira Levin con dos adaptaciones cinematográficas fallidas-  en relación al feminismo y la oposición del patriarcado a que sus ideas y conquistas prendan a mediados de los años 70, lo hace Get out en relación a los beneficios logrados por otra minoría y las nuevas formas de esclavitud en una sociedad,  aparentemente libre y abierta a los cambios.

Apoyado en un elenco sólido –Catherine Keener a la cabeza, como una psicóloga avezada en hacer trabajar en su propio beneficio a circunstanciales pacientes- y una narración abundante en suspenso, el film de Peele se despega de la media de las producciones del género. No sería de extrañar que en unos años Get out ocupe un sitial de honor entre clásicos del género como El bebé de Rosemarie (Roman Polanski, 1968) y La noche de los muertos vivos (George A. Romero, 1968). Pergaminos no le faltan.

 

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