Pocas drogas tienen dos caras como la ketamina. Durante el día, funciona como un anestésico legítimo y se encuentra cómodamente en la lista de medicamentos esenciales de la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, de noche, se puede usar como una droga de fiesta, lo que envía a los usuarios a un intenso estado disociativo (pierde contacto con la realidad) conocido como K-hole.

Más que el cáncer, las enfermedades cardíacas (con las que está relacionado) o la diabetes, es la depresión lo que bloquea a las personas, erosiona sus carreras y arruina vidas. Algunos sostienen que la carga de la depresión fue en aumento en las últimas décadas, transformándose en una epidemia. La depresión lesiona el cerebro. Cuanto más se prolonga, más difícil es que se vaya.

La ketamina es un medicamento un tanto viejo. Se sintetizó por primera vez en 1962 como una alternativa más segura a los anestésicos disponibles en ese momento, que a veces suprimían la respiración de los pacientes hasta el punto de matarlos. Los anestesiólogos lo consideran tan seguro que se usa habitualmente en niños. Pero también se fue convirtiendo en una droga popular para usos recreativos y puede ser adictiva. La experiencia alucinatoria eufórica induce al «agujero K».

La investigación sobre la ketamina como antidepresivo está en sus primeros pasos, pero los científicos especulan que aumenta la plasticidad del cerebro, la capacidad del cerebro para cambiar. En dosis subanestésicas, la ketamina se considera un agente disociativo: la persona permanece consciente pero puede perder conciencia de su cuerpo y, dependiendo de la dosis, siente que está viajando a otras galaxias. La ketamina también puede hacer que la presión arterial aumente y que el corazón se acelere.

Hoy en día, los medicamentos que aumentan los niveles de serotonina, un neurotransmisor que se cree que subyace a nuestra sensación de bienestar, se encuentran entre los medicamentos psiquiátricos más recetados. Estas drogas, llamadas ISRS, alguna vez fueron consideradas revolucionarias. Pero con el paso de los años, los ISRS parecen más bien simplemente otra herramienta mediocre en el arsenal psiquiátrico. Pueden tener efectos secundarios molestos, aumentando el riesgo de suicidio en algunos pacientes, disminuyendo la libido en otros, etc. Pero el principal problema con los ISRS y los otros antidepresivos es que, como grupo, no pueden ayudar en nada a más un tercio de los pacientes que los prueban. Mientras tanto, la investigación sobre nuevos medicamentos para la depresión se fue estancando durante años, dejando una gran necesidad insatisfecha.

Es por esto que hay tanta emoción alrededor de la ketamina . Ofrece alivio a muchos pacientes que previamente no respondieron a nada. Cuando funciona, el medicamento actúa en cuestión de horas, no de semanas, lo que lo hace especialmente prometedor para los pacientes con riesgo de suicidio. Y al dirigirse a un sistema neurotransmisor diferente, no a la serotonina sino al glutamato, les está dando a los científicos una nueva perspectiva de la biología de la depresión.

Los estudios realizados con ketamina hasta ahora son pocos, y la duración del efecto antidepresivo es de aproximadamente una semana. Sin embargo, debido a que la terapia es experimental y solo se administra a personas que han fallado a otros tratamientos, los pacientes tratados son, por definición, los más difíciles de tratar.

También uno de los rebotes negativos puede ser que la ketamina termine desatando otra crisis de opioides como la que está ocurriendo desde hace unos años en EE.UU.. Una crisis que comenzó en parte con la noble intención de tratar el dolor de las personas.

En Estados Unidos, ayer se aprobó un nuevo tratamiento estrechamente relacionado con la sustancia recreativa trippy, Esketamine. El fármaco es tres veces más potente que la ketamina así que se dará a una dosis mucho más baja. Johnson & Johnson, la misma compañía de aceite para bebés, venderá el medicamento similar a la ketamina en un spray nasal llamado Spravato. Solo estará disponible para los pacientes que hayan probado al menos otros dos antidepresivos. Esta es la primera innovación farmacéutica importante en la depresión desde que Prozac se lanzó al mercado hace 31 años.