“De día, en la playa, era distinto. Se habla con extraña cautela cuando se está semidesnudo: las palabras no suenan del mismo modo, a veces se calla y se diría que el silencio hace soltar palabras ambiguas”.

CESARE PAVESELa playa

 

Por Alan Pauls – Ph. Sofia Mishukix @mishukix

Alguien que conozco, devoto como yo de la playa, según dice, me cuenta que el verano pasado, de vacaciones en un modesto balneario de la costa uruguaya, almorzaba solo en uno de esos lugares que ciertos aventureros comerciales montan a principios de diciembre sobre cuatro pilotes trémulos a metros del mar, ambientan con unos restos de anclas cubiertas de óxido, algunas boyas descoloridas y un par de viejas redes de pesca, arruinan con reggae, bossa nova y los compilados de José Padilla, y que a la temporada siguiente, después de haber atravesado todo el verano colmados hasta reventar, ya no existen o han cambiado de propietario (pero no de decoración ni de música). Comía —mal, como se suele comer en todos los lugares efímeros— en una mesa de adentro, protegido al menos de la música, una peste que, acaso para favorecer la difusión de sus efectos letales, tan parecidos a los que me producía, en mi época de fumador, fumar por la mañana antes de haber comido algo o ver pornografía al despertar, los dueños de todos esos lugares de playa tienen la costumbre de hacer sonar siempre a la intemperie, cuando miró hacia fuera, hacia el deck del bar, donde media docena de sombrillas trataba de amparar al ala más radical de los veraneantes, ésos que no están dispuestos a sacrificar un minuto de aire libre y de sol por nada del mundo y mucho menos por algo tan vulgar como el hambre, y le pareció que quedaba prendado —fue la palabra que usó— de una mujer que almorzaba con un grupo de amigas. Le pregunté cómo era. Salvo algunos rasgos vagos, que no llegaban a detalles y de los que, además, ni siquiera estaba del todo seguro, no fue capaz de agregar demasiado, algo que, mientras sucedía, pareció sorprenderlo más a él que a mí, ya que a lo largo de aquel almuerzo —uno de los pocos, gracias al descubrimiento de aquella mesa de mujeres, que recordaba con algún entusiasmo de un verano particularmente pobre en estímulos— casi no le había quitado los ojos de encima, a tal punto que recién recordó que estaba en medio de su almuerzo cuando un mozo, brotando de esa nada que es, para el absorto, todo lo que no es aquello que lo tiene cautivo, le preguntó si podía llevarse el aceite y el vinagre y lo sacó de su ensimismamiento, y al bajar la vista comprobó que su plato, además de intacto, estaba irremediablemente frío. Apuró unos bocados, menos por hambre, ya, que por vergüenza, y cuando desistió y apartó el plato de sí y volvió a alzar los ojos comprendió que ya era tarde: la mesa de las mujeres estaba vacía, una pareja de viejos desproporcionados —él muy alto, ella muy gorda, los dos pertrechados como para sobrevivir blancos como el papel un año en el Sahara— sacudía las migas de las sillas para sentarse. No volvió a ver a la mujer ni a ninguna de las del grupo y las olvidó, pensando —con esa candidez con que exigimos de una explicación no sólo las razones sino también el consuelo de una pérdida— que quizá pertenecieran a la raza de las turistas golondrina, que hacen base en un balneario más o menos importante y desde ahí se mueven por los alrededores para explorar en viajes relámpago las playas satélite de la zona. Un par de meses después, cuando casi había borrado el episodio, tropezó con la desconocida en una calle de Buenos Aires. El contexto, el clima, la luz, el sonido (¡y la ropa!): todo había cambiado. Y aun así la vio y supo que era ella. Curiosamente, el puñado de imprecisiones con las que no había conseguido que yo me la imaginara al contarme el episodio le sirvieron a él, esa tarde, en el centro, para reconocerla en el acto. Pero no tuvo tiempo de alegrarse: la mujer, que esta vez iba sola, lo dejó completamente indiferente.

De haber leído a Proust, en particular la segunda parte de A la sombra de las muchachas en flor, mi amigo no habría evitado la decepción, pero puede que sí el impacto de la sorpresa. Proust le habría enseñado hasta qué punto la forma que la vida adopta en la playa —toda vida, desde la de las almejas y las gaviotas hasta la de las personas, pasando por la de las estrellas, salvo quizá la vida verdaderamente excepcional, la que Federico Fellini, por ejemplo, hace aparecer sobre la arena en el tétrico amanecer final de la Dolce vita: la vida del monstruo— es grupal, nunca individual, y hasta qué punto la belleza o la seducción, cuya fuente estamos acostumbrados a identificar con objetos o criaturas singulares, son aquí siempre un fenómeno gregario, de banda, que surte efecto cuando todas sus partes están copresentes y se disipa por arte de magia, como mi amigo tuvo la desdicha de comprobarlo esa tarde en Buenos Aires, cuando el grupo se reduce a una sola de sus partes. Si el narrador de En busca del tiempo perdido no se decepciona es porque, al revés que mi amigo, demasiado respetuoso de las exigencias eróticas con que la playa atormenta al veraneante solitario, sabe matizar sus deseos con la vocación etnográfica y no se hace ilusiones. Instalado en el Grand-HÔtel de Balbec, versión imaginaria de Cabourg, clásica playa europea de fines del siglo XIX, con su aire británico y su infalible trípode chic (hotel-casino-baños), Marcel se toma su tiempo para detectar, entre la población de desconocidos que ocupa el hotel y se dispersa por la playa, a la chica que le gusta, y sólo llega hasta ella, hasta su identidad particular, su rostro, su nombre (es Albertine), a través del enjambre de amigas con las que se pavonea por las calles del balneario.

Son cinco o seis; Marcel las descubre siempre en movimiento, mientras bajan de un auto, irrumpen en la pista de baile del casino o alborotan la heladería de Balbec, y todo lo que puede decir de ellas, los rasgos físicos que le llaman la atención, los matices que lo atraen, tiene el carácter confuso, movido y arremolinado de las descripciones de conjunto, que reconocen señas particulares pero son incapaces de atribuirlas a sujetos individuales. Mi amigo sucumbió a la ilusión de que lo que lo había flechado era una mujer, no el grupo difuso, molecular, sin demarcaciones internas, en el que la había descubierto almorzando. (El grupo lo es todo en la playa: hábitat, ecosistema, medio ambiente). Ése fue su error, y su error explica, también, que a la hora de describirla sólo fuera capaz de balbucear vaguedades. Lo indefinido de su retrato no era efecto de un déficit de observación sino de una atribución errónea: creyendo pintar a la mujer, mi amigo, sin saberlo, pintaba al grupo, pintaba el fuera de foco, la condición huidiza y como difusa de los sortilegios grupales. Éste es el tipo de seducción específica, tan de otro orden que el individual, al que Marcel comprende de entrada que sucumbe: “la traslación continua de una belleza fluida, colectiva y móvil”. En el tercer capítulo de Suave es la noche, versión de la Recherche en clave lost generation escrita por Scott Fitzgerald, Rosemary, la heroína —“la única muchacha que he visto que de verdad parece en flor”, como la piropea pocas páginas después su galán, Dick Diver— le confiesa a su madre: “Me he enamorado en la playa”. “¿De quién?”, pregunta su madre. “Primero de un grupo de gente que parecía muy agradable”, dice ella, “y luego de un hombre”.

Cerca de Cannes, en el Hôtel des Étrangers de Gausse, donde Rosemary, partiendo de la diferencia esencial, bronceado/no bronceado, aprende a descifrar al mismo tiempo la lógica de la playa, la del amor y la de la sociedad, así como en Balbec, Villa Gesell o incluso Cabo Polonio, cuya condición edénica, tan propicia a la soledad, a los encuentros individuales y al tête-à-tête como estilo erótico, parece a primera vista incompatible con los placeres (y las pesadillas) de la sociedad grupuscular, todo en la playa es cuestión de conjuntos, camarillas, bandadas, células autosuficientes. Como si observara el paisaje de Gausse a través de un microscopio, Rosemary se pasa los primeros días de playa relevando sin descanso la dinámica cambiante de un funcionamiento que casi no reconoce identidades individuales. Los especímenes de los grupos se atraen, se acercan, se juntan, se entraman, se despegan. Vivir en la playa exige una sola condición, y es misteriosamente cuantitativa: exige sumarse.

Así, pensado en relación con dos de los principios que organizan las formas de la atracción en la playa —la desnudez como principio social consensuado y el efecto difuso, como desdibujado, de la sensualidad de enjambre—, el famoso erotismo marítimo que proclaman tan a menudo los que vuelven de la costa con las valijas llenas de trofeos y proezas genitales siempre tiene algo sobreactuado, cierta pátina aceitosa y reluciente, muy parecida al brillo de las páginas de los semanarios donde se lo celebra, que lo vuelca más bien del lado del erosculturismo. En esa especie de hiperbolismo maníaco, donde los imperativos de la salud se funden con los del deseo y el deporte y el sexo entran en una vampirización mutua, descansa por otra parte la sobreexplotación de la playa a la que se entrega la industria mediática todos los veranos. Antes que la política o incluso que la “actualidad” —una categoría que, presente en mí desde que tengo uso de razón o de lectura, ni siquiera hoy puedo emplear sin sentir que el que la emplea no soy yo, mero portavoz zombi, sino la que hizo todo por crearla: la revista Gente—, la playa y el verano en la playa son sin duda para mí los dos primeros objetos inventados por la prensa —pero inventados por completo— de los que tenga conciencia. Si a la delegación marciana que desde hace décadas amenaza con visitarnos se le ocurriera aterrizar entre nosotros un 18 de enero, por ejemplo, y deducir sus primeras impresiones del planeta de las portadas de los semanarios de actualidad, llegaría a la conclusión, por lo menos curiosa, de que el río es casto, las sierras un templo de salud y el campo un territorio de retiro y reflexión ideal, mientras que la playa, poblada de los cuerpos sobreproducidos que suelen animar a la vez la prensa del fitness y los house organs del porno suave, es una suerte de gigantesco parque temático consagrado al desenfreno y la lujuria. Ése es el insomne polvorín erótico sobre el que se montaba todos los años Moria Casán para fundar otra playa nudista en el corazón de Mar del Plata. Moria alegaba que lo hacía con fines emancipatorios, amparada en la temperatura “natural” de un espacio —la playa— que ya los alienta, pero cada vez que, ciega y sorda a sus catastróficos rendimientos comerciales, procedía a alguno de esos clásicos despliegues de franqueza (Playa Franka, creo, se llamaba el único de sus emprendimientos que recuerdo), lo que estaba ultrajando, en realidad, no era la hipocresía del argentino medio ni los tabúes corporales a los que se aferraría su quintaesencia puritana, como no se cansaba de repetir siempre que le tocaba cortar una cinta, sino la virtud a la vez más extraña, más verdadera y más profunda de la experiencia erótica de la playa: la ingenuidad.

La playa no puede democratizar la belleza pero sí la desnudez. Es esa ética igualitaria —tan insobornable que ni siquiera está dispuesta a claudicar ante los especímenes más abusivos, ésos que antes que suscribirla parecen más bien aprovecharse de ella— la que, instalando la desnudez en el más común de los sentidos y volviéndola masiva, convierte la aparente impudicia de la playa en un alarde de ingenuidad y desactiva al mismo tiempo cualquier impulso erótico salvaje. En ese sentido, el exhibicionismo que es ley en la playa se parece más al que rige al pequeño ejército de recién nacidos que un pequeño ejército de padres contempla embobado a través del cristal de la nursery que al acting tortuoso, a mitad de camino entre el crimen y el deleite, que en los chistes gráficos suele sorprender en un callejón a las adolescentes distraídas. Visible, explícita y democrática, la playa, que moviliza la más vasta superficie de piel expuesta del planeta, es básicamente el candor hecho espectáculo. Todo está a la vista y en todos, en la diosa bendecida por la naturaleza y en el tero patizambo, en el gordo irredimible y en el que alardea de los músculos que lleva años tallando en el gimnasio. Al lado de la vocación tolerante y pluralista de la playa común, que da por sentada la desnudez con la misma aburrida naturalidad con que los daneses la pornografía o los holandeses las drogas, las tapas hot de los semanarios o las arengas nudistas de Moria Casán sólo pueden sonar como obligaciones, militancias, exhortaciones prepotentes, es decir: parodias de libertad que imponen la coacción en nombre de la transgresión y el deseo.

Si la playa es —no importa la edad cronológica ni la experiencia de los que la frecuenten— un espacio eminentemente adolescente, es justamente por el papel central que juega ese espíritu de cuerpo a la vez sólido, compacto e irregular que Proust detectaba en el revoloteo de las muchachas en flor de Balbec, y que decide no sólo las formas de habitar el territorio sino también las de ejercer en él el derecho al deseo. Todavía vívidos en mí, y hasta alarmantemente para alguien que ya empieza a ver por segunda vez películas que cree estar descubriendo y se pregunta con nostalgia por los amigos con los que cenó hace sólo un par de noches, de los veranos pasados en Gesell, por ejemplo, yo recuerdo menos rostros y nombres, las dos huellas privilegiadas de la identificación individual, que una especie de movimiento continuo, flujos y reflujos, trasiegos, interminables migraciones mixtas protagonizadas por adultos (mi padre, los amigos de mi padre) y por chicos (yo, los hijos de los amigos de mi padre) en las que emprendíamos durante el día las aventuras clásicas de la playa (médanos, bosques, muelle, mar, y el desafío máximo, ¡la caminata hasta Cariló!, que peligros terribles como la deshidratación, los calambres y la caída del sol durante la caminata mantenían lejos todavía de nuestro entusiasmo de jóvenes colonos) y que por las noches, cuando el fresco de la brisa y el sol acumulado en la piel nos obligaban al tormento de una remera o un abrigo, nos llevaban de un extremo al otro de la avenida 3 durante horas, dromómanos de verano que sólo condescendían a las paradas de rigor —Tía Vicenta, Carlitos, el Combo Park, la galería Kenka, el kiosco de revistas, Casa Böhm, los puestos de los artesanos, la pista de patinaje (donde acepté hacer el ridículo durante años sin recibir absolutamente nada a cambio) y la de karting, el local de los alfajores Amalfi— para reponer energías y reanudar la marcha una vez más, así, sin parar, hasta las tres o cuatro de la mañana, cuando la avenida 3 empezaba a ralear, los hippies a embalar sus artesanías, los mozos a sentar las sillas sobre las mesas y los letreros luminosos a apagarse, y la banda iba perdiendo pedazos de a poco, dos aquí, tres allá, uno acá, según el hotel o la casa o la calle por las que pasaba nuestra caravana, hasta que sólo quedábamos mi padre, mi hermano y yo, exhaustos de caminar pero sobre todo de felicidad, de la euforia de haber extenuado nosotros a la noche y no al revés, y las piernas me temblaban y mi padre —última ofrenda de una noche de gloria, como por otra parte todas y cada una de las 28 noches de febrero, cifra, 28, que durante años representó para mí el emblema de la dicha absoluta— me alzaba por las axilas y me llevaba a caballo sobre sus hombros, mientras me dejaba peinar por las ramas de los árboles, las dos cuadras y media que nos separaban del hotel Rideamus.

Fue ahí, en el comedor de eso que llamaban y llaman, sigo siempre sin saber por qué, “residencial”, comedor modesto y limpio, como también durante años pensé que debían ser todas las cosas hechas a la medida de mis deseos, donde unté por primera vez una medialuna de panadería con manteca y dulce (una combinación repugnante o quizás herética, a juzgar por la cara que puso la moza, hasta ese momento encantadora, al verme inventarla, a tal punto que mi padre, alarmado, llegó a consultar con el hijo mayor de la familia que regenteaba el hotel, un croata con un canino roto, amigo de años de mi padre, que a menudo compartía la playa con nosotros y cuya manera de correr hacia el mar, ágil pero como ralentada, con las dos piernas formando un rombo perfecto, yo solía imitar en la habitación sólo para mi padre, como un secreto, hasta el día en que el amigo croata, recién salido del agua, vino hacia mí con un aire inusitadamente grave y sin decir una palabra hizo algo que hasta el día de hoy, cuando lo recuerdo, me deja estupefacto: me imitó imitándolo, y entonces supe de una vez y para siempre que no se comparten secretos con adultos —si mezclar la manteca con el dulce no infringía alguna antigua costumbre balcánica que ignorábamos) y donde aprendí a jugar al ajedrez, primero con el juego maltrecho del hotel, del que habían desertado dos peones y un caballo blanco que reemplazábamos con monedas, o caracoles, o piezas de bingo, después, ese mismo verano, cuando el estupor de aprender se convirtió en una especie de avidez suicida y ya no jugaba sólo en el comedor del Rideamus sino también en la playa, en el boliche donde almorzábamos (y yo, absorto en la última jugada de mi padre, dejaba languidecer tranquilamente mi comida), de pie junto al metegol o caminando rumbo al cine, en el juego magnético que convencí a mi padre de que me comprara. Pero fue en Gesell, extenuándome en esa manía ambulatoria grupal de la que ahora puedo evocar la intriga, la curiosidad, los estremecimientos y hasta la excitación que me provocaba pero no exactamente quién o quiénes me las provocaban, a tal punto me envolvían como un efecto ambiental, una atmósfera, una burbuja, donde tuve por primera vez la impresión de que, si hay una erótica de la playa, en rigor es la que nace y circula en esa esfera comunitaria, y de que la libido que la anima se invierte menos en objetos puntuales que en formas de vida utópicas. Aprendí que si la playa es deseable —y para mí no hay nada más deseable—, no es tanto por las facilidades que ofrece en tanto mercado de cuerpos desnudos —es decir: inmediatamente tasables— como por el modelo de espacio cívico que propone: vida común sin autoridad, autorregulación sin control, placer sin compromiso, anarquía sin agresividad. Lo que los teóricos de la complejidad llaman una emergencia; es decir, ese misterioso orden general engendrado por un sistema con innumerables participantes, en el que nadie está al mando y cada uno se adecua segundo a segundo a condiciones que son estrictamente locales. Así, la playa deja de ser el paraíso erótico-kitsch que celebran Moria Casán, las ediciones de verano de las revistas de actualidad y los profesionales del priapismo y se convierte de algún modo en un experimento erótico-político. Lo que se desea no son cuerpos, o no solamente, sino sobre todo la maqueta provisoria, estacional, de una pequeña sociedad sin estado y sin mercado. (Aunque domesticada por el afán de seguridad que reclama todo proyecto de explotación turística, a menudo reducida a una réplica de reality show, es esa misma fuerza utópica de la playa, sin embargo, la que reaparece cada vez que un pionero desquiciado o un entrepreneur amigo de los simulacros pretende reproducir artificialmente —es decir: esterilizándola— toda la complejidad de su ecosistema: la Jantzen Beach del río Columbia de Portland (Oregon), parque acuático creado en 1939 por Paul Huedepohl, un experto en la industria del entretenimiento a la intemperie que buscaba construir la pileta perfecta sobre el modelo del resort de playa; el Phoenix Seagaia Resort de Japón, que casi sesenta años después ofrece mil cuatrocientos metros cuadrados de océano real, ochocientos cuarenta de playa de mármol triturado, temperatura vigilada por más de cien sensores ultrasensibles, un volcán que hace erupción cada quince minutos y un inmenso techo retráctil dispuesto a abrirse o cerrarse según la necesidad de dejar entrar la naturaleza o de mantenerla a raya; la playa que el pobre de Bob Geldof intentó montar hace unos años en Londres, vetada de plano por el consejo municipal de Southwark, o Aquaboulevard, en la Porte de Sèvres de París, un complejo donde la gente, protegida por un gigantesco techo de vidrio a dos aguas, finge leer o tomar sol sobre una alfombra de arena sólida y una sirena anuncia cada diez minutos la producción de una ola gigante.)

Artículo anteriorDOS DANESES
Artículo siguienteFUERZA NATURAL
REGIA MAG
REGIA está compuesta por secciones cuidadosamente confeccionadas, con contenidos nuevos, seleccionados con rigurosidad y agrupados de manera clara y sólida. La visión editorial, más sofisticada y vanguardista, convive con el criterio estético y la curaduría que ya nos caracteriza como un medio transgresor y de culto.