REGIA presenta un adelanto exclusivo del nuevo libro de Roberto Pettinato, Luca es mío (Planeta). Además, fotografías inéditas curadas por su hermano Andrea Prodan, quien también cuenta las historias detrás de cada imagen.

Por Roberto Pettinato

Luca era el Rey del humor cambiante. Mucha gente me pregunta si era adicto a algo que consume el sesenta por ciento de nuestro país. Lamento desilusionarlos: no. Luca fumaba, y la primera vez que sentí algo al respecto fue estando en los ensayos de Hurlingham, en la casona llena de árboles y arquitectura Tudor. Había una botella de dos litros de Coca-Cola que Luca agarró con las dos manos. Juro que yo no sabía qué se proponía.
Entonces desarmó un paquete de cigarrillos, tomó el papel metálico y abrió un agujero. Puso el papel ahí, lo agujereó y por encima puso el “pot”, “grass” o “weed”. No recuerdo qué nombre usaba pero no era el de nuestro país.
Por momentos le encantaba utilizar ciertos términos ingleses de veinte años atrás, como decirle “buzz” al alcohol o cualquier cosa que lo diferenciara de los demás. Jamás lo escuché decir porro pero sí “joint”, como si estuviésemos enfrente del escenario de Woodstock esperando la salida de Joe Cocker.
También solía usar “bread” para nombrar al dinero.

Todo eso iba conformando su personalidad y su estilo. Incluso en su vestimenta, que fue cambiando de la campera negra a la remera del gato negro, pasando por los anteojos que eran dos persianas americanas hasta terminar en un jogging azulado roto y ojotas. Esta última sea, tal vez, la imagen que todos recordamos.
Por mi parte, nunca olvidaré las bellas fotos en la heladera con una camisa blanca y los tiradores negros. Era como si supiera que de vez en cuando debía lucir como una estrella de rock interesante, preocupada y torturada por algo.
Y sus torturas no eran justamente el amor, aunque eso fuera de lo que más hablábamos. Éramos como dos dandis, o gigolós, al mismo tiempo sin serlo… literalmente. Pero bueno, las chicas gustaban de nosotros dos. Tal vez de los demás también, aunque la diferencia era que nosotros no habíamos nacido con escrúpulos.
Ustedes se preguntarán: ¿cómo eran las llamadas groupies o chicas que acompañaban en los años 80 a un grupo de rock? Se los digo ya: a las más lindas las tenían los Soda Stereo. También eran las más problemáticas, pero a Cerati le encantaba eso: tenía pasión por sufrir por amor y era sabido que muchas veces una novia terminaba con el baterista o al revés.
Bien, Sumo no era así. Y Luca tampoco. Por más que siempre corriéramos detrás de más de una. Ahora que me acuerdo mejor, no sé si teníamos capacidad para correr…
Tampoco pretendíamos estar acompañados.
Éramos lobos solitarios que, sin saberlo, enamorábamos gente que por lo general, debido a la época, nunca te traía problemas.

Las chicas de los 80 se vestían como nadie.
Eso era lo que yo llamaba “prepararme para salir”: se paraban los pelos con spray y fijadores y medias negras rotas y borceguíes y todo lo que hoy podemos ver en una galería cualquiera.
Pero esto que cuento era real. No era un outfit.
No estaban representando nada. Eran chicas reales y el carácter que tenían era tal cual lo que vestían.
Siempre aceleradas, corriendo, gritando, discutiendo, haciéndose amigas y peleándose con
otras y algunas incluso muriendo… Sí, muriendo.
Como si nada, de un día para el otro: “Fulana murió anoche…”. Otro día, un miembro de la banda te decía: “Tengo una novia divina, ¡pero duerme metida adentro del cesto de ropa para lavar!”. Y eso era tal vez lo más atractivo, porque esa chica del cesto escuchaba Killing Joke… y mucho Bowie.

En el centro de todo esto estaban mis charlas con Luca sobre las mujeres, novias y groupies. Las mismas que finalmente nos llevaban a celarnos el uno al otro, pero no como dos viejos gays sino con la clásica y legendaria competencia entre el Prince of Darkness y su discípulo.
Luca era tan real en sus sentimientos que vivía describiéndome cómo era cada una y lo que él consideraba que “recibía de ellas”.
Desde la chica alemana —alta, rubia y elegante— hasta la que lo amaba sin rencores ni
requerimientos en un departamento del Abasto, más conocida como la que tenía el don celestial de “cocinarle milanesas y amarlo sin preguntar”.
Esta situación se convertía en un verdadero desbande sobre todo en los recitales, en especial cuando todas consideraron que podían ser invitadas y venir a ocupar una platea. Ahí fue que conocí a una mujer fuerte, de cuerpo esbelto y duro que parecía tener la capacidad de partir a Luca al medio.

Abrazado a su novia, Monica Stromp, y rodeado por parte de la Familia Mackern y dos amigos de la familia. Casa Mackern (‘Happy Valley / Jape Vale’), Traslasierra, Cba. 1982.
Nueve años nos separaban. Acá estamos en la terraza de nuestra casa, en Tarquinia, al norte de Roma.

Una tarde hablamos de las películas italianas.
Parecía conocerlas a todas y se reía con las más grasas, las de Lando Buzzanca, y le encantaba explicar el verdadero sentido de La gran comilona, con Ugo Tognazzi y Marcello Mastroianni. Aunque cualquier intelectual del cine supiera el significado, las palabras de Luca cobraran otro sentido. Era como si te las dijera Ian Curtis, de Joy Division, en lugar de un crítico de revista especializada.
La gran comilona era la representación de la decadencia de la Italia de guita, ¿entendé?
Su tono sin eses, tan cerrado y tan itálico, te perforaba la mente mientras te la abría, aunque ya lo supieras.
—Los italianos comen y comen y chupan pero en el fondo ¡son uno cagone…! Pero hay gente buena, y tipo-con-onda, ¿entendé?

No sé por qué le temía tanto a Luca. Por un lado quería agregar, debatir o bien decir algo, pero no podía dejar de sentirme como un argentino que quiere demostrar que sabe de lo que habla y tiene cierto conocimiento enciclopédico adolescente. Siento decir esto de mí, pero nunca me animé a llevar más allá una charla sobre Polanski o Teorema, de Pasolini. Seguramente, Luca te daría otra visión o algo que le había llamado la atención y a vos no. Esa tarde, sentados mirando la Sierra o en un club, te diría:
—Lo increíble es cómo murió él.
—¡Por dios! ¡Justo lo que nunca pensé!
—Él era homosexual y lo mata su amante…
—Bueno, pero… No sé… Suele… suceder…
—Sí, pero la muerte de él fue cruda y horrible:
¡el amante dio marcha atrás con el auto y lo mató!

Cuando Luca te contaba esto no sabías si era cierto y tampoco tenías la posibilidad de chequearlo como hoy en ninguna Wikipedia. Como se dice en España, si Luca lo decía iba a misa.
Tenía esa capacidad de darte escalofríos y mirarte a los ojos. No lo hacía buscando complicidad con vos (algo que dudo que le importase), sino marcándote un camino de algo espantoso y turbio y oscuro y… no sé… todas las palabras que te hicieran ver el infierno con arte y maestría de un monje que no fue.

Montando un caballo de los Mackern en Las Calles, Traslasierra, Cba. Luca amaba mucho los animales, pero nunca se sintió muy cómodo con los caballos. 1980.
Amigos desde Gordonstoun, Escocia. Luca y Timoteo ´Timmy’ Mackern. Traslasierra, Cba. 1980.

—Durante siete años yo fui secretaria de Jane Fonda. Luca y todos nosotros estuvimos siempre ligados al cine. Andrea también: actuó en las películas de Liliana Cavani, en El vientre del arquitecto.
—Sí, sí, la vi… ¡No puedo creer que ese era Andrea!
—Sí… Luca lo adoraba, pero más lo admiraba por cómo escribía.
Ahí recordé un viaje en micro, un micro gigante en el que éramos seis músicos, pero en el que insólitamente había más de quince personas a bordo. Me senté con Luca y él me iba leyendo los cuentos de su hermano. Decía:
—Yo jamás podría escribir así, ¡él es como un Captain Beefheart!

—Cuando era secretaria de Jane Fonda, recuerdo que un día hicimos una torta, pero una torta enorme de chocolate con marihuana para llevarle a Marlon Brando en su cumpleaños. No sé qué pasó, pero empezó a llover torrencialmente, Jane y yo empezamos a comerla, y en un momento veo que ella se había bajado del auto y estaba chapoteando, muerta de risa, en el barro. ¡No lo podía creer! ¡Jane Fonda! ¡Ja, ja, ja! La torta nunca llegó. Tocamos el timbre y Marlon nos recibió igual.

La vida trágica de los Prodan es conocida, aunque nunca contada por él. Una vez me explicó el origen de “Teléfonos que suenan en cuartos vacíos”, sin duda uno de los mejores poemas/letras de su autoría.

—Bueno, fue muy loco todo… Resulta que yo estaba en ácido y pensé que mi novia había sido asesinada. Entonces empecé a llamarla como cien veces y resulta que ella no atendía. No sé dónde estaba, pero yo “vi” desde mi casa, o lo sentí… ¡Sentí que en el cuarto de ella estaban todas las paredes bañadas en sangre! ¡Alguien la había matado! Asesinada. Entonces yo estaba medio en pelota, vite, y bajé al almacén en donde estaban José o Miguel, que era el señor que atendía, y yo sospeché que él la había asesinado. Me le tiré encima y lo cagué a trompada. Pobre viejo. Nunca se olvidó… Después tuvo comunicación con mi hermana y estaba viva. Pero bueh…

Lo increíble, aparte de la anécdota, es que al llegar a Roma Micaela me dijo:
—Vamos abajo, al almacén, que te quiero presentar a alguien.
Yo no recordaba la anécdota, pero el dueño me la refrescó en segundos:
—¡Ah, amigo de Luca! ¡Argentina! ¿Vos sabés lo que pasó con él, que me agarró a trompadas? Entró desnudo acá, ¿o no, Micaela?
—Sí, ¡todos sabemos eso! —comentamos entre risas.
—¡Nunca me lo voy a olvidar!

Así fue como conocí el pequeño almacén y el cierre de esta historia que bien podría haber aparecido en Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter Thompson.
Luca amaba hablar de cine, de arte, de libros y de lo que fuera que pudiera sacarte a vos (y a él) de la rutina pasiva de vivir en nuestro país. Nada mejor que conocer historias de rock, fueran mentira o no. Siempre creí que es mejor una historia incomprobable que una mierda verdadera.

Luca y yo como iguanas, en otra pileta, esta vez en un hotel de Iguazú. Nuestra hermana mayor Micaela no solo sacó la foto, sino pagó el viaje ya que Luca siempre quiso conocer las Cataratas, y la flora y fauna que las rodeaba. Dic. 1982.
El verano más caliente en años, y nosotros, en Iguazú. Luca con el sombrerito de mi hermana, y yo. Dic. 1982.
Luca, el perrito de nuestra hermana Micaela, ‘Kily’, y yo. Estamos a bordo de nuestro barco, la ‘Ciaciona’, en el puerto de Santo Stefano, en Toscana. Mi padre era el Comandante, nosotros sus sufridos ‘marineros’, pero hemos recorrido todo el Mediterráneo en este hermoso barco que él dibujó e hizo construir durante muchos veranos.

Si tuviera que hablar del Einstein no sabría por dónde empezar. Para muchos era un centro de la cultura underground; para algunos, esa concentración de locura y avidez del extremo estaba en el Parakultural; para otros, era El Depósito, cerca del anterior; ¡y para otros era otro!
En verdad había muchos centros para vivir una experiencia que, si bien no era del tamaño de los light-shows de Pink Floyd, de alguna manera se asemejaban a eso.
¿Del otro lado? Nada. O tal vez sí. Del otro lado estaban el Oeste, el Sur y quién sabe cuántos grupos de rock and roll y chicas de jeans ajustados sin el pelo revuelto y salvaje pero, por supuesto que sí, ¡conservando el buen uso de la planchita!
Porque digamos esto: en los 80 todo sucedía en simultáneo. La “Vida Nueva” no pasaba únicamente por Córdoba y Pueyrredón. Podía estar sucediendo algo en cualquier lugar, sin contar con el destape de los grandes popes del rock, desde Charly García hasta los GIT o lo que fuere. Ellos estaban ahí arriba, viviendo su sueño, disfrutando del trabajo bien hecho. Ese trabajo consistió en habernos mantenido vivos y alerta durante años y años de dictadura y prohibiciones, en los que el rock en español estaba silenciado, en especial porque los censores no entendían de qué se hablaba aunque podían intuir que, al no tratarse de simples terroristas, el rock se había convertido en un arma aún más poderosa y eterna. Un arma que ya estaba en el flujo sanguíneo de nuevas generaciones que, apenas escuchando una canción, entendían quiénes eran los malos, asesinos y perversos, y quiénes la gente como uno.

Y entre la gente como uno estaba Luca. Hablando, saludando; el que parecía entenderlo todo sin meterse en problemas, desde una pelea al azar a una chica que jamás olvidaré, que rodaba por las escaleras delante nuestro envuelta en su anorak blanco oveja; o yo mismo, tocándole sin pensarlo ni una vez el culo a Katja Alemann, u observando cómo un par de chicas estallaban los baños pintando con su propia menstruación las paredes y los azulejos mientras vos salías de mear en el mismo inodoro.

De pronto, como si se tratara de Encuentros cercanos del tercer tipo, todos parecían haber entendido al mismo tiempo qué faltaba hacer, qué era necesario realizar y qué te podía hacer feliz.
En el medio de todo la merca, el ácido o la marihuana se encargaban de disparar cien nuevos horizontes. Solamente vos podías intuir qué camino tomar y dónde terminar con tu vida.
Así era como una tarde cualquiera te encontrabas a un amigo en un centro de información
llamado El Agujerito, la disquería que traía los vinilos importados de las bandas que tenían algo para contar. Al día siguiente preguntabas por él y alguien te decía: “Sí, ¿no sabías? Anoche estaba en una… bueno, una de esas noches… y se disparó en la sien en la mesa ratona, ahí sobre ella”.

Todo esto sucedía mientras el diseño gráfico parecía haber tomado la ciudad como una plaga, al igual que las performances de artistas hasta el momento desconocidos —entre ellos Parrilla, Tortonese, Batato Barea y Urdapilleta—, que parecían haber tomado por asalto el lugar liberado que dejaron en los años 60 y 70 Gasalla y Perciavalle aunque, bueno… ¡digamos que con una visión lisérgica potenciada en otro gramaje!

Luca parecía ser parte de todo y parte de sí mismo. Era Luca y nada más. No se juntaba con Los Twist ni con Los Abuelos de la Nada, mucho menos con Los Redonditos de Ricota. En realidad no se juntaba con nadie, justamente para mantener su aura pulcra, virgen, única y destellante al mismo tiempo; un aura que nunca utilizaba para abrirse camino al
entrar a un lugar. Podía ser uno más, aunque sabía que no lo era.

Luca aplicándose a pasatiempos artísticos. Mi padre era, entre otras cosas, un escultor. Lugar desconocido. Ca, 1959.
Una de la últimas fotos de Luca, en el techo de Alsina 451, Capital Federal. 1987.

Al día siguiente me desperté como si nada. Fue una noche liviana, digamos. Me metí en la ducha y sonó el teléfono. Me dicen: “Es Ricardo que te llama. ¿Lo atendés?”. “Sí”.
—Hola.
—¿Qué hacés, foca?
—Bañándome.
—Luca murió.
—¿Eh…?
Enseguida me di cuenta de que su tono no admitía repreguntar. Cortamos rápidamente. Después de decirme dónde estaba el cuerpo y cómo lo encontraron —con la sonrisa que él me había contado— me dije: “Heroína. Se la tomó toda”.
No fue así.
Volví a la ducha y lloré hasta que mis lágrimas pudieron bañarme más rápido que la propia ducha.
Luca había muerto. Qué podíamos hacer. No había forma de ir a ver el cadáver. No podía ir
a San Telmo para hacer lo que todos los demás, seguramente, estaban haciendo. Luca mismo no hubiese querido que lo viera así con la mitad del cuerpo en el colchón y la otra tocando el piso.
Al tiempo se arregló el velatorio. Poca gente.
Amigos sueltos entre flores y coronas y charlas en
voz baja.
Gente que entraba y saludaba al muerto y se iba.
Decidí entrar a verlo. Tenía un algodón con sangre en la nariz, tapada con otro por encima. Una imagen espantosa que jamás hubiera querido ver y preferido olvidar pero, como verán, no fue posible.
Le dejé un papelito entre sus manos tras comprobar que otros habían dejado cosas semejantes dentro del cajón. Mi papel decía: “Bye, bye, love”, como la canción de la película de Bob Fosse que solía cantar.
Nunca conté esto antes.
Me daba vergüenza. Nunca dije que lo hice.
¿Por qué? Porque lo hice sin que nadie me viera.
Me quedé hasta el final. Hasta que el olor del zinc fue sellado con un soplete.
Fui a su entierro. Cargué el cajón y pude leer, como los otros seis que habíamos sido beneficiados con una manija, lo peor para él.

Sí, decía Lucas. Con “s” en lugar de Luca a secas.
Para qué tanto luchar por imponer tu nombre, ¿no? Ahí quedó. Como otro más. Al lado de otros desconocidos, rodeado, como en la vida misma.
Hubiese querido conocer su casa en San Telmo. Hubiese querido ver quiénes estaban ahí. Quién era el colorado de los pianos y quiénes eran otros de otros de otros y ¡otros más!
No pude.
Todo había terminado.

 

Luca es mío, Roberto Pettinato. Editorial Planeta.