De un cliché a otro, siempre en la misma red. Una nueva foto del actual presidente francés, seguida por una avalancha de polémicas en estas últimas semanas, han perturbado la imagen tan deseada de un presidente cool y moderno. De un cliché a otro, de un chiste a otro. De visita en el humilde y olvidado Barrio Francés de la isla San Martin a finales de septiembre, Emmanuel Macron se encontró con un joven residente recién salido de la cárcel por robo (a su derecha, en la foto) y su primo(a su izquierda). Al sacarse una sempiterna selfie como para inmortalizar el momento, uno de los dos jóvenes hizo un fuck en la foto, un segundo antes del flash.

Respecto al dedo levantado, los jóvenes explicaron que “solo fue por el estilo, para provocar a sus enemigos” y sobre todo, para reivindicar la seguridad de su barrio. La leyenda escrita en inglés de dicha foto publicada por el primo en su cuenta de Instagram decía: “Incluso el presidente se siente seguro a nuestro lado en el Barrio Francés”. En reacción a esto, Macron pudo justificar en la prensa que “¡los que hacen tonterías tienen derecho a ser perdonados”. Sin embargo, el presidente francés tal vez habrá minimizado esta imagen considerada tanto un chiste de mal gusto, como una descuido de su parte. Masivamente compartida en la redes sociales, volvió a generar mucha polémica hasta llegar a más graves repercusiones y denuncias.

A los pocos días de la controversial foto, el autor y muy mediatizado crítico y filósofo francés Michel Onfray, redactó una carta abierta a Macron bajo la forma de un panfleto satírico. En su Carta a Manu, el filosofo desvió el sentido inicial de esta foto hacia la definición misma del fuck, hacia sus posibles significados y connotaciones políticas, aludiendo así a muchas de las turbulencias, zonas borrosas y cuestionamientos recientes en torno a la “Macronia”. Tres años después de haber gritado todos “Yo soy Charlie”, el crítico, quien trabajaba para la TV pública, fue despedido al día siguiente de publicar su sátira en Internet. Voilà: “el sabio muestra la luna y el imbécil mira el dedo!” declaró él.

Tal vez el quiebre en la comunicación en sí no reside tanto en el dedo levantado ni tampoco en semejantes “tonterías”, sino más bien en esta repentina puesta en escena de un presidente con un ex delincuente proclamando amar a todos los hijos de la República. De una figura autoritaria que rechaza últimamente cualquier movimiento social o entrevista molesta, Macron parece operar un último cambio de posicionamiento, a la hora de querer presentarse como un gran paternal, relajado. Cómo tranquilizar este juego luego de varias semanas de escándalos, manifestaciones sociales, críticas reprimidas y problemáticas geopolíticamente espinosas.

Luego del oscuro caso Benalla en el último mes de julio, los dos ministros del Interior y de la Ecología anunciaron su demisión de este gobierno activo desde apenas un año. Los dos justificaron encontrarse en la imposibilidad de hacer su trabajo correctamente dado la debilidad del gobierno francés en su manejo del país y sus infinitas gauchadas frente a los lobbys de los sectores agro-petroleros y financieros, como a los de la comisión europea.

De un cliché a otro, de un mal chiste a otro. Por razones confusas, hoy percibidas como exageradas, desde julio se iniciaron nuevos casos judiciales y contra-ataques con varios de los partidos de oposición al gobierno actual. Incluso el mes pasado, se registraron las casas de todos los diputados miembros del primer partido de izquierda llamado “Francia Insumisa”, actualmente dirigido por el diputado de la ciudad de Marsella, Jean Luc Melenchon. Estas operaciones aplicadas con fuerte rigor y bajo medidas policiales impresionantes, casi dignas de un ejército anti terrorista, también sorprendieron a los franceses. Luego del despido del filósofo, hasta unos diarios más conservadores empiezan a preocuparse por esta nueva libertad de prensa bajo control. La prensa denuncia el renacimiento de un totalitarismo soft orquestado desde el Eliseo a fin de intimidar las oposiciones.

El último 11 de noviembre, los franceses se indignaron frente a un presidente quien homenajeó al Mariscal Pétain por su papel en la Primera Guerra Mundial, y despertó el nefasto fantasma de una de las figuras más sórdidas y vergonzosas de la historia de este país. Estas graves declaraciones volvieron a encender muy sensibles reacciones en el pueblo como a nivel internacional; de nuevo, otra polémica lamentable resuena como prueba evidente del desconocimiento de la historia, por un Macron que quiere ahora crear una nueva armada de defensa europea. Todo huele muy mal. Y parecen ser cada vez más los dedos descontentos y levantados para apuntarlo.

Tambalea y se desmorona la imagen tan deseada de un presidente francéde vanguardia, quien se rie de un dedo en el aire, quien sería supuestamente joven y eco-consciente, y quien desde el megáfono de la arena mediática internacional, le pedía a Trump “to make the planet great again!”. Hoy luego de promocionar a Francia como una start up Nation y de varias crisis gubernamentales, Macron se encuentra en un récord explosivo de impopularidad en la opinión pública. Desde varios meses, oscila febrilmente con apenas 23% de opinión favorable según las últimas encuestas, en un país que ya no se reconoce en este exgerente del banco Rothschild. A pesar de los esfuerzos mediáticos puestos en intentar construirse una imagen moderna, tal vez Macron solo sea la nueva cara de una vieja versión de Europa.

Como si Francia de tan vieja tuviera Alzheimer. De demostraciones de autoridad a pequeños saltos de humanismo políticamente correctos, el presidente francés sigue dando la impresión de un poder frágil, blando, mansamente marchando hacia un seísmo social, ecológico y geopolítico, entre fake news y sospechas.

A la imagen de lo que aconteció en Argentina a finales de septiembre, se anunció en Francia un paro nacional para mediados de noviembre. Inicialmente organizado desde las comunas francesas, a escala regional, el movimiento nace de un impulso ciudadano espontáneo, todavía un poco desordenado, pero que surge por fuera de las estructuras clásicas de los partidos o sindicatos. La manifestación propone reunir todas reivindicaciones actuales bajo el titulado “La contestación de los chalecos amarillos”, en referencia a la prenda fluorescente que se usa en caso de emergencia o de accidente en la ruta.

Hace poco, frente al rechazo social, a las olas de severas críticas y frente a un sentimiento de injusticia creciente en las mayorías, Macron reconoció haber fracasado con los franceses y confesó: “no supe reconciliarlos, considerarlos y brindarles seguridad y soluciones reales”. Como si gobernar solo fuera un problema de comunicación, apenas ocho meses después de ganar las elecciones, en el último mes de febrero, Emmanuel Macron ya admitía públicamente, en sus propias palabras, que su mandato resultaba de “una brutalidad de la Historia, de un robo”.