Por Diego Sadrinas – @sadri26

Su puerta en el piso 13 de la Torre Le Parc en Puerto Madero, había sido cerrada desde adentro. Alrededor de las doce y media del mediodía del domingo 18 de enero de 2015, uno de sus guardaespaldas llamó a su teléfono y no obtuvo respuesta. El guardaespaldas insistió pero nada. Después de golpear la puerta del departamento, sin recibir respuesta, llamó a la madre de Nisman, Sara Garfunkel. Casi diez horas después, Garfunkel y otro guardaespaldas ingresaron a su departamento con la ayuda de un cerrajero. Lo encontraron tirado en el piso del baño, con una bala en la cabeza y la pistola Bersa Thunder 22 al lado de su mano. No había ninguna nota de suicidio, solo en el living, sobre la mesa, había dejado una lista de compras para el supermercado. Y en un tacho de basura, la policía encontró un borrador de un documento legal, escrito por Nisman y nunca ejecutado, que pedía el arresto inmediato de la entonces Presidenta Cristina Kirchner.

El atentado a la Amia y la muerte del fiscal Nisman tienen por el momento un elemento en común el cual nadie discute o pone en cuestionamiento: la imposibilidad de descubrir quienes fueron los responsables de los mismos. La cuestión es por qué ocurre esto.

En buena medida se debe a que la batalla por la verdad se transformó en un escenario del que forman parte el terrorismo internacional, el gobierno, la oposición, los servicios de inteligencia y un personaje que oscila entre lo tenebroso y lo inverosímil.

Un día antes, aproximadamente a las cuatro y media de la tarde del sábado, Nisman le pidió a Diego Lagomarsino, su técnico informático, que fuera. Cuando llegó, Nisman le dijo que la reacción a su informe fue más intensa de lo que había anticipado. “Tengo miedo de salir a la calle”, le dijo. Luego le preguntó a Lagomarsino: “¿Tenés un arma?”,
Lagomarsino dijo que sí, y Nisman se la pidió prestada. Lagomarsino luego dijo: “Me asusté con el pedido, me sorprendió, nunca lo había visto así”. Su arma, le dijo a Nisman, era vieja y pequeña, no valía la pena. Nisman dijo que no confiaba en sus guardaespaldas para protegerlo. Según Lagomarsino, Nisman comenzó a hablar sobre su familia y se enojó más. “¿Sabes lo que es cuando tus hijas no quieren estar conmigo porque tienen miedo que algo les pase?”.

Nisman nuevamente le pidió a Lagomarsino que le trajera un arma. “Solo necesito asustar a alguien”, dijo. “Si estoy en el coche con las chicas y aparece un tipo loco con un palo, y me dice: ‘Vos, traidor hijo de puta,’ puedo disparar en el aire y asustarlo”. Lagomarsino fue hasta su casa, tomó el arma y la trajo a Le Parc. Era un viejo calibre Bersa Thunder 22, regalo de su tío. Lagomarsino también dijo que le mostró a Nisman cómo cargar la pistola, cómo sostenerla y cómo apretar el gatillo. Nisman tomó la pistola, envuelta en un paño verde, y le dijo a Lagomarsino que podía irse. Señalando sus archivos, dijo: “Tengo que volver a esto”.

Estamos hablando de Diego Lagomarsino, técnico informático que desde el año 2007 trabajaba en la unidad fiscal AMIA junto a Nisman siendo la persona que le facilitó el arma y al mismo tiempo la última persona que lo vio con vida. Es por eso que está imputado como partícipe necesario en la causa.

Pero Lagomarsino tenía un costado frívolo y descontracturado antes de ser una de las caras más conocidas y solicitadas para ser entrevistado por los medios. Su actividad en Twitter lo comprueba como las fotos homenajeando a Gustavo Cerati, las fotos a autos de alta gama y sobre todo, un fanatismo por los famosos en especial sus tuits comentando los temas del día de la radio Metro. La cuenta se mantiene intacta y estancada en ese verano, aunque si vamos a los likes, se comprueba que la sigue usando.

Por momentos, parece ser la representación argentina del clásico de la literatura El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde: una persona que tiene dos personalidades opuestas entre sí y se retroalimentan. Un costado frágil, débil, vulnerable, naif, de una víctima que se considera sapo de otro pozo, faceta que muestra en las distintas entrevistas que brindó desde que fue acusado: en las mismas se quiebra, casi al punto de tener ataques de pánico, se emociona, llora, habla de sus hijos, del afecto hacia “Alberto”. Sostiene que centrarse en él es erróneo, porque es el “perejil” y se distrae la atención y la búsqueda de los verdaderos responsables.

Por otra parte, Lagomarsino tiene una faceta más oscura y misteriosa: su historia laboral y personal asociada a los servicios de inteligencia de Argentina, pero también del extranjero, ya que se lo vincula al ex agente de contrainteligencia de la SIDE Jaime Stiuso, aunque el técnico informático asegura que nunca lo conoció. Funcionarios del gobierno anterior han señalado a los espías que dicen, estaban trabajando con Nisman y alimentándolo con información de escuchas telefónicas. El principal de ellos era Stiuso, quien hasta un mes antes de los hechos en Le Parc, era el director general de operaciones y escuchaba a los opositores políticos del presidente. Fue despedido cuando Fernández descubrió que estaba trabajando con Nisman para construir un caso contra ella. Luego de esto, se refugió en los Estados Unidos.

Además su llegada a la UFI – AMIA está teñida de polémica: llegó a través de un juez de San Isidro quien se lo recomendó a Nisman. La mayor parte de su trabajo consistía en la copia, desbloqueo y back-up de archivos, no obstante su sueldo era uno de los más altos dentro de todas las fiscalías. Pero el dato duro contrasta con que iba muy poco a la fiscalía ya que trabajaba de forma remota desde su casa o se encontraba con Nisman en su departamento de Puerto Madero. Todos estos datos muestran las particularidades y el vínculo atípico que tenían el fiscal federal y el supuesto técnico informático.

Tanto al caso Nisman y como al atentado a la mutual judía hay que visualizarlos como una pieza de un rompecabezas más grande; de lo contrario se cae en una mirada sesgada, incompleta y por lo tanto incorrecta. Hay sectores de inteligencia que con el paso de los años fueron ganando autonomía y empezaron a operar junto a otros países y servicios secretos (CIA y MOSSAD, entro otros) influenciando la investigación judicial al ritmo de los cambios en el tablero internacional.

Es a partir de esta situación donde se genera una relación promiscua, y ambigua entre dos actores: la justicia y el siempre polémico y desconocido servicio de inteligencia argentino vinculado a las más diversas operaciones y sectores, entre ellos al mundo político y policial. Esta relación prohibida fue y es perjudicial para el esclarecimiento tanto del atentado como de la muerte del titular de UFI-AMIA.

Con este tablero, deben considerarse a todos los actores que intervienen directa o indirectamente e investigar a fondo para que, caiga quien caiga, finalmente pueda armarse el rompecabezas completo de la muerte del fiscal y sobre todas las cosas, determinar quiénes fueron los responsables de uno de los ataques antisemitas más letales desde la Segunda Guerra Mundial.