Por Braian Brown

Desde Seinfeld para acá, no había visto nada igual… ahora que tengo su atención, hablemos de Master of None. Admito que comentarios de este tipo suelen generar confusión, o falsas expectativas. Comparar una obra maestra inobjetable del humor televisivo, con una serie que lleva al aire solo dos temporadas, y que por cierto, ni siquiera cuenta con una fecha estimada de estreno de una tercera parte, a simple vista resulta exagerado o al menos precipitado, pero honestamente, me cuesta encontrar otro programa con el que me sea tan fácil de comparar a Master of None.

Sucede en la ciudad de Nueva York y narra los eventos cotidianos de Dev (Aziz Ansari), un actor de ascendencia India de unos treinta años y sus amigos Arnold (Eric Wareheim) un muchacho torpe e inocente de dos metros de carisma y comentarios fuera de contexto, Denise (Lena Waithe) su amiga afroamericana gay, portadora en el grupo de la voz de la razón, y Brian (Kelvin Yu) un superficial y bien parecido chino americano, primera generación de su familia nacida de este lado del mundo.

La serie podría definirse, tal cual George Costanza define su propuesta de piloto televisivo ante los ejecutivos de NBC: “It’s a show about nothing” (Es un show acerca de nada). Pero hacer un show acerca de nada, con protagonistas sin metas claras ni rumbos definidos, demuestra una vez más correr con la ventaja de poder hablar de todo. Temas como las relaciones ocasionales, el sexismo, el acoso, el racismo, la xenofobia, el amor, la sexualidad, etc, son abordados con la altura y honestidad que se merecen, en el marco de pequeñas y anecdóticas situaciones, con un audaz y original tono de comedia, sin caer en moralinas ni bajadas de línea.

Dicho esto, cabe aclarar, que si bien la gran mayoría de los personajes del universo de la serie pertenecen a alguna minoría (indios, chinos, negros, gays, etc), no se trata de un programa dirigido únicamente a ese tipo de público. Master of None, logra representarlos tanto a ellos como al hombre blanco promedio, sin estereotipar, porque en concreto, el punto en común más importante entre si es el hecho de que todos están atravesando la famosa crisis de los treinta, sin importar su etnia, religión, sexualidad o color. Ese es el tema principal de la serie, y funciona como la piedra angular en la que se sostienen todas las tramas argumentales.

Claro que no es fácil aproximarse a la audiencia masiva en un formato de 26 minutos, sin definirse por uno de los géneros favoritos de todo el mundo, la comedia, pero a medida que avanzan los capítulos, la serie demuestra su capacidad de poder hablar en serio y reflexionar sobre cuestiones como la convivencia, la religión o la vejez, llegando al punto de conmover, sin necesidad de ponerse solemne. Y es en este tipo de episodios, donde revela con sutileza, que sus verdaderas intenciones llegan bastante más allá que al simple hecho de entretener.

Debo destacar también, que en términos formales, Master of none luce moderna y cinematográfica, y en cada episodio utiliza los recursos narrativos de manera diferente, desde el movimiento de la cámara, hasta la luz, el encuadre, el fuera de campo y sobre todo el montaje, métodos que consigue afianzar de sobremanera en su segunda temporada.

Incluso en el inicio de su segunda temporada, se da el lujo de citar explícitamente a El ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica, y salir indemne de cualquier posible acusación de pedantería, sencillamente porque logra hacer reír, sin jactarse de nada. El que la caza, la caza, y el que no, igual puede disfrutar.

Una verdadera comedia de autor de las que hacía mucho no se veían y que, como quedó demostrado en su segunda temporada, promete ponerse mejor en la medida que nos siga entregando nuevos episodios. Master of None tiene el potencial de convertirse en un clásico de nuestra generación.

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