Por Máximo Pereyra Iraola

Llevo un buen tiempo siendo editor de esta revista. Antes de serlo ya la conocía, pero ignoraba por completo que la redacción quedaba a dos cuadras de mi casa. Un poco por colgado; en REGIA siempre se hicieron exposiciones, fiestas y otros eventos a los que podría haber caído perfectamente, pero no sucedió: la realidad es que siempre asumí que cerca de mi casa, a la noche, no había nada para hacer.

Recoleta es un barrio muy lindo, muy tradicional, con mucha plaza y unos edificios que obsesionan a quienes somos fácilmente hipnotizables por la arquitectura. Quienes vivimos entre Santa Fe y Córdoba tenemos además la Bond Street y un par de cuevas no tan recoletosas que nos hacen sentir un toque más barriales (hago pausa para que se rían), pero cuando cae la noche elegimos hacer programas en otras zonas de la ciudad. En Recoleta, para muchos de nosotros, no hay nada. O todo es carísimo. O aburrido. Si nos quedamos en la zona comemos pizza en El Cuartito, o vamos a Norte, resistente bodegón de Talcahuano, o sale delivery. Casi todo lo demás, no, gracias.

Me puse a investigar si hay otras revistas que hayan abierto bares o restaurantes. No encontré nada. Admito: tampoco busqué tanto, porque de última es un dato menor, apenas colorido, pero quería que supieran que al menos me fijé. En fin. Acá estamos. Es viernes a la noche y estoy por probar el menú nocturno de Club Regia. Me siento en una mesa chica cerca de la barra y de la puerta, con cara de habitué porque en definitiva ya los conozco a todos, y mientras miro la impecable carta de tragos y elijo medio al tuntún un Cynar Julep –gran decisión– pienso en el local. Cuando yo me mudé a la esquina de Paraná y Paraguay, hace casi diez años, había acá un kiosco/cyber chiquitito y medio deprimente, que no duró mucho. El lugar quedó cerrado y abandonado durante años, y uno imaginaba que a lo sumo pondrían un nuevo kiosco, o una feria americana, o hasta otra peluquería, que en esta zona hay miles. REGIA tuvo otra visión, y convirtió todo, después de varios meses de trabajo, en un recoveco especial, íntimo y distinto del resto de las opciones gastronómicas de la zona. Varias mesas bien distribuidas, una comunitaria (tan de moda), barra, cocina, baños. Todo el lugar aprovechadísimo. No falta nada y nada está de más. No me sorprende el buen gusto porque ese ojo, creo, está presente en cada cosa que hacemos desde la revista y los eventos, pero el espacio es definitivamente un hallazgo inesperado.

Pienso en estas cosas comiendo un pan con semillas impresionante que llegó a la mesa junto con una pasta de aceitunas muy rica. La manteca llegará en otro momento y otra forma. Después del tentempié, una picada de mar abundante con langostinos empanados perfectos, bastoncitos y rabas ídem. Ya fueron pedidos los platos principales (vine bien acompañado), y acá hago una pausa, segundo trago en mano, para hablar de lo que realmente hace que comer en Club Regia sea una experiencia tremenda: la cocina.

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Nicolás D’Angelo es cocinero. Evito “chef” no porque no merezca el título (vaya si lo merece) sino porque en general quienes cocinan y son humildes al respecto prefieren ser llamados cocineros, como los pintores que rechazan el rótulo de “artista”. Amigote de algunos colegas y bartenders de filosofías parecidas, Nicolás está en la cocina de Club Regia permanentemente, y siempre está de buen humor. Capaz nos sonríe a mí y a los comensales que se acercan a saludarlo por educación, pero no creo que sea el caso. Le gusta cocinar, disfruta tener una cocina propia, y está orgulloso, aunque no le interese demostrarlo, de haber armado la única buena y accesible carta de pescados del barrio. El menú es chico, como suelen serlo los de mis lugares preferidos, y mucho más accesible que lo que la ecuación Recoleta+Pescados+Tragos nos podría hacer asumir.

Tener un cocinero así es reflejo directo de algo que pasa mucho con la revista: existe en REGIA un gran talento para encontrar grandes talentos (el crédito no es mío, aclaro). Un pibe dice “yo les puedo escribir una nota sobre tal cosa”, una chica tiene unas fotos para mandarnos y que veamos qué onda, un par de DJs tienen ganas de participar en alguna de nuestras fiestas. Los encontramos, nos encuentran, pero como sea, llegan, y después nos sorprenden a todos. Acá es igual. El de la gastronomía es un negocio difícil, dificilísimo; tener buenos resultados desde el inicio es el sueño utópico de todo restauranteur. En Club Regia pasa. Así de bueno es el cocinero, así de bueno es el bartender, así de bueno es el manejo del lugar.

La atención es impecable. Llegan nuestros platos (una majestuosa Trucha mariposa a la manteca de ajo y el Atún rojo confitado en aceite de jengibre y grillado, del que hubiese comido seis platos) con descripción detallada y sugerencia de maridaje. Sin invasiones, sin interrupciones molestas, pero con el ojo alerta, van trayendo todo casi sin que me dé cuenta. La comida, ya dije, exquisita. ¡Pescado! Sin salmón ni repeticiones monótonas. Acá se come bien, y se come original. Ya probaré, sin duda en breve, el Rissotto de merluza negra y hongos de la huerta que contemplé pedir un buen rato y el Spaghetti italiano con langostinos de Puerto Madryn que si no pedí fue porque justo ese día no tenía ganas de comer pastas. Vegetarianos y veganos (o no) tienen otras opciones, como el Tofu casero grillado con vegetales a la chapa sellados con Malbec.

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Son las 22.20. Estamos comiendo el postre, que se estrena hoy y que es un delirio, y en todo el lugar somos cuatro personas. No hay una sola cara de preocupación detrás de la barra y la caja. Siempre hay gente a la noche durante la semana, pero los viernes explota. Tarde, a partir de las 23, pero explota. En muy poco tiempo se fue corriendo la bola y el Club empezó a recibir a algunas estrellas y a consumidores de teatro que salen de funciones de salas aledañas y corren para conseguir una mesa, pedir algo de la pesca del día (todo es fresquísimo, por si no lo dije antes) y tomar un buen trago. La semana pasada cayó Moria y se quedó un par de horas; prometió volver. Y es que el lugar se llama Club Regia porque no podía llamarse de otra manera: bajar las escaleras, sentarse entre mesas de amigables desconocidos y ver a la gente que pasa por la calle y chusmea intrigada lo que hay detrás del ventanal y el cartel de neón, te da una sensación de pertenencia que consiguen pocos lugares de Buenos Aires.

¿REGIA es una revista? Bueno, están leyendo esto en una página de una revista que tiene ese nombre, así que sí; pero venimos demostrando desde hace bastante que REGIA es mucho más que una revista. Sacamos unos pocos (cuidados, muy pensados) números al año, pero no paramos nunca. Entre las ediciones de REGIA FASHION CREW, las fiestas, los eventos en distintas ciudades, nuestro cada vez más editorial sitio web y nuestras redes, estamos presentes todo el tiempo. Ahora también hay un Club. Un lugar en el que se come y se bebe muy pero muy bien. El bar, restaurant o como ustedes quieran llamarlo, donde volverse habitués.

 

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