Por Oscar Mainieri

Es un lugar común decir que las mujeres con más de 40 años no consiguen buenos papeles en Hollywood. Ni cortas ni perezosas Reese Witherspoon y Nicole Kidman por un lado, y las más veteranas, Susan Sarandon y Jessica Lange, por el otro, se han planchado las arrugas buscando una solución para aquel problema, al generar sus propios proyectos para la televisión, en formato miniserie y serie, respectivamente.

Big Little Lies bien podría llamarse Mujeres abusadas al borde de un ataque de nervios. En la soleada y progresista localidad de Monterey, California, existe una escuela pública donde las tres protagonistas –además de Kidman y Witherspoon, está la más que notable Shailene Woodley, de inolvidable  interpretación en The Spectacular Now!, condenada por su apariencia a ser una Jennifer Lawrence clase B- mandan a sus párvulos. Allí se celebrará una fiesta donde los participantes deben ir vestidos o disfrazados de manera que recuerden a Audrey Hepburn y a Elvis Presley. En esa fiesta, habrá un asesinato.

El primer capítulo  es un tanto difícil de seguir por la variedad de hilos narrativos que se tienden para ser desplegados, entrecruzados con flashforwards de la investigación del asesinato cuya víctima y ejecutor se reservan para el desenlace. El estilo que el director cinematográfico Jean-Marc Vallée, -el responsable de aquella joya canadiense llamada Mis gloriosos hermanos, y las apenas decorosas El club de los desahuciados y Alma salvaje-, es demasiado relampagueante y fragmentado, impidiendo la creación de cualquier atmósfera. Cabe decir que a medida que los capítulos se suceden y la historia se va asentando, la cosa adquiere mayor interés.

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Por lo que se ha visto hasta ahora –capítulo 5-, cualquiera de las protagonistas podría ocupar un lugar en el inescindible tándem víctima-victimario. La recién llegada al pueblo,  Woodley, amén de ser madre soltera y más pobre que las otras dos, tiene un hijito que desencadena el conflicto dentro de la escuela al querer abrazar-ahorcar un tanto efusivamente a una compañerita. O al menos así lo cree la madre de la niña, una ejecutiva top, alta, estilizada, y con la cara de masilla moldeable de la gran Laura Dern, haciendo una escala en Monterey antes de pasarse por Twin Peaks 2.0, la nueva creación de su mentor y maestro, David Lynch.

Con Dern conectada a 200 voltios la cuota de grotesco necesaria está garantizada, matizando la estridencia de sierra eléctrica de Witherspoon, que explota en clave psicopática los tics de los personajes que compuso para Legalmente rubia y La elección, ganándose un tendal de enemigos a cada paso que da con su energía desproporcionada y su ciega ambición de conseguir lo que quiere a cualquier costo. Por lo tanto, hay muchos motivos para que más de uno quiera mandarla al otro mundo. A Kidman le toca un rol más mesurado, como la sacrificada madre que dejó su brillante carrera de abogada por pedido de su marido, un potro rubio al estilo del muñeco Ken, más joven que ella, que da coces cada dos minutos, dejando amoratado cada centímetro de piel de su esposa. Igual, la australiana no debería preocuparse, está tan parecida a una muñeca de plástico gracias a las cirugías estéticas que parece una naturaleza muerta. En los numerosos desnudos que le vemos, hasta sus pechos desafían las leyes del tiempo y de la gravedad.

El personaje más humano del terceto de amigas es el de la joven Woodley, – con su nenito llamado Ziggy Stardust en homenaje a David Bowie , qué cruz pobre chico-,  que corre incansablemente por las playas, su interior hecho una marejada, acechada por un pasado tan sombrío como misterioso, víctima de un trauma del que aún no se ha repuesto.

Como se ve, las tres tienen motivos para ser la víctima del capítulo uno –si se tratara de una mujer- o la victimaria del capítulo final –si el occiso fuera un hombre. Los muchachos que las rodean son estereotipos que caminan: desde el freak que está casado con Witherspoon hasta su ex, el macho posta e irresponsable en su pasado que hace buena letra con su esposa del presente. Del muñeco que está casado con Barbie Kidman ya hablamos.

Diseñada por David E. Kelley (creador de Ally McBeal) para HBO, Big Little Lies se deja ver por el carisma de sus estrellas y su módico suspenso. Lejos de la densidad del primer gran drama sobre abuso que ofreciera la televisión estadounidense, Something About Amelia (1987), protagonizado por Glenn Close y Ted Danson, esta miniserie está confeccionada en base a recetas new age e instintos radicales que desafían lo correctamente político de una sociedad hiper conciente de sus derechos y obligaciones, permitiendo atisbar algo profundamente doloroso debajo de tanta hojarasca pulida y reluciente.

 

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