Ni bien entrás a un aeropuerto lo primero que te invade son las publicidades de marcas de ropa, de perfumes, de chocolates, de alcoholes, de cigarrillos. Mujeres hermosas poniéndose la nueva fragancia de YSL; hombres perfectos luciendo el nuevo Rolex; niños rubios con dientes blancos jugando con la última Nintendo. El aeropuerto de Seattle no es así, o al menos esa es mi primer impresión. La primera publicidad que me ataca cuando entro en el aeropuerto es un flyer gigante de Pearl Jam sobre un recital a beneficio de los homeless que están organizando en la ciudad. Ese flyer es una caricia al alma. Sonrío. ‘Pearl Jam’, pienso.

Mis valijas son las primeras en aparecer por la cinta. Las agarro y salgo del aeropuerto. Me meto en un taxi. Suena Say It Ain’t So de Weezer. Miro el estéreo para ver si lo que suena es un CD o Spotify. Lo que suena es una radio. Me acuesto sobre el asiento. ‘Fumar’, pienso.

‘¿Se puede fumar?’

El taxista baja la música.

‘¿Qué?’, dice.

‘No, no bajes la música.’

El taxista sube la música.

‘¿Se puede fumar?’, le vuelvo a preguntar.

‘¿Qué?’, dice el taxista, esta vez sin bajar el volumen.

‘Si se puede fumar en el auto’, digo, esta vez, con un volumen de voz más alto.

‘No’, dice.

El taxista me empieza a hablar. Me pregunta cómo estuvo mi viaje, de dónde vengo, etc. ‘Charlas con taxistas’, pienso.

El taxista sigue hablando. Me pregunta algo. No escucho su pregunta. No le digo que la repita.

‘¿Cuál fue tu recital favorito?’

El tipo se queda callado y sonríe. Lo veo sonreír por el espejo retrovisor.

‘De joven me gustaba mucho el grunge. Iba a todos los shows de Sub Pop que podía. En ese entonces organizaban festivales gratis. Te hablo de allá por los ochentas o principios de los noventas. Empezaban a eso de las ocho de la noche y podían terminar a eso de las cuatro de la madrugada, o más tarde. Por ahí en una misma noche te veías a Soundgarden, Mudhoney, Tad, Green River, y The U-Men. Pero probablemente el mejor show que ví fue Nirvana con la salida de Bleach. O capaz fue uno de Devo en los 80s. Está difícil.’

Mi Airbnb queda a unos 45 minutos del downtown de Seattle. La casa está en los suburbios, al noroeste. Hay pinos y árboles grandes al costado de las calles y rutas. Hay lagos, y olor a naturaleza. Los barrios por donde pasamos me hacen acordar al sur de Argentina. Es una lástima que nuestros presidentes hayan y tengan tan mal gusto de estética arquitectónica. Es decir, se concentraron mucho en dejar hermosa a Buenos Aires, y lo hicieron, pero con progreso y amor Mendoza pudo haber sido un Seattle, Rosario un Boston, Mar Del Plata un Los Angeles, La Pampa un Arizona. Me siento un poco homesick y triste. Cierro los ojos y me rasco la panza.

Me despierto cansado. Mi vuelo fue desde la otra costa, y el jet lag me pasa factura. ‘Jet Lag’, pienso. Me rasco la cabeza. Voy al baño y me miro en el espejo. Pienso en bañarme, pero me da vagancia. Me lavo los dientes, me mojo la cara. Salgo del baño. Vuelvo a entrar, abro la ducha, y cuando el agua empieza a salir caliente, me meto. Meo adentro de la ducha. Me enjabono. No me mojo el pelo. Salgo de la ducha, voy al cuarto, me cambio, agarro mis dos valijas con 24 kilos de samples de diseños textiles cada una y salgo a la calle.

Pido un Uber y mientras lo espero me fumo un pucho. Empieza a llover. ‘Londres’, pienso. Me pongo los headphones y le doy play a My Name Is God (I Hate You) de Eyehategod. Un auto híbrido se frena al lado mío y el que maneja me pregunta mi nombre.

‘¿Podés con las valijas?’

‘Son bastantes pesadas.’

El taxista se baja del auto y me ayuda. Entre los dos las ponemos en el baúl. Se queja de lo pesadas que van. Hace chistes. Pregunta que llevo adentro. Pregunta si llevo un cuerpo. ‘El de tu viejo’, pienso. Nos metemos en el auto y maneja hacia el downtown. Estoy yendo a ver a Nordstrom, mi primer y único cliente en Seattle.

‘¿Sos nativo de Seattle?’, le pregunto al taxista.

‘No, soy de Nueva York pero vivo acá hace 10 años más o menos.’

‘¿Cuál fue tu show favorito?’

‘Uff’, dice el taxista, y se rasca la cabeza, ‘que pregunta más difícil. Con la edad que tengo sabés todas las bandas que ví. Se me vienen dos muy memorables: Beck en la gira de Odelay y Beastie Boys en la gira de Check Your Head, ambos en Nueva York. Probablemente esos sean dos que más me volaron la cabeza.’

Llego al edificio de Nordstrom 20 minutos temprano. Las oficinas están cerradas. Me meto en un café que queda en la vereda de enfrente y me tomo un cappucchino con leche de oat y me como una croissant de chocolate.

La magia de pueblo y naturaleza desaparece. Los edificios son tan altos que tapan el poco sol entre nubes de lluvia que hay. El núcleo de Seattle es más chico pero no menos intenso que los de NYC, Boston, LA, etc. El capitalismo y las grandes corporaciones no tardan en adueñarse hasta de las ciudades más anti-cuidad. Esto no se parece en nada al Seattle del que hablaban los músicos en Hype!.

Miro la hora. Son las 9:10. Mi appointment era a las 9:00. Cruzo corriendo la calle. Uno o dos autos me tocan bocina. Me anuncio en la recepción y me hacen esperar en una sala. Un asistente me recibe y me lleva a un cuarto en el 9no piso del headquarter.

10 minutos después llegan 7 mujeres de entre 35 y 45 años. Una me pide perdón por hacerme esperar. Le digo perdón por llegar tarde. Me dice que no es nada y se sientan en un semi circulo. Abro mis valijas y empiezo a mostrarle los prints.

‘Qué lindo que es Seattle’, les digo.

Nadie dice nada.

‘Me encantaría vivir acá.’

‘Imposible pagar el alquiler’, dice una de ellas.

‘Alquiler’, pienso. Tuve que haber pagado mi alquiler hace cuatro días pero me olvidé.

‘Seattle es hoy en día la tercer ciudad más cara de USA. Primero está San Francisco, después New York, y tercero estamos nosotros’, dice otra.

‘Y todo por culpa de Amazon’, dice la primera.

‘¿La ciudad está cambiando?’

‘Mucho y muy rápido. Los artistas pobres están siendo reemplazados por asiáticos millonarios.’

Termino de mostrarles los prints. Compran 5 diseños. Les digo gracias, y les hago firmar un recibo.

Salgo del edificio y pido un Uber. Mientras lo espero me prendo un pucho. Al lado mío se frena un auto híbrido y una mujer de unos cincuenta me pregunta mi nombre. Me pregunta si necesito ayuda con las valijas. Juntos metemos los 50 kilos de muestras en el baúl.

‘Qué lindo es Seattle.’

‘Hermoso. Y eso que no está en su mejor momento.’

‘¿Sos originaria de Seattle?’

‘Soy de Nueva York pero vivo acá hace más de 25 años.’

‘¿Cuál fue el mejor recital al que fuiste?’

La taxista se ríe por lo bajo. Por el espejo retrovisor veo como le brillan los ojos.

‘Tengo edad suficiente para haber vivido el CBGB’s a full. Con mis amigos nos la pasábamos ahí. Vi a los Ramones, Talking Heads, Blondie, Misfits, Television, Violent Femmes, Bad Brains, Blondie, y no sé a cuantos más. Pero el mejor, sin duda, fue Hüsker Dü. La intensidad de ese show fue extraterrestrial. Una comunión mágica. Nunca vi tanta violencia y amor en un mosh. Ese día termine con una pierna rota.’

‘¿Rota literal?’

‘Tan rota que tuve que usar un yeso por dos meses.’

Frenamos en un semaforo. La taxista suspira.

‘¿Y a GG Allin lo viste en vivo?’

La taxista pone primera y sale bastante rápido. Toca la bocina.

‘Mis amigos lo vieron dos o tres veces pero yo nunca. Ni loca iba a uno de sus shows, ¿Para qué? ¿Para que me llene de mierda y meo?’

‘Hubiese sido una alta experiencia.’

‘Que asco.’

Llegamos al Airbnb. La taxista me ayuda a bajar las valijas y le digo gracias. Entro a la casa por la puerta de atrás, la puerta da a la cocina. Sentado, sobre una silla de madera, hay un tipo negro de unos treinta y pico. Está comiendo huevos revueltos y bacon. Lo saludo. Él no responde. Mi cuarto queda en el sótano, y se baja por unas escaleras que salen de la cocina. Me da paja bajar las valijas al cuarto, y además mi espacio es bastante chico, las valijas ocupan casi la mitad del cuarto, pienso en dejarlas en la cocina. Las acomodo en un rincón. Me aseguro que no molesten el uso de la cocina. Bajo tres escalones.

‘Hey’, escucho que me dicen.

Subo los tres escalones, entro en la cocina, lo miro al negro. El negro me mira.

‘Hey’, le digo.

‘No dejes las valijas acá. Molestan’, dice.

‘Molestan’, pienso. ‘Hijo de puta’, pienso.

‘Perdón’, le digo y bajo las valijas al cuarto.

Me tiro en la cama. Me levanto de la cama y pongo mi celular a cargar. Me tiro en la cama. Me quedo dormido. Sueño que GG Allin me caga en la cara. Me despierto. Me siento sucio y me doy una ducha. Son las 7pm. Tengo un poco de hambre. Pido un Uber. Me cambio, me pongo un jean, unas All Stars negras, y una remera de Nirvana. Desenchufo el celular del cargador, pido un taxi, y me lo guardo en el bolsillo. Agarro mi billetera y me la pongo en el bolsillo. Salgo a la puerta de la casa y espero al Uber.

Un auto híbrido se estaciona en la puerta de la casa y el taxista me pregunta mi nombre. Me meto en el auto y empieza a manejar.

‘¿Cuál sería el Brooklyn de Seattle?’, le pregunto al taxista.

‘Capitol Hill.’

‘¿Queda cerca del downtown? En la App puse que me lleves al downtown.’

‘No pasa nada, lo podes cambiar. Cambialo y te llevo a Capitol Hill.’

Entro en la App y cambio el destino.

‘Listo.’

‘¿Lo cambiaste?’

‘Sí.’

Su celular hace un ruido.

‘Ahí la app me avisó que cambiaste el destino.’

‘Que lindo es Seattle, ¿Sos de acá?’

‘Vivo acá hace varios años pero nací en San Francisco.’

‘¿Cuál es el mejor show al que fuiste?’

‘Qué pregunta… Mmh, sin dudas The Cramps. Sus fiestas de halloween eran de otro planeta. Fui a dos de sus fiestas de halloween que dieron en Frisco. Que bueno The Cramps.’

‘Que bueno The Cramps’, repito en voz baja.

Llegamos al área de Capitol Hill, me bajo en una calle random. Empiezo a caminar sin dirección. Veo un bar que me gusta y me paro en la puerta. El tipo de seguridad me pide mi ID. Le doy mi ID de argentino.

‘No me sirve. ¿Tenés pasaporte?’

‘No lo traje. Pero, ¿cómo que no sirve si es un ID?’

‘Sólo puedo aceptar ID de Estados Unidos o de Canada. Con eso no te puedo dejar pasar.’

Pienso que me está tomando el pelo. Me quedo ahí parado, con una mirada inexpresiva.

‘Disculpá, correte a un costado que los de atrás tuyo quieren entrar’, me dice el de seguridad, con un tono de voz neutro.

‘Hijo de puta’, pienso.

Hay una zona de Capitol Hill que está toda cercada. Le pregunto a uno de seguridad qué pasa. Me dice que hay un festival callejero parecido a SXSW con tres escenarios y la banda que cierra la noche es Father John Misty. Me pregunta si tengo entrada. Sigo caminando.

Empiezo a caminar sin rumbo y me topo con una casa de música. Miro la vidriera. Me meto en la tienda y camino un poco. Miro las guitarras que tienen colgadas en la pared. Saludo a los tipos que atienden y me meto en un cuartito. Hay una vitrina con una Gibson Les Paul color Sunburst. La miro. Toco la vitrina. La guitarra tiene un cartel con el precio. Miro el precio. Me río. Vuelvo a mirar el precio. Me vuelvo a reír. Leo una vez más el precio. El cartel dice ‘Gibson Les Paul 1959 U$S 395,000.’

Voy al mostrador. Me paro enfrente del vendedor.

‘¿Cómo es que esa guitarra sale tan cara?’

‘¿Cuál?’

‘Esa Gibson del 59’. ¿Quién la tocó?’

‘Ahh, esa. No es por quién la tocó, sino por lo que es en sí. No quedan muchas de esa tirada en el mundo. Deben haber al rededor de mil setecientas.’

‘WOAHOUWFHUAIDFNAS’ pienso.

Hay un silencio. El vendedor me sonríe.

‘¿La querés probar?’

Me río. Pienso que me está haciendo una joda. Vuelve a repetir la pregunta y le digo que sí, que la quiero probar. Siento que me tiembla la voz.

Entramos al cuartito, y el tipo abre la vitrina y saca la Gibson del 59’ y la enchufa en un Fender Twin Reverb del 65’. Me siento en un banco. El vendedor me pasa la guitarra.

Apoyo la guitarra sobre mis piernas. La miro. Le paso la mano por el cuerpo, por el diapasón. Paso las yemas de mis dedos por los micrófonos, por las cuerdas, por el clavijero. Siento como se me empieza a parar la pija.

Toco Stairway To Heaven de Led Zeppelin. El vendedor se ríe y yo también me río. Siento la pija bien dura. Termino de tocar Stairway To Heaven de Led Zeppelin y le devuelvo la guitarra.

Volvemos al mostrador.

‘Tengo ganas de ver bandas. ¿Sabés si hoy hay algún show piola?’

‘Justo hoy toco con mi banda en un lugar que se llama Black Lodge. Las bandas empiezan a las nueve. Venite, va a estar bueno.’

Anoto en un papel la dirección del lugar y me lo guardo en el bolsillo. Saludo al vendedor y salgo del local de guitarras.

Miro el reloj en mi celular. Faltan dos horas para el show. Camino sin dirección por Capitol Hill. Paso por la puerta de un bar y escucho que están pasando Lonesome Bulldog de Butthole Surfers y trato de meterme. El tipo de seguridad que está en la puerta me frena y me pide el ID. Esperando lo peor le doy mi ID de argentino. El tipo lo agarra, lo mira, me lo devuelve y me deja pasar.

Voy a la barra y agarro un menú y le pido al barman una Manny’s Pale Ale y hamburguesa con queso azul, bacon y cebolla.

Al lado mío hay un tipo jugando a un arcade. Sostiene un rifle y dispara. Miro la pantalla del arcade. El tipo juega a cazar venados.

El barman me da la cerveza. Tomo un trago largo. Salgo a fumar un pucho. Termino el pucho y vuelvo a entrar. La hamburguesa está esperándome al lado de la cerveza. La como bastante rápido. El barman hace un comentario sobre lo rápido que la comí. Le pido otra cerveza y la cuenta. Pago. Agarro el vaso y doy una vuelta por el bar. En una esquina hay tres pinballs: el de Addams Family, el de Elvira and The Party Monsters, y el de Game Of Thrones. Cada jugada cuesta un dólar. Juego tres dólares en cada uno. Siento que cada vez me voy haciendo mejor jugador. Gano el de Addams Family y me da un juego gratis. Me quedo sin monedas. Termino mi birra y apoyo el vaso en la barra. Saludo al barman y salgo del bar. Googleo la dirección del Black Lodge. Estoy a treinta minutos caminando. Pienso en tomarme un Uber. Empiezo a caminar.

Llego al Black Lodge a las ocho y cuarenta. En la puerta hay un tipo que me dice que recién están armando el escenario y la primer banda va a tocar en cuarenta minutos. Al lado del Black Lodge hay un bar. Me meto y me pido una cerveza. Veo que al final del corredor, contra una pared oscura, está el pinball de Tales From The Crypt y el de Batman Forever. Le pido al barman cambio. No hay nadie jugando al pinball. Cada jugada sale un dólar. Juego cuatro dólares en cada pinball. Cuando haces un jackpot en el Tales From The Crypt aparece la imagen de una motosierra cortándole a un tipo la cabeza a la mitad. Tengo suerte y hago dos jackpots en la misma jugada pero los puntos no me alcanzan para ganar. Pierdo. Termino mi birra y salgo a fumar un cigarrillo. Afuera me encuentro con el vendedor de guitarras.

‘Qué bueno que pudiste venir’, me dice.

‘Tengo ganas de verlos, ¿a qué hora tocan?’

‘Acabamos de terminar de tocar’, me dice con una mirada neutra, inexpresiva.

Me pregunto cuanto tiempo me pasé jugando al pinball. Nos quedamos en silencio. Termino mi cigarrillo. Él termina su cigarrillo.

‘Entremos a ver la banda que va a tocar ahora. Está bastante buena. Ya tocamos juntos varias veces. Son de Portland.’

Entramos al Black Lodge. Busco una barra para comprar una cerveza pero no encuentro. No hay un bar en donde comprar alcohol. Tampoco hay baño. Para tomar cerveza o para usar el baño hay que ir al bar de al lado.

Empieza la banda. El cantante se presenta como Methampethamosh. ‘Methampethamosh’, pienso. Me gusta el nombre. Empieza la banda. Suena a sludge, hardcore, doom, viene de la escuela de Melvins, Eyehategod, Acid Bath. Suenan rápido, pesados y violentos. El micrófono está bajo, o los demás instrumentos están muy altos. No importa, el cantante grita tan fuerte que la voz se escucha perfecto. Entre gritos guturales escucho que el cantante dice ‘die motherfucker’ por lo menos 30 veces.

Metampethamosh toca la última canción. El cantante tira el micrófono al piso. El sonidista le dice algo. Salgo a fumar un pucho. Una chica se me acerca y me pide un cigarrillo. Se ríe de mi acento, dice que le parece interesante y me pregunta de dónde soy. Le pregunto si le gusta jugar al pinball. Ella se vuelve a reír de mi acento.

El taxista dice que son $20. La chica amaga a pagar, pero la freno y pago el viaje. Nos bajamos del auto. La chica… No me acuerdo si me dijo su nombre o no. No se lo vuelvo a preguntar.

La casa es la típica de fraternidad universitaria. Tiene una bandera con un logo que cuelga del balcón del primer piso. Tiene un sillón en el porche de entrada.

Abre la puerta de la casa. Caminamos por un pasillo oscuro. Me tropiezo con algo. Entramos en un cuarto que huele muy mal. No veo nada.

‘¿Querés algo para tomar?’

‘¿Tenés cerveza?’

Ella prende la luz. Estamos en la cocina. Nunca ví una cocina tan sucia en mi vida. Hay una pila de platos sucios que rebalsa de la bacha. Arriba de la mesada hay botellas vacías de cervezas y aceites y gaseosas y tres tramperas de rata. Sobre la mesa de la cocina cuento al menos cuatro cajas vacías de pizzas y un par de containers take away de comida china. La chica me da una cerveza y le doy un trago. La cerveza tiene gusto a sandía. No reconozco la etiqueta. Tiene 12% de graduación alcohólica.

‘¿Me ayudas a llevar esto a mi cuarto?’, dice, y señala una caja.

Le paso mi cerveza y trato de levantar la caja pero fallo. Levanto la caja en el segundo intento. Pesa muchísimo. No le pregunto qué tiene adentro.

Bajamos unas escaleras angostas y caminamos hacia el final de un pasillo. Ella abre una puerta y prende la luz.

‘Éste es mi cuarto’, dice.

Me quedo en silencio, sosteniendo la caja, mirando el cuarto. Me duele la espalda. Me acuerdo de la película Gummo. Entiendo Gummo. Gummo no es una película. Gummo es la vida real. ‘Gummo’, pienso. Éste es el cuarto más espiraleado que ví en mi vida. Absolutamente todo está tirado en el piso: bombachas, vestidos, zapatos, cajas, platos sucios, ceniceros que rebalsan de colillas, botellas de cervezas, botellas de cremas, libros, discos. Acostada, sobre la cama, hay otra chica durmiendo. Se despierta y dice algo. Se sienta sobre la cama. Apoyo la caja en el piso. Me quedo parado en silencio.

‘¿Querés fumar?’, me pregunta la chica.

No le respondo. Abre un cajón y saca una pipa y se sienta en la cama. Me hace una seña para que me siente en la cama. Intento no pisar nada pero es imposible. Ellas le dan las primeras secas a la pipa y me la pasan. Me pasan un encendedor. Siento un resorte del colchón clavado en el culo. Le doy fuego a la pipa y fumo. Toso. Tiene un gusto horrible.

‘¿Que fuerte es esta marihuana?’, digo.

Me empieza a doler la cabeza.

‘No es marihuana’, dice la chica, y se ríe.

‘¿No?’ ¿Y qué es?’

‘Es crack.’

La chica se levanta y apaga la luz. Lo único que alumbra el cuarto son unas lucesitas de navidad. Me llega de nuevo la pipa. Le doy una seca. Lloro en silencio.

El taxista me cuenta que la mejor banda que vió fue Fugazi en la gira Repeater. Dice que en los 90s los vió más de 15 veces. Me duele la cabeza. Cierro los ojos. Lo escucho decir que Fugazi es la mejor banda del mundo. Me quedo dormido.

El taxista me despierta. Dice que llegamos al aeropuerto. Le pago con mi tarjeta de débito. Me ayuda a bajar las valijas. Dice que están bastante pesadas. Me pregunta si adentro tengo un cuerpo.

Pongo las valijas en un carrito y voy al mostrador de American Airlines. Despacho mi equipaje. Paso seguridad y aduana. Entro en el primer bar que encuentro y me pido una cerveza. Tomo la mitad de la cerveza. Suspiro. Saco mi celular y pago la renta.

@nicowussy 

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