No Song, No Spell, No Madrigal – The Apartments

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Los interminables inviernos. La desorientada soledad. La memoria que caprichosa abre de golpe sus archivos. La tristeza que nunca se sabe dónde viene. Los anhelos que reconocemos inalcanzables. La espiral de los pensamientos. La nostalgia del mar. ¿Cómo los toleraríamos sin música? ¿Qué sentido tendrían vaciados de ella? ¿Qué otra alquimia podría transformar esos dolores en belleza?

No lo sabremos nunca. Pero acaso la música nos fue dada para remediar ese vértigo de la existencia que ningún otro lenguaje humano puede interpelar. Y sacarnos de la perplejidad que paraliza con ese moverse en el tiempo que es la mejor manera de estar en él y transcurrir.

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Warm up

Te encontraste con el examen de Rabec y sentiste las mariposas en la panza. Hacía una hora que estabas con la pila de parciales en la mesa de luz, esperando que Gonzalo se quedara dormido para empezar a corregir. Antes habían mirado el capítulo de Los Simpson de la Venus de jalea. Gonzalo anticipaba los chistes, como hacía siempre, y vos te imaginabas que le ponías una mordaza de alambre de púas para callarlo, hasta que por fin se acurrucó en su lado de la cama y se quedó dormido. Recién en ese momento bajaste el volumen del televisor, prendiste el velador y te pusiste los lentes. Te costó concentrarte, pero al tercer examen ya corregías en piloto automático: ponías una tilde con birome roja en las respuestas correctas, hacías una cruz si había un error, tachabas la hoja cuando alguno había guitarreado. Cómo te molestaba esa palabra, “guitarrear”, ese vocabulario de profesora que se te había pegado sin darte cuenta. Sabías que el examen de Rabec estaba entre los otros, con la letra redondeada y la firma chiquita, de tener la autoestima baja, al final de la última pregunta. Querías creer que el examen tenía algún mensaje escondido, pero no ibas a anticiparte, ibas a esperar que llegara su turno. Que un mensaje escondido en el examen parcial de Rabec apareciera cuando fuera su momento, porque aunque pocas veces te hacías caso, sabías que el tiempo era tu mejor consejero.

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Elige Tu Propia Aventura

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La vuelta al día en ochenta mundos sacarle la careta a los cuatro climas correr el velo saturación made in despegar.com sin señal sin un peso pero el cielo no sabes el cielo lo estrellado que está correr el vuelo la vuelta al ochenta en inmundos días caer bajo los efectos del paisaje no debemos de pensar que todo es diferente mil momentos como este quedan en mi mente no se piensa en el verano cuando cae la nieve deja que pase un momento y volveremos a querernos andar en pijamas por talampaya verano caliente deja que te lleve esa sensación siento dentro mio todo tu calor el amor las risas y el silencio el sabor disfruta el momento y el amor se me vino encima como yo me lo imaginé.

No hay porque aterrizar cuando el alma tiende a subir. Andy Chango capital nacional del desparpajo, valle de valium nuestro, sin ataduras suelto en esta Argentina derretida y abismal, capaz de escribir con la frescura que lo caracteriza y catapulta la desaparición de los indios y el uso indiscriminado que la industria turística hace de ellos, haciendo trizas lo que antes eran trenzas. Por momentos también se ven las diferencias entre Andrés Fejerman y su alter ego que supo construir a fuerza de superchango e indomables aventuras en los siempre fríos estudios de tv. Diferencias entre un hombre con una biografía rica en experiencias y traslados, y el personaje entregado a las pastas de campeón. Esta separación se da en Indianápolis, su primer libro que bien podría venderse como una road trip aunque sea mucho más que eso y en varios tramos sea una sitcom, un Elige tu propia aventura. Hay un anti-turismo explícito en todo el viaje, un aburrimiento hacia lo programado o la tendencia a valorar lo improvisado en una parte del país dominada por piedras paja y adobe sin photoshop, todo salido de un cómic de Patoruzú. Un viaje hacia los interiores, flotando en profundidades, que van de campings a hoteles spa como si nada, en un país asolado por la presencia policial acostumbrada al abuso y la siembra directa de pánico.

En la entrevista que le hacían Los Wussies en la edición 18 de REGIA (el link al final de esta nota), celebrando su vuelta al país, le preguntaron si había escrito ya un libro: “No, tengo unos diarios que son un desastre y jamás voy a publicar. Siempre pienso en escribir, pienso que para la tercera edad, que ya creo que estoy en la puerta, me podría ser más placentero escribir que tocar. Siempre coqueteo con la idea de morir escritor y no músico”. Finalmente llegó la propuesta de la Editorial Planeta y así nació Indianápolis, nombre basado en la carrera de coches del Italpark y con uno de los ejes del libro: salir a buscar indios.

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Indianápolis, Lo Nuevo De Andy Chango

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LA RIOJA / SANAGASTA

Los 0,50 miligramos de Rivotril no sirvieron para nada. La nave espacial estaba estacionada en una calle por la cual desfiló un ejército de borrachos que nos torturó con gritos y canciones confirmando mi teoría, inducida por Juan Filloy, acerca del profundo alcoholismo de los cordobeses.

Desayunamos con Ale y un pequeño cúmulo de jóvenes mochileras. Nuestro próximo destino era Carlos Paz. Sin embargo, una de las niñas mencionó el Valle de la Luna. Me gustó el nombre…

–¿Y si vamos para el Valle de la Luna?

–Vamos –respondió Bartolomé.

Ya habría tiempo, en esta pequeña odisea, de reemplazar la frivolidad de Carlos Paz por la de Mar del Plata, su hermana mayor.

Compramos miel y cerveza artesanal, volvimos a la carretera y cruzamos la frontera riojana. Nos deslizamos por un paisaje desértico y plagado de cactus. Vacío. Sin humanos.

La necesidad de comer nos obligó a parar en un pueblo llamado Chamical. Muy parecido a Morón. Eran las 14 horas y todo estaba cerrado. Parecía un pueblo fantasma. Al volver a la carretera encontramos un establecimiento abierto y Chacho, el dueño, nos explicó que en La Rioja a la hora de la siesta se paraliza todo.

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