Por Oscar Mainieri

Dos buenas comedias, una romántica y otra de reconciliación. Ambas involucran un personaje protagónico que se enferma gravemente pero, sí, nos hacen reír, una de manera más dulce, la otra más amarga.

En la primera, basada en una historia real, el cómico standapero Kumail Nanjiani (que se protagoniza a sí mismo), de origen pakistaní, traba relación con la blonda graduada en psicología Emily Gardner (la simpática Zoe Kazan). El romance crece pero hay una diferencia cultural que parece insoslayable: si el muchacho se casa con alguien que no pertenece a su cultura queda excluido de la familia, todos ellos viviendo en Chicago. Ante la elección incorrecta de Kumail, Emily cae gravemente enferma. A partir de allí, el pakistaní debe interactuar con los padres de la muchacha (la notable Holly Hunter y el bonachón Ray Romano), que no le guardan simpatía.

El film es lo suficientemente gracioso y puede enrolarse en la corriente de los dirigidos por Judd Apatow (más cercano a Bienvenido a los 40 que a Ligeramente embarazada), aunque mucho más liviano en el tono de sus groserías y más comprometido políticamente. Hay chistes sobre las minorías que no son políticamente correctos, pero el film ancla su posición cuando el personaje de Hunter sale a defender a Kumail ante la brutal agresión verbal de un asistente a su espectáculo de stand up. Llegamos al esperado final feliz con el pulso firme del director Michael Showalter, del que recordáramos Mi nombre es Doris, con la agradable Sally Field.

Muy distinto es el tono de The Meyerowitz; el director es Noah Baumbach, uno de los miembros de la intelligentsia del cine independiente estadounidense, a quien le debemos Historias de familia, Margot y la boda y Frances Ha, entre otras. La narración gira en torno a una familia disfuncional, cuyo patriarca (el gran Dustin Hoffman) fue un escultor que pudo estar a la altura de los grandes pero terminó en la docencia, muy despreocupado en el manejo de sus afectos, lo que lo ha llevado a casi recluirse con una mujer excéntrica (maravillosa composición de Emma Thompson) que, a su manera, lo cuida. El anciano que vive de quijotescas ilusiones, enferma, y ahí se produce el reencuentro de los tres hijos, enemistados uno con otro los dos varones (Adam Sandler y Ben Stiller), y distante la hermana,  por las diferencias en el tratamiento dado por el progenitor a cada uno a lo largo de una vida de bochornos y carencia de recursos emocionales.

Baumbach es hábil en el retrato de situaciones cargadas de muda desesperación, tamizada por un humor sensible. Como el reencuentro entre el artista y el personaje de Ben Stiller, en un lugar muy exclusivo del que se deben ir por las extravagancias paranoicas del padre, estímulos que llevan a engancharse al hijo con experiencias que –adivinamos- han transitado miles de veces. O los videos de la nieta que estudia cine, llenos de abusos sexuales y situaciones violentas que, a la manera de una historieta, decantan las obsesiones de una familia con un humor naif.

El guion es excelente, lo mismo la dirección de actores. A destacar Adam Sandler, que se va develando un gran actor a medida que va dejando atrás esos productos industriales a las que nos tenía acostumbrados. Y decíamos comedia de reconciliación porque, hacia el final, los hijos pueden desprenderse de la sombra de ese padre que les ha hecho tanto mal y –amén de comprenderlo y perdonarlo- comenzar a andar sus propios caminos más liberados de equipaje.