Por Marta Minujín

 

22 de noviembre

Hoy hace dos semanas que salí de Buenos Aires. Me encanta París, me parece la ciudad más linda del mundo. Los franceses han sido muy buenos conmigo, todos, pero París me interesa sobre todo con respecto a mi pintura. Este es el único lugar donde podemos esforzarnos con sentido.

Aquí hay miles de pintores malos que quizás tienen éxito, un marchand puede acomodar su pintura para que entre en algún salón, pero en los concursos internacionales realmente te aceptan si tenés talento. Hay cinco galerías que son la locura, y donde exponer significa inmediatamente Pekín, Tokio, Nueva York. Entrar a competir con los más reconocidos internacionalmente es una carrera como cualquier otra. Yo estoy enloquecida por pintar y entrar en el orbe, o por lo menos por tratar de hacerlo.

Es increíble lo que estuve buscando pieza; me dediqué todos estos días a eso, exclusivamente, y es tan pero tan difícil. Le pedí a mucha gente que me averigüe. Son carísimas. Pero si lo consigo sería tan importante. Sufro al ver que todo el mercado trabaja y yo no puedo. Es horrible vivir en un hotel tan frío, donde no podés colgar una fotografía, no podés prender la radio, y si querés entrar algo a la habitación tenés que hacerlo a escondidas.

La madre de Galla me prometió y consiguió una, pero era terrible, no tenía independencia; era en la casa de una vieja gruñona que ni me dejaba cocinar. Lo peor es que no tengo impermeable largo, ni paraguas, ni botas de goma, y vivo todo el día mojada, pues llueve de la mañana a la noche, a las 5 menos cuarto ya es de noche y casi todo cerrado, y a las 10 no hay un alma en la calle. La vida es mucho menos latina que en Buenos Aires, pero los franceses son realmente amables. Fui a darle una carta al hermano de Edith Desaleux y me invitó a cenar, invitó a unos amigos especialmente.

Los tipos importantes son los que menos te ayudan. Entregué todas las cartas de recomendación que traía, pero los que me ayudan y más se preocupan son aquellos a los que no les di nada: Krasno, el amigo de Noé, y Domínguez, que me invitó a ir este domingo en coche, y me puso en contacto con una chilena que se encarga de buscar alojamiento, con comisión, por supuesto.

No me gusta pensar que tengo ganas de estar en casa al lado de la estufa, comiendo ensalada con mis cosas, mis amigos, mis cuadros y todo lo que más quiero, porque me dan ganas de llorar y esto solamente es beneficio para mí, incluso arreglármelas sola y sufrir bastante. Cargar las valijas y los bastidores, comprar las pinturas, sumado a lo que es sentirse sola, en una inmensa ciudad encantadora, donde todo es de maravilla, es una cosa bien distinta a lo que siempre experimenté.

Veo a la gente pasar feliz, charlando con amigos, y yo sola, pero es lógico. Hay muchas personas de las que podría hacerme amiga, pero son muy difíciles y nunca se encuentran.

Los Domínguez son muy buenos, pero la mujer y la madre se vuelven la próxima semana, y con él solo ya no es lo mismo. Con Reina no nos llevamos muy bien, es demasiado chico y tiene unos conceptos increíbles, así que por ahora estamos distanciados.

© Marta Minujin Archivo
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6 de diciembre

Hoy almorcé dos tomates, un huevo, un yogur y un quesito petit suisse. Anduve caminando muchísimo por las casas que venden pinturas para coches, buscando la mía, pero ahora estoy segura de que no existe más, así que dejo de buscar.

Ayer por la mañana me fui a ver la Tour Saint-Jacques, levantada bajo François I, en estilo gótico. Me parece fabulosa, esos bichos, cabras, pumas, que salen de cualquier lugar, sin ningún prejuicio de proporciones. Después de Notre Dame es la que más me gustó. Como estaba cerca, fui a ver la iglesia Saint-Merri, del 1520, con unos vitraux geniales y murales antiquísimos. Me encantó, pero me parece triste y desolada.

Cuando salí de ahí, de semejante pureza, ¡ah, locura!, enfilando por la calle Saint-Denis, a las 11.30 de la mañana, en pleno mercado, al lado de una escuela, y a todo lo largo de veinte cuadras, que caminé a propósito, estaban las prostitutas, algunas lindísimas y finas, otras viejas y gastadas, unas con caras de ingenuas y otras repelentes, con caras drogadas, de todo tipo, desde parecidas a Brigitte Bardot hasta parecidas a Marlene Dietrich, charlando entre sí o dirigiéndose atrevidas a algún hombre, provocándolo, ¡las famosas locas de París! Sin más, en la vida normal, como una vocación y con un público que las respeta como lo que son. No lo podía creer.

Después volví a casa; sentía tantas emociones que por primera vez pinté bien. Estuve destrozando unos cartones hasta a las 6 de la tarde, cuando vino Reina. Nos fuimos a andar por los Champs-Élysées. Como todavía no conozco a nadie, a la noche no aguanto quedarme sin salir.

Nos sentamos en un bar y estuvimos tres horas viendo pasar a la gente. A las 10 ya estaba de vuelta. Llené la bañadera con agua bien caliente y me quedé una hora adentro, con un libro. Cuando salí estaba tan cansada y me dolían tanto los músculos que me dio insomnio y no pude pegar los ojos en toda la noche. Para colmo tenía un hambre terrible. En todo el día no había comido más que dos medialunas, dos manzanas y un yogur. Lo único que me quedaba era arroz y pan rallado. Mezclé todo y me lo comí caliente, a lo chino. Volví a acostarme a las 4 de la mañana. Leí un poco, traté de cansarme haciendo movimientos forzados, pero fue inútil. Me levanté, me vestí y seguí leyendo.

A las 8:30 salí a comerme un pan con café con leche, creía que se me abría el estómago. De paso fui a ver algunas exposiciones y compré algunos tomates. Voy a pintar hasta las 6 y después de nuevo a ver exposiciones. Me faltan muchísimas. Y también todo lo que me falta ver de museos y demás. Lo malo que tiene París es que hay tanto para hacer que si querés hacerlo todo corrés el riesgo de bifurcarte y no hacer nada.

© Marta Minujin Archivo
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28 de diciembre

Estoy realmente muy feliz porque viene Bebe. Siempre pensé que mi única mala suerte es la de habernos enamorado, porque ni yo le convengo ni él a mí. Él estaría mil veces mejor con una chica más normal y ordenada, sin tanta vocación, que lo acompañe en su lucha como si fuese de ella, a lo largo de la vida.

Yo en cambio lucho por mi cuenta, por algo que me exige a tal punto que el arte parece otro ser que necesita de mí como él, así es que no tenemos más remedio que luchar separados. Es algo muy triste. Es como si la lotería hubiese fijado nuestros sentimientos; resulta imposible luchar contra el destino.

El amor jamás fue conveniencia y sé perfectamente que en todo el mundo, de los millones de hombres que hubiese podido querer, hay uno solo al que realmente necesito, y es Bebe. Si tuviera que buscar la felicidad por el mundo entero, sé que la única posibilidad que tengo es la de estar junto a él. Pero desgraciadamente no es eso solo, sino esta maldita vocación tan fuerte que es imposible torcer, esconder, matar; pide, exige, demanda siempre, y me lleva para donde quiere. Por eso estoy en París. Quién sabe todo lo que aún pueda pasarme a lo largo de la vida. Soy como dos seres en uno que quieren cosas distintas.

© Marta Minujin Archivo

14 de enero

Estamos en un pequeño restaurancito sobre la Rue Saint-Honoré, comiendo sopa de cebolla. Es un lugar chiquitito y bastante barato, dentro de lo que aquí puede llamarse barato.

El día de ayer fue de lo más increíble. Nos encontramos con Greco en un restaurante chino y fuimos a un lugar famoso: Madame Hastung, donde los coristas son hombres. Es en Pigalle, el lugar internacional más famoso de la noche. Al ver el precio de la consumición casi no entramos, pero por idea de Penalba decidieron que entre todos me pagaban la entrada a mí.

Es realmente increíble que puedan ser hombres. Hablaban diciendo chistes groseros, que por suerte yo no entendía pues eran en argot. Al principio pensábamos que eran mujeres, hasta que uno de los bailarines hizo un striptease. En las manos y en la voz se le notaba. Me gustó, no me arrepentí de haber ido.

Como ya no tenía ganas de volver para pintar anduvimos caminando por Avenue de L’Opera, Boulevard des Capuchines, Lafayette, Madeleine, Rue de la Paix, que es uno de los centros más lindos, amplio y lujoso, y con no demasiado movimiento, y luego vinimos a este restaurancito, donde comí una costilla de cerdo chiquitísima y una sopa de queso. Después iremos al Hotel de Ville. Tengo que comprar bastidores y óleos, y luego ir a casa a armarlos. Mañana a la noche festejamos el cumpleaños de Greco. Vienen Germaine y cinco más a mi pieza, no sé cómo vamos a entrar. Lo festejaremos en el baño.

 

Adelanto exclusivo de “Tres inviernos en París. Diarios íntimos (1961-1964)”. Marta Minujín. Reservoir Books.

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