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Por Juan Ortelli

 

Yung Beef nunca se imaginó que esto le iba a pasar. “Y a la vez sí. No sé, es raro primo”, dice. “La vida es como un sueño en verdad”. Dos, tres años atrás como mucho, Yung Beef era un marginado del rap español, no calificaba, no estaba en los planes; era el gitanillo de los dientes medio podridos, despreciado por todo el mundo. Hoy es el creador de un nuevo idioma, la cara del spanish trap, lo mejor del line-up del Sónar y el Primavera Sound con su banda, Pxxr Gvng.

Tirado en un sillón del nuevo estudio del grupo, en El Raval, Yung Beef se ríe. Tiene millones de likes, views y reproducciones en todas las redes sociales, y se lo considera un ícono de la música actual y también de la moda. Acaba de recordar la primera vez que a él y a sus compañeros los invitaron a un desfile, en el Fashion Week de Barcelona: “Fue muy gracioso. Cuando entramos todo el mundo estaba flipando, porque somos unos gitanos y no pegábamos allí y estábamos en el front row, donde están todos los famosos y toda la mierda”, dice. “Fuimos, estuvimos ahí tonteado con las modelos… las cosas típicas, tu sabes”.

No muy lejos del Raval, ahora él reina. Podés verlo en el video de la canción “Beef Boy”, uno de los singles de su último mixtape, A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 2, meciéndose sobre un airboard en la plaza seca del MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), rodeado de amigos. “Eso es real, ¡qué va, me la suda la música!/Pero yo hago una llamada y se agita la industria”, rapea con total seguridad desde el centro de la escena. “Tu pa’ hacer ruido tienes que hablar de Yung Beef/Pero pa’ hacer billetes tienes que hablar con Yung Beef”.

En ese track, un beat que Southside de 808 Mafia –quien ha hecho instrumentales para Future y otros héroes del trap americano– le cedió, Yung Beef finalmente parece orgulloso de todos sus logros: “Ellos son historia/Yo, histórico”, dice. “Mi mama llorando al ver mi cara en el periódico”.

Nadie se lo imaginaba pero, a los 26 años, Yung Beef se ha quedado con todo. “Es una locura”, dice esta tarde en el estudio. Últimamente le da por pensar en esto cada vez que apoya su cabeza en la almohada. “Yo cuando me acuesto por las noches me río”, dice. “Me río de todo y digo: ‘Mira, mira qué a gusto estoy primo’”.

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La primera vez que nos vimos fue en noviembre de 2014. Chateamos por Facebook y quedamos en encontrarnos en la puerta del Razzmatazz, un antro clásico de Barcelona; eran las 11 de la mañana. Pxxr Gvng había montado su estudio en una oficina que su manager de aquella época tenía en el Razzmataz, y subían temas gratis y videos a la web todas las semanas, a un ritmo frenético, dentro de un circuito –el del rap español– acostumbrado a que los discos y videos salieran cada muerte de obispo.

Entre todos esos tracks que sacaban sin parar, juntos y como solistas, a comienzos de aquel año Yung Beef se había presentado al mundo como la versión definitiva de sí mismo con la “Intro” del primer volumen de A.D.R.O.M.I.C.F.M.S, un mixtape que había editado en la navidad de 2013. El video estaba colgado en YouTube desde mayo de 2014: fumando bajo un bucket hat negro, sentado frente a la cámara en un plano americano sencillo, con una campera de estampado tipo Versace de los 80 y una cadenita de oro colgando del cuello, Yung Beef parecía un gitano que se había escapado de Snatch. Ya en la primera línea tenía algo para contarle al mundo: “Me puso la tijera en el cuello/Loco, no tengo ni tres eurillos…”, rimaba. “(…) Hermano, eso último ‘taba to’ malo/Ahora qué hacemos, ¿nos matamos?” Era la crónica de un mundo en ruinas a través de los ojos de un veinteañero del sur de Europa. “Cosas que han pasado que ya no hay marcha atrás, es por eso que estoy haciendo trap/Fumando en el parque con la 9 detrás, ¿qué polla habláis de trap si vivís con la mamá?”. En la expresividad de su voz y su acento podías ver los avisos de desahucio, sentir la desesperación de una vida destinada a trabajos de salario mínimo. “Llorando por dentro, fregando platos”, cantaba. “(…) Me dicen: ‘Pa’ ser una rata tiene buen vocabulario’”.

Ese día le pregunté por la campera del video. “La semana pasada se la vendí a un chorrillo por 50 euros”, dijo. En el Razzmatazz también estaban D. Gómez y Khaled, los otros cantantes de Pxxr Gvng, todos nacidos en 1990; faltaba Steve Lean, el beatmaker del grupo, un uruguayo que había festejado sus 18 la noche anterior y al que le decían “el niño prodigio”.

Habían empezado a firmar con el nombre de Pxxr Gvng (la caligrafía trap para escribir “Poor Gang”) a finales de 2013, después de que Yung Beef, quien venía de Kefta Boyz, viera un show de D. Gómez tocando con Corredores del Bloque en el Razzmatazz, en abril de ese año. “Estamos deseando salir”, dijo Yung Beef durante la entrevista. “Yo he vuelto por la música… Si no yo no estaría en España”. Entonces contó cómo había sido su llegada a Barcelona. “Soy de Granada, pero estaba en Marsella y me fui a Londres”, dijo. “Estaba trabajando en cocinas de restaurantes y me volví, vine a Barcelona y este chaval estaba dando un concierto”. Señaló a D. Gómez. “Yo había venido con unos colegas, y vimos el show, nos conocimos, y después salimos por ahí. Y dije: ‘Me voy a venir a Barna’. Ya estaba hasta la polla de fregar.”

El año que había iniciado con shows de 200 euros estaba terminando con manager y estudio donde grabar. “Nosotros nos hemos visto enmallado, buscando todos los días pa’ comer, y cuando teníamos un ratito grabábamos”, decía D. Gómez. “Ahora tenemos un sitio para grabar, y para comer tenemos, ¿me entiendes?”.

Por momentos daba la sensación de que hablaban otro idioma, usando una jerga con palabras como “flush” (dinero), “flex” (presumir) o “ratchet” (groupie), el slang castellanizado del trap, un género creado en los suburbios del sur de Estados Unidos, cada vez más popular desde 2010, que con kick drums e instrumentales oscuras de melodías tristes se convirtió en la música de fiesta de una generación de millennials criados en la calle y en los puntos de venta de drogas.

Los Pxxr Gvng se juntaban todos los días en la plaza del MACBA. “Vamos ahí a fumar unos porrillos”, decían. “Ahora somos chicos del Centro”. Después de un show en septiembre en el BAM, dentro de las Fiestas de la Mercé, Sony había empezado a coquetear con ellos, y estaban a punto de confirmarlos en el cartel del Sónar 2015 sin que tuvieran un disco editado todavía. Su manager, quien intervenía bastante durante la entrevista, decía: “Representan una forma distinta de hacer las cosas. Los raperos de España no llaman la atención del Sónar”.

Ya habían intentado formar parte de la escena rap, pero no había estado bien para ninguna de las partes. Le habían dado unos cachetazos a N-Wise de MDE Click, el grupo de gangsta-rap español más hypeado de ese momento, y decían que H Roto, Pimp Flaco y otros que, junto a ellos, estaban dándole forma a lo que se convertiría en el movimiento “spanish trap”, bueno… que no eran trap. “Es que esos no son gangsters, primo. Trap Montana, ese chaval si es gangster”, explicaban ellos esa mañana. “[El grupo de rumba flamenca] Los Chichos son trap. Ese es el trap de España”.

En un momento de la entrevista Yung Beef, quien con el tiempo patentaría su singular uso del auto-tune, un efecto de voz muy usado en el género (“Yo no uso el auto-tune para arreglar la voz, lo uso para deformarla”, decía), empezó a mostrarme en YouTube películas del Pirri, una estrella adolescente de los 80 que interpretaba personajes marginales del cine español y murió de sobredosis a los 23. Esas eran sus influencias: se sentían más cerca del Pirri, Los Chichos o Los Chunguitos que de Violadores del Verso o cualquier grupo del rap español.

“La crisis es lo mejor que le ha pasado a la música de España”, decía Yung Beef, que lo estaba viendo con sus propios ojos: los grupos y artistas clásicos del rap español no tenían canciones nuevas para mostrar y ya no llenaban “ni la mitad”; además, internet había equiparado las cosas. “Ahora, como es la vida, las cosas han cambiado”, decía. “Internet ha cambiado todo, ya da igual quién seas: importa lo que hagas”.

Eran hijos de gitanos que escuchaban rock, Pata Negra y Jimi Hendrix, y la idea que tenían sobre hacer música era muy diferente, revolucionaria en este contexto de rap clásico español: “Nosotros no hacemos shows”, decían, “hacemos fiestas en las que cantamos”.

Antes de irnos a almorzar pusieron un track, “L.M.D.A.”, una canción nueva que semanas más tarde iba a dar origen a una de las varias bandas paralelas del Pxxr Gvng, el grupo de “reggaetón-indie” La Mafia del Amor. “Es porno sexy”, dijo D. Gómez. “Nosotros somos de la gente que menos prejuicios tiene. Ya no sobre la música, sobre todo. Te lo puedo asegurar.”

“Desde hace un mes que les pasan cosas mejores, la lirica está más rosa. No tan negra”, apuntó el mánager. Acababan de llegarles sus primeras remeras, todas blancas, con el nombre de la banda y el logo: dos manos recibiendo unas monedas que caen de arriba. El primer merchandising de la historia del grupo formaba una montaña sobre una mesa. “Hace unos días fuimos a un restaurante a celebrar”, continuó el mánager, con tono dramático, “y nunca habían ido a un lugar así”. Ellos se miraron y se le rieron en la cara: “Si habíamos ido… ¡A trabajar!”

En ese momento estaba claro que la “Intro” de Yung Beef había sido un antes y un después de algo, aunque todavía no pudieran ver bien de qué. En medio del track Yung Beef suelta un quejido flamenco, y en el video titila la luna creciente y la estrella: un detalle de su orgullo de clase que definió a la canción y también a él para siempre. “Ese quejido Steve lo quitó”, contó ese día Yung Beef. “Y yo le dije: “Hermano, eso no lo borres”.

“Ese tema le gusta a todo el mundo”, lo interrumpió D. Gómez. Estaba claro que la canción de su compañero tenía algo que le daba un alcance distinto. “Ese tema lo escucha mi padre y le gusta”.

Yung Beef se quedó pensando un poco, y recordó que la letra estaba basada en hechos reales: cuando era chico lo habían querido atacar con una tijera. Seguimos hablando de otros temas, mientras juntábamos nuestras cosas para irnos a comer, pero en un momento volví sobre lo mismo y dijo: “Te lo juro, en verdad yo no sé por qué ese tema se ha pegado tanto, porque hay temas que yo me he currado de verdad y no se han pegado nada”.

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Casi dos años después, Yung Beef no puede precisar el momento en que su grupo y él se volvieron conocidos; “se pegaron”, como dicen en España. “Ni siquiera ahora puedo decir que estamos pegados”, dice. “Puedo decir que puedo vivir de esto, pero no sé…”.

Algo que podría servir como indicador es cómo pasó de ser el marginado del rap español a ser su artista fetiche, con los valencianos Cookin’ Soul –los beatmakers más hot de esa escena– haciendo beats para él. Ya han sacado tres singles tenaces de lo que será un mixtape que anuncian como Los papasitos. “Ellos quieren fama yo quiero ser rico/Ellos quieren ser pobres yo quiero ser rico”, insiste en el último adelanto, “Cocinando filete”, por las playas de Valencia con un cadenón de oro colgando del cuello. “Yo soy ejemplo de que se puede: del barrio a millonario como Carlitos Tévez”, canta mientras lo enfocan con un drone y se pide una paella para él y una amiga. “Comprando Prada en Marsella, hoteles cinco estrellas”, enumera. “Putas, paella… Cabrones, mi vida es bella”.

Hace dos años, difícilmente los Cookin’ Soul iban a proponerle una colaboración. Cuando se lo hago notar, dice: “Es que estamos adelantados para nuestro tiempo, primo”.

La historia de Yung Beef empieza con los Kefta Boyz. “Kefta Boyz éramos amigos”, dice él ahora. “No era música ni nada, la música vino mucho después.” Los Kefta eran menores de Granada que paraban por Calle Elvira y La Alpujarra, una montaña de la zona donde se cocina MDMA al estilo Breaking Bad. “Hay una locura grande ahí”, sigue. Él y sus amigos conocían a los holandeses y los americanos que tenían sus laboratorios en la montaña, y conseguían todo muy, muy, muy barato. “Muy cheap”, dice.

Tomaban MDMA, claro, pero consumirlo no les gustaba tanto como hacer dinero vendiéndolo. “Estábamos enganchadicos a eso. El business nos gustaba a todos. Era lo normal pa’ nosotros. Eramos a lo mejor como 20 chavales y era nuestra vida; nos juntábamos todos los días pa’ eso. Pa’ ver qué hacíamos, primo”.

Había aprendido todo sobre ese mundo cuanto todavía era un borrego. “Mismo mi familia vendía”, recuerda. Sus padres se separaron cuando tenía un año y él se crió con su madre y el novio de su madre, el Fale, quien fue el primero en hacerle escuchar discos de rap: Eddie D, Vico C, Kid Frost… “Él es un máquina, yo lo quiero como a mi padre”, dice. El Fale vendía hachís y ahora está preso en Marruecos.

A los 14 se encontraba “material tirado, porque Granada está pegado a Marruecos”; a los 16 ya tenía punto y vendía con los Kefta en El Albaicín, su barrio. “Y apenas hemos tenido pasaporte hemos empezado a movernos ya más duro”, dice. “Con 18 fue la primera vez que viajamos a Marruecos”.

Los Kefta empezaron a traficar cada vez más cantidades de lo que fuera, de África a Europa. En esa época, como una organización, trabajaron en Italia, Londres y Francia. “Es que hemos hecho de todo, primo, era ese mundo en verdad”, dice. “Maleanteo sureuropeo. Camorra”.

Cuando le pregunto qué pasó con los Kefta Boyz entonces, me dice sin dar vueltas: “Kefta Boyz eran delincuentes todos. La mitad ya se han quedado locos, la otra mitad ricos, la otra mitad presos… [Ríe]. Un show, los Kefta Boyz eran un show”.

Fue en ese mundo donde Yung Beef empezó a hacer música. Se llama Fernando Gálvez Gómez, pero sus amigos le decían Seco o Seco Boy; todo su grupo escuchaba el trap americano que empezaba a surgir, pero lo que más escuchaban era el trap del barrio: “Reggaetón, salsita, flamenco”, dice. En esa época comenzó a firmar como Seco los temas que grababa en la casa de otro Kefta, el Largo: Eseig Saint Laurent.

Khaled, quien lo conoce desde que eran niños y también estaba en Kefta Boyz, recuerda la impresión que le causó escuchar rapear a su amigo por primera vez: “La primera vez que lo escuché lo que noté ahí fue quejío, sufrimiento, ¿sabes lo que te digo? Verdad”, dice. “Porque era la verdad. Yo escuchaba eso y me sentía identificado, porque hablaba de lo que estábamos viviendo en ese momento”.

Hay un track de 2012 donde Yung Beef, por entonces todavía el Seco, rapea sobre un beat de Southside que se había bajado de internet. El tema está en YouTube como “KEFTV VXYZ RIP SECX 1990-1999” y tiene un video casero que registra un viaje con otros Kefta a El Rif, otra montaña en Marruecos donde se hace el hachís que ellos traficaban. Es como un documental de lo que era su vida en ese momento, cruzando fronteras en autos, cada uno con una cantidad encima. En un momento sus amigos hacen trompos a toda velocidad alrededor suyo en un baldío mientras la canción dice: “Esto que grabamos se paga vendiendo gramos”. Con ese track cristalizó aquella época, y después mató a Seco y lo enterró. Era el track del que me estaba hablando la primera vez que nos vimos.

“Ese tema, por ejemplo, a mí me gustaba más que la ‘Intro’”, dice ahora sobre el tema con el que empieza de A.D.R.O.M.I.D.F.M.S., sigla de “All Diz Ratchets On Me I Can’t Feel My Soul”. “Lo que me gusta es que el beat es de Southside y yo lo usé antes de siquiera imaginarme que iba a conocer a esos negros, que íbamos a trabajar juntos, que íbamos a estar en esto. Era rollo lo que nos gustaba de verdad. Ahora hasta Drake está así, ¿sabes primo?”.

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Steve Lean vio el video de “RIP SECX” y otro más, donde el futuro Yung Beef rapeaba arriba de un remix de Waka Flocka Flame con French Montana, algo demasiado underground para España en 2012, y se sintió convocado. “Nosotros empezamos a hablar porque él hacia música y yo también, él necesitaba bases y yo necesitaba dinero”, dice Steve. “Al principio todo podría haber quedado en un simple cliente que quería un beat, pero escuche su música y me sentí tan identificado con todo lo que hacía que automáticamente tuve ganas de currar con él sin importar el dinero”.

A Yung Beef también le habían llamado la atención los beats de este uruguayo de 16 años que vivía en Barcelona y hacía esas instrumentales lentas y tensas. “En el tiempo en que él se fijó en mí y mi estilo, ninguna otra persona lo hizo”, sigue Steve. “Eran beats que si te ponés a escuchar lo último de Drake y Future suena exactamente igual”.

Todavía estaba en Londres cuando empezaron a chatear. Se las había arreglado para seguir subiendo tracks y mixtapes mientras lavaba platos en Londres, donde dice que aprendió de cocina; había estado en París y Marsella “viendo mundo”, y después de presenciar un show de D. Gómez en Barcelona había decidido que se iba para allá.

En ese momento, el padre de Steve estaba preso por narcotráfico (sigue preso); su casa no era un sitio muy estable para un adolescente. “Desde el primer día en que nos vimos nos pusimos a trabajar”, recuerda.

Mientras se preparaba el terreno para que surgiera Pxxr Gvng, todo estaba pasando al mismo tiempo.  Con una laptop prestada que tenía Frooty Loops y una tarjeta de memoria empezaron a grabar lo que se convertiría en A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. “Yo no tenía ni idea de grabar, no tenía idea de nada. Solamente de producir”, dice Steve. “Ese mixtape salió con mucho arte, mucho sentimiento, porque nos sentíamos así. Representaba lo que estábamos pasando y cómo era nuestra vida, currando día y noche con la música”.

Durante esas sesiones, mientras grababan la “Intro”, Steve sacó un quejido gitano que había metido Yung Beef pero que a él le parecía que rompía el clima del track. “No me gustaba cómo quedaba”, dice. “Y como él es muy cabezón lo volví a poner”.

Steve, que ha grabado y producido la inmensa mayoría de tracks de Pxxr Gvng, es la persona que más ha trabajado con Yung Beef, el que más lo conoce en un estudio. “Es un tío al que le salen las movidas a la primera, esa es su característica, lo que lo diferencia del resto”, dice. “Le sale natural porque él es tal como habla en los temas”.

En una sesión, Steve dice que Yung Beef no tarda nada en escribir una letra. “Es súper rápido”, dice. “Tarda a lo mejor 15 minutos en hacerse una letra, mientras otros tardan meses. Tiene un talento que es indudable”. Según Steve, Yung Beef también se mete en los beats, aportando ideas y conceptos, “y pone de su parte”. “Muchas veces yo insisto con alguna cosa y él me lleva la contraria, pero en el 97 por ciento de las veces lleva razón en lo que discutimos”, reconoce, “así que ya de por si le hago caso [se ríe]. No tiene un pelo de tonto, Fernando”.

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Mientras Pxxr Gvng grababa su disco debut, Los pobres, conocieron a Waka Flocka Flame: habían convencido a su manager de esa época de que lo trajera a Barcelona, y el artista americano llegó con Southside, el CEO de 808 Mafia, quien durante esos días trabajó en unos pendientes para Future (terminó “Fuck Up Some Commas” en el estudio de Pxxr Gvng) y se sumó a la grabación de Los pobres de manera espontánea. Tiempo después de ese encuentro, Steve y Yung Beef usaron un beat con Metro Booming que Southside les había dado en esas sesiones y surgió “Beef Boy”.

Esa canción empieza con el nombre de dos diseñadores: “Maison Margiela, Roberto Piqueras…” Con una ski-mask de colores diseñada por Piqueras que le tapa la cara, Yung Beef flota sobre su airboard de luces resplandecientes y rima esos nombres con este eslógan: “Soy de favela, ahora juego en primera”.

Tiene un interés genuino por los diseñadores y la ropa de diseño. “Pues tú sabes cómo es el barrio hermano, a nosotros nos gusta frontiar”, dice. “Nosotros tenemos relación con mucha gente de la moda porque en verdad tiene mucho que ver. Es otro arte”. Desde siempre, le gusta saber las historias detrás de las prendas. “Me gusta todo lo que significa una prenda. Muchas tienen historias y me interesan. Hay muchas maneras de ver la ropa, en verdad. Lo puedes ver como un trapito, lo puedes ver como algo más también… Como todo, como la música”.

Desde Londres, el talentoso Piqueras, quien vistió a Kanye West en 2008 y dirigió un clip de Pxxr Gvng (“Mojo Jojo”), escribe sobre su amigo Yung Beef: “Es un artista, y a todo lo que toca le da una identidad muy personal pero a la vez muy accesible para una gran cantidad de gente”.

Piqueras, que se hizo conocido por crear líneas masculinas y femeninas sin sexualizar las prendas, no tiene duda de por qué Yung Beef llamó la atención del mundo de la moda. “Él es auténtico y en el mundo de la moda hay mucho lameculos”, dice. “Aporta realidad y cultura honesta”.

 

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En la tapa de A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 2 Yung Beef está clavado en la cruz del cuadro “La crucifixión”, de Pedro Orrente. Cuando salió este nuevo mixtape, a fines de 2015, le escribí para preguntarle cómo se le había ocurrido esa idea para la tapa. Me respondió: “Porque me estoy sacrificando por todos, como 2Pac”.

Ahora Pxxr Gvng es el grupo más importante de la música de España, y desde la primera vez que nos vimos a Yung Beef le han pasado muchas cosas. Demasiadas. “Casi me quedo loco, primo. Demasiadas cosas juntas”, dice esta tarde en el estudio. “Mucho tiempo aburrido y de repente en un año muchas cosas. Pero bien, de momento la estamos llevando. Todavía no me he quedado loco, no me han ingresado”.

El disco de Pxxr Gvng y A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 2 hicieron un ruido internacional; trabajó con Southside; comenzaron a llamarlo de todas las marcas, de todos los festivales, de muchos países (el año pasado fueron a México y ahora están cerrando conciertos para sus primeros shows en Argentina y Chile), y en el medio de todo eso tuvo a su primer hijo, Romeo, con la Zowie, una chica que conoce de Granada, quien también estaba en Kefta Boys y con quien sale desde hace diez años. La Zowie es una it girl al estilo Pxxr Gvng: tiene su propia carrera musical (buscá “Baby Come N’ Get it”) y cuando estaba embarazada aparecieron juntos –ella vestida de novia– en la tapa de la revista Número.

Esta tarde en el estudio también está Khaled, que dice que escuchar a su amigo grabar fue lo que realmente lo impulsó a hacer música: el ejemplo de que se podía. “Lo que me causaba a mí al final era motivación”, dice. “Para mí, Fernando es lo mejor que hay ahora mismo en España. Y alrededores también”.

Cuando habla, Yung Beef –que dice todo lo que siente en sus canciones– esquiva frecuentemente los detalles agregando un “tú sabes”, una muletilla para cuando las palabras sobran.

Por ejemplo, cuando le pregunto sobre su método para componer: “Pues en mi casa me voy a mi cuarto, escucho beats, me coloco con lo que tenga y escribo. Tú sabes…”.

Sobre tener un hijo: “Muy bonito hermano, lo mejor que me ha pasao, primo. Tú sabes…”.

Sobre la monogamia: “Somos trap niggas, hermano, es otra movie. Todas nuestras letras son de verdad, hermano, sabemos llevarlo. Tú sabes…”.

Sobre la ropa: “Nos gusta la ropa y sobre todo conseguirla barato, tú sabes…”.

Y la moda: “La moda en verdad no existe, existen los gustos. Tú sabes…”.

Sobre el trap español que está de moda: “Si, ahora tol’ mundo ta’ trappin. A mí me gusta que esto esté pasando, pero te juro que algunos se pasan de oportunistas. Tú sabes…”.

El fin de semana tocaron en el Primavera Sound junto a Los Chichos, sus ídolos, y ahora están en el estudio trabajando en dos EPs. Hay seis canciones nuevas de Pxxr Gvng que saldrán en algún momento; “seis temones”, dice él, “sólo trap shit. También 808 Mafia, Steve Lean, cosas duras”. Y otros seis tracks de La Mafia del Amor que van a subir a YouTube ahora, apenas terminen. Ahí Yung Beef usa su alias reggaetonero: Fernandito Kit Kat.

En 2015, él y los demás Pxxr Gvng crearon unas fiestas de reggaetón y música urbana que se llaman Perreo 69, que se llenaron desde el comienzo. Ese fue el momento en el que claramente empezó a irles mejor y se notó en un detalle importante: la ropa.

Con desprejuicio extremo, Yung Beef le dio la vuelta entera al rap y algo en el universo parece haberse compuesto para él. “Ves, yo ahora estoy sacando rap y lo entiende mejor la gente”, dice. Se ríe de la estela de imitadores que está dejando con su música tanto en el trap como en el rap. “Me rio y funny”, sigue. “A mí eso me viene bien, hermano. Eso existe en América, eso existe en todos lados. Pero yo soy el puppet master, yo soy el titiritero hermano. Trabajan para mí todos”.

En un momento vuelvo sobre el tema del rap español, y me dice: “A mí no me gusta hacer rap, hermano, me cansa, me sueno antiguo ahí, sabes, no me llena. Pero lo hago pa’ reírme, porque me río”. Cuando insisto sobre cómo lo marginaban antes y cómo ahora todo es distinto, se mete más profundo: “A ver, yo me he sentido despreciado en trabajos, me he sentido despreciado en la calle, me he sentido despreciado siempre… Pero la cultura del hip-hop me come la polla, no era algo que me importara. Claro que me marginaban, por así decirlo. Está claro porque no era algo que fuera para ellos. Yo represento todo lo que ellos odian, ¿me entiendes? Por lo menos en España, para los raperos de España. Pero a mí me la come eso, yo tengo problemas de verdad. Para mí la música no es un problema, para mí la música es algo bueno, ¿me entiendes? No es un problema”.

Su problema de verdad era un juicio por una macroestafa del que acaba de quedar sobreseído: formaba parte de una red de falsificación y estafa. El video está en YouTube, un canal de noticias de Granada filmó la sesión, y aunque no lo reconocieron los del noticiero, sí lo hizo la cuenta Kebab Amigo. “Son unos palomos, yo ya sabía que me estaban filmando, pero no podía liarla allí porque estábamos en el juicio”, dice. “Estuve a punto de liarla, pero es que… tú sabes”.

Ahora Yung Beef quiere vivir de la música. “Eso de ganar sin trabajar no existe, sabes”, sigue. “Yo cada día me levanto y vengo al estudio y trabajo. Me acuesto a las seis de la mañana escribiendo, tengo que trabajar. Esto es un trabajo más, y encima es un trabajo que por mucho que trabajes como no tengas cosas que contar o inspiración o algo, tampoco sirve”.

Este estudio también es la factoría de La Vendición, un sello que parece ser la nueva pasión de Yung Beef. “La Vendición la hemos hecho pa’ poder dejar grabar a gente de la calle que hace música sin que la roben, para que gane su propio dinero. Abrir un mercado de verdad, hermano. Sin label, sin Sony, sin maricones, ladrones; que es que son estafadores, hermano”, dice. “Te lo digo y ponlo aquí grande: QUE SON ESTAFADORES. Hacen la estafa de la estampica a chavales, a chavales que son humildes y sin medios, ¿me entiendes?”.

Ha empezado a manejar a Los Sugus, cuatro menores del MACBA que quieren ser como Pxxr Gvng (tienen 16 y llaman a Yung Beef y a los demás “los mayores”). Ya están grabando su disco, Noisey les hizo un documental y tocaron en Colombia. “Yo sé que todo tiene un final”, dice Yung Beef. “Por eso hago mi sello y cosas con gente más joven. Yo no quiero vivir toda la vida así ni dar pena. Hay un momento en el que se me quitarán las ganas o no tendré tanta energía y hay que asumirlo. Pero me gustaría trabajar en la música siempre, aunque yo no sea el cantante”.

“Esta difícil ser real, pero debería ser muy fácil en realidad”, canta Yung Beef en un pasaje de “Ready pa’ morir”, la canción de A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 2 que más se parece a la “Intro” del volumen anterior. El video está en YouTube con otro título, “27”, la edad de Kurt Cobain, Jim Morrison y otras estrellas de rock que murieron jóvenes. En este video, Yung Beef camina a través de los cimientos de un edificio en ruinas mientras canta “me estoy cayendo pa’ rriba, mami dame la bendición, que aunque no consiga nada tuve mucha ambición”.

En cámara lenta, como si estuviera adentro de uno de sus sueños, Yung Beef avanza mientras la letra dice cosas como “cuando nos muramos se verá quién ha ganado, quién estaba en la right y quién estaba equivocado”. Al final del video, se encuentra con el Seco, su yo del pasado, que apunta con el dedo a la cara de Yung Beef y gatilla. “Yo no le temía a nada, y ahora le temo a perderlo todo”, se escucha, y lo último que vemos es que Yung Beef cae de rodillas.

Esa no fue su idea, “fue de los que hicieron el video”, dice. Como sea, no es casual que haya aceptado hacerlo. Sabe que cada noche, cuando se va a dormir y apoya la cabeza en la almohada, primero se sonríe, piensa cuan a gusto está ahora, pero al final siempre lo asalta otra idea que no lo deja dormir. “Me da miedo”, dice. “Me da miedo de cuando vengan a cobrarme”.

 

FOTOS  Dr. Sepian
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