Las mujeres de las guerrillas kurdas usaban sus zapatos al revés para caminar de un lugar al otro en las montañas nevadas. Esta táctica salvó sus vidas. Parece como si estuvieras caminando hacia atrás, pero en realidad estás caminando hacia adelante. O al revés. Algo parecido le pasaba a Charly en 1999 y de ahí en más. Estaba para atrás pero (él creía que) iba para adelante, en un país que también fue (y sigue) en ese sentido. Todo era parte del master plan de una supuesta vanguardia que lo tenía atrapado, encerrado, un camuflaje perfecto con la vandalización extrema de su departamento en la Av Coronel Díaz, frente al shopping más icónico de la ciudad que tampoco nunca duerme.

Al departamento del séptimo piso de la esquina de Coronel Díaz y Santa Fe, García lo había comprado en 1982 y se mudó el mismo año. «La primera vez que yo entré, en 1984, era un lugar ordenado porque estaba Zoca. En 1986, cuando volví, todo estaba pintado de blanco y en el living había un piano y un sillón, nada más. Dos años más tarde, estaba un poco más enquilombado. El caos ya aparece en 1993. Hubo una repintada que duró muy poco«, contó Sergio Marchi, su amigo y biógrafo. Zoca era María Zoca Pederneidas, la brasileña de quien Charly se enamoró a los 27 años. Ella tenía 17, era bailarina y se mudó desde su Belo Horizonte natal. Estuvieron juntos diez años. A la bella Zoca, Charly le dedicó Buscando un símbolo de paz, Me siento mucho mejor y Promesas sobre el bidet, entre otras canciones, según la investigación de Tomás Balmaceda y Agustina Larrea para su libro Quién es la chica.

«Nuevamente en mayo pero del año 2000, uno después del último encuentro, entro a su departamento de Coronel Díaz y Santa Fe y, como cada vez que lo venía viendo, su humanidad estaba desplegada en la cama de su cuarto, con su guitarra eléctrica a cuestas cual juguete, rodeado de paredes intervenidas con graffitis de infinitos colores. El living lo conocía muy bien de haber estado en otros momentos de su vida, pero todo parecía cambiado. Por ese entonces Charly tenía cuarenta y ocho años y una novia de diecisiete»,decía Alejandro Czerwacki.

La historia con la novia de 17 ya había sido noticia en octubre de 1999: «El músico Charly García debió pasar la noche en un calabozo de la comisaría 1ra de Ituzaingó, donde terminó detenido luego de discutir con su novia adolescente y forcejear con el padre de ésta y con un grupo de policías de la seccional. Tras permanecer demorado durante unas 12 horas, Charly García fue liberado, aunque, tras negarse a declarar ante la Justicia, quedó procesado en el marco de una causa por «resistencia a la autoridad. El músico había sido detenido después de haber insultado y agredido a puñetazos al padre de su novia -quien no sufrió lesiones ni radicó denuncia alguna- y a efectivos de la Policía local. Así lo señalaron autoridades de la Policía, quienes dijeron que en el momento de la agresión, García estaba «furioso». El hecho comenzó cuando el ex líder de Sui Generis se presentó a la salida del colegio en donde su novia, Florencia, de 17 años, cursa 4º año, con la intención de conversar sobre la conflictiva relación. Ya encerrado en el calabozo, se enojó con uno de los policías que lo custodiaban, cuando éste lo llamó burlonamente «Nito Mestre», aludiendo a su ex compañero en el dúo Sui Generis. Sin embargo, luego García se calmó y «hasta desayunó» dentro de la seccional, según explicó el subcomisario Gabriel Métalo, quien fue la persona que logró reducir a Charly luego de que agrediera a los dos policías».

Había en ese fin de siglo algo de miedo y asco en un Palermo cada vez más bollywood, y con un Charly que artísticamente se había vuelto más talibán que nunca con el epicentro en su búnker de Coronel Díaz.

Después de despertar, a las 3 de la mañana, a algunos vecinos del edificio donde vive, Charly García estuvo ayer en observación durante más de una hora en el Hospital Fernández. Fuentes del hospital informaron que el músico tuvo un ataque de baja presión. Después, se fue a dormir. Pedro, el encargado del edificio de Coronel Díaz 1905 donde viven Charly García (en el piso 7) y su hijo Miguel (en el 5), contó a Clarín que García volvió a eso de las 3 de la mañana, pero no sé si venía de su viaje a Tucumán o de algún otro lado. El problema es que no tenía las llaves y empezó a tocar los timbres de todos los vecinos. Entonces, alguno de ellos llamó a la Policía. Poco después llegaron dos policías en un patrullero de la comisaría 21 y le pidieron al encargado que bajara. «Realmente es muy molesto tener que levantarse a esa hora, ya que yo empiezo a trabajar muy temprano. De todos modos, encontré a García en el bar de al lado y, como no quiso volver a su departamento, le dejé la puerta entreabierta», agregó Pedro. Ayer, los mozos y el cajero de Ristretto, la confitería ubicada justo en la esquina de Coronel Díaz y Santa Fe, frente al Alto Palermo Shopping, no quisieron hablar sobre lo que pasó. Pero el portero y otros vecinos del edificio construido en 1931 por los arquitectos Gelly Cantilo y May, dijeron que el músico estuvo golpeando puertas y gritando. Una anciana que vive en el piso 6 aseguró que el consorcio ya le puso límites una vez, cuando se le ordenó que no haga música después de las 10 de la noche. «Por eso lo ideal para él sería vivir en una casa, donde pueda tocar la guitarra y escuchar música hasta la hora que quiera, porque este edificio no es el lugar adecuado», aseguró la mujer, molesta. El jefe de guardia del Hospital Fernández, Claudio Goldini, dijo que a «García lo trajeron sus amigos para una consulta privada, por lo cual no podemos brindar información sobre ella». Y solamente agregó que «el músico llegó poco después de las 6 de la mañana y se fue con su hijo, que fue a buscarlo a las 7.15.». Pero un enfermero agregó que «llegó con un ataque de baja presión y recién lo dejaron irse cuando se recuperó». «Fue un paseo -minimizó la cuestión una fuente del hospital-. Es normal que Charly venga cuando tiene un problema. Vino, charló un poco, y después se fue». García venía de un fin se semana agitado, en el que intentó realizar una mini-gira por el norte del país para presentar su último disco, El Aguante. El viaje empezó el viernes con García de excelente humor. En Aeroparque compró revistas -se llevó todo lo que en el kiosko había de Inodoro Pereyra- y citó ante el cronista de TN, que lo acompañó en la gira, una frase del gaucho creado por Fontanarrosa: Mal, pero acostumbrao. En el avión siguió en el mismo plan. Comparó el instrumental del avión con un sintetizador -pero un sintetizador de cúmulus nimbus- y contó ante las cámaras que había tocado en Salta mínimo siete veces, en Tucumán mínimo diez veces, y en La Rioja, una sola vez. «Fue por un marido celoso, que me puso una 45 en la cabeza. ¿Vos te hubieras quedado?», le preguntó al periodista. El show siguió al bajar en Salta. Lo primero que hizo fue entrar a un negocio y pedir un poncho auténtico. Compró uno rojo, se lo calzó y con una guitarra eléctrica colgada en la espalda, hizo su entrada en las calles céntricas de la ciudad. Lo echaron del hotel. Algo de él no gustó a los responsables del Hotel Provincial, que lo echaron. Tenés que portarte como un ser humano- le gritaron de adentro. Vos tenés que portarte como un ser humano -le retrucó Charly-. Y escuchá primero- lo aconsejó. Después, para las cámaras, tapó con sus manos un par de estrellas que estaban en la pared, signo de la categoría del lugar. «Hay que sacarle por lo menos dos», se reía. Al final se alojó en la Posada del Sol. El recital del viernes a la noche no fue de los mejores de su carrera. Acompañado por su banda, tocó 40 minutos en la discoteca El Cocodrilo. Cantó poco y salteado. Besó a algunas chicas que subieron a saludarlo -a una de ellas le levantó la remera-, revoleó su guitarra al público, y se despidió con el intento de romper algunos equipos que estaban en el escenario. Al día siguiente, faltó al recital que iba a ofrecer en el Club Caja Popular, de San Miguel de Tucumán. El largo fin de semana de Charly terminó ayer, luego de su rápida visita al hospital, con una siesta y el pedido de sus amigos: Déjenlo descansar. (Sept, 98)

Diez años después en una entrevista que Mariana Enriquez le hizo para la revista Rolling Stone, narraba la llegada a la guarida. «Al departamento de Santa Fe y Coronel Díaz se entra por la puerta de servicio, que hay que abrir a los empujones; la principal está cancelada porque se perdió la llave –y nadie la reemplaza– y además está rota de alguna forma que la inutiliza; aunque seguro es fácil repararla, el problema es quién podría hacerlo, porque a Charly qué le importa. Para amantes de las metáforas eficaces: la puerta principal no se puede abrir, la de servicio no se puede cerrar. En la heladera, hay Coca-Cola y Fanta para su vodka. Comida no, al menos a la vista. El televisor está roto, decorado a lo García también, en el medio del living, con el tubo agujereado. Ya no es eléctrica compañía sino un cacharro pintado. El único sillón perdió tanta goma espuma que ya es casi un banco de plaza. Hoy, en esta tarde calurosa, Charly no está peleador. Y tiene los brazos cubiertos de cortes, muchos y bastante profundos, aunque ninguno es una herida alarmante: se los ve muy claramente a la luz del día, en el cuarto limpio y aireado. Heridas que vienen, sospechas que van, desarma y sangra. “Es mi vicio cortarme”, explica, y cuenta que se lastima con un cúter, el mismo que usa para sus collages y sus varias labores de diseño, como el cuadro de él con Menem y el de los Rolling Stones con Menem que cuelga sobre su cabeza y sobre el que escribió Prostitution”.

Era el fin de la Menesunda, del uno a uno, los tiempos dorados quedarían para la historia grande vistos desde este 2019 de ciénaga y precios esenciales, y para Carlos Alberto García Moreno 1999 significó artísticamente el final a todo trapo de la era Say No More y Demasiado Ego iniciada tres años antes con un disco de culto al que le siguió otro con Mercedes Sosa, Alta Fidelidad y que culminó con El Aguante, en un momento donde se debatía entre el consumo fuerte de sustancias, el aislamiento, las diferencias constantes con sus managers, los bromances con los medios de comunicación en especial con la TV, y en general un discurso de odio visceral.

Pese a esto, en 2000 decidió reflotar la paz y amor con Nito Mestre y Sui Generis. Pero el 3 de marzo de ese año dejaba en claro que el caos seguía firme.

Cuánto tiene la pileta?, gritó Charly García al joven bañero desde la terraza del hotel Aconcagua. Tres metros de hondo…, contestó Lucas Rodríguez, siete pisos más abajo. Y García se tiró sin escuchar el final de la frase del bañero: … pero recién la están llenando. Charly se despidó ayer de su tumultuosa visita por Mendoza con un clavado de 20 metros desde el noveno piso del hotel hasta el segundo, donde está la pileta. Eran las 12.30 cuando subió a la terraza. Con una malla roja, descalzo, la cara pintada con manchas blancas y rojas y cargando dos muñecos -una repisa para CD con una cabeza de gato siamés y un inflable del gato Silvestre-, amenazó con saltar. Pero antes probó con los muñecos. El gato de madera golpeó el costado de la piscina y se desnucó. El inflable de Silvestre, sin embargo, cayó en el medio de la pileta. No te tirés, gritó el bañero al músico. Lucas Rodríguez (19) contó que cayó de espalda casi sentado, y subió a la superficie como si nada hubiese pasado. El histórico salto quedó registrado insólitamente por las cámaras que estaban afuera del hotel.

El revuelo que armó hizo que muchos periodistas se congregasen en Aeroparque a la espera de su llegada, a eso de las 18. Allí García se negó a hacer declaraciones y subió a un taxi, que fue nuevamente rodeado por las cámaras. Al llegar a su departamento de Palermo lo esperaban más cámaras. Un periodista de Azul TV lo interceptó y García le dio un puñetazo. Después entró al edificio y comenzó a arrojar cosas por su balcón: una maceta y una mesita ratona cayeron sobre un árbol y, al rebotar y volver a caer, produjeron raspones en una cronista de Crónica TV. Entonces intervino la Policía, que constató que en el departamento de García todo estaba en orden y dejó una guardia en la puerta de calle, para evitar aglomeraciones. Al cierre de esta edición, no había denuncias en contra del célebre músico.