Jugando en alta mar ocurrió lo inesperado, lo que me marcó para siempre. Una ola me tragó, jugó conmigo hasta romperme, basta pensar, desintegrado y perdido, ya sin las patas de rana ni el snorkel, la misma ola que me engañó me trajo hasta la arena. Aquí es donde estoy mirando el parche del cielo, la fachada de esta selva abismal que me rodea me marea. No soy tierra, no soy mar. Soy un desconocido que por momentos se desconoce. Contaminación y resiliencia. Solo con mi traje de neoprene fabricado en Shanghai. Melancolía del futuro. No estoy seguro de dónde soplará el próximo viento. Entre valientes bichos y peligrosos soñadores diurnos. Soy el hazme reír que por momentos se ríe solo. Ando con cuidado tratando de no pisar cangrejos, saltando ante cada lagartija que sale de las rocas, hacia mi. Lo que pintaba paraíso terrenal desde nuestro barco es un flor de infierno repleto de abracadabras. De espectros o retornos, sabe la noche. Todo aquí es inhumano salvo el mono que no para de mirarme desde su palmera. Nada está a salvo de lo inhumano. Ahora escucho voces del más allá todas las noches, el eco inquieto del mañana. El rugido del océano retumba, se vuelve ensordecedor. Empiezo a perder la memoria de no comer hace veinte días. Mis proyectos como arquitecto se derrumban al compás de las horas que pasan en un tiempo muerto y tan relativo. Comprendo, al final del día, que la ola me volvió a engañar y sigue jugando conmigo. Que me tiró en la orilla para enfrentarme a mis propios miedos, tan ajenos. Vacíos y lagunas me carcomen. Me siento una escultura frágil en busca de un rincón, me siento caro aún regalado. Pienso en los indígenas, cuándo será el momento que vendrán a matarme. Pienso en Tokio, Detroit, Berlin. Mis casas inteligentes, las discusiones con los obreros, el ida y vuelta con el plomero. Todo se ha desplomado. Todo pasa excepto el pasado. Pienso en Tom Hanks haciendo manualidades con su patética pelota. Escuchándote con mis ojos más allá del dolor. Lo invisible que acecha. Me tomaría el palo a la luz de una luna llena, bajo el aguacero del quinto elemento. Cada noche fría, mirando fijo el firmamento, le pido llévame de vuelta. Soy realmente libre y no me gusta nada. Demasiados patrones ocultos, un enredo maravilloso, perpetuo. Abrazo un tronco y me quedo dormido esperando que salga la serpiente que se enrosca todas las noches. Me entrego y amanezco enroscado y envenenado pero a salvo gracias al mono que bajó por fin de la palmera a salvarme. Era una mona. Me hizo respiración boca a boca y después de los brazos me llevó en andas hasta una cama de juncos que había armado. Partió dos cocos y tomé la mitad de uno. Nos abrazamos.