Una cámara Bolex captura en fílmico y reproduce en digital el trabajo artesanal de restauración y clonación de piezas de museos, con un colmillo de elefante del siglo XIX como protagonista. Sobre esta idea de un marfil duplicado se construye A Imagen y semejanza, titulo en español de Those that, at a Distance, Resemble Another, primer largometraje de la realizadora argentino-británica Jessica Sarah Rinland, que ya se puede ver en la plataforma MUBI.

“El original es víctima del tiempo y de la realidad. La copia es perfecta e inalterable”, se escucha decir a uno de los restauradores en off. Porque prácticamente todo el film opera en fuera de campo. Hay algo de Las Manos Mágicas en ese proceso. Solo vemos, en planos cerrados, las manos de los que realizan ese trabajo artesanal, en una decisión estética que configura también el eje ético de esta tesis audiovisual. Ya no importa quienes son los que restauran o replican, sino lo que están haciendo. Sea un viejo cofre o unas vasijas precolombinas.

“¿Cómo podemos bailar cuando nuestra tierra esta dando la vuelta? ¿Cómo dormimos mientras nuestras camas están ardiendo?”, decía el estribillo de Midnight Oil. La letra de uno de los mayores hits ecológicos de la era MTV –si no el mayor, que también ilustra el triunfo de la no política- aplica para esta consigna. La defensa del medio ambiente y la presión colonialista del hombre blanco europeo sobre la cultura indígena sobrevuelan en una cinta que se desarrolla en el Laboratorio de Arqueología de Manaos, el Museo de Arte de San Pablo, el Victoria & Albert Museum o el Museo de Historia Natural de Londres.

Siempre en interior día, con largos planos detalles que, combinados con una refinado sonido ambiente (con mucho Foley insertado) terminan generando un efecto hipnótico. Una calma que remite también a esas aplicaciones del celular para conciliar el sueño a partir de renders con cuchillos mecánicos que cortan panes de manteca (o de plastilina) de manera geométrica y con precisión quirúrgica.

En los créditos finales, Rinland aparece como una de las voces y como la ceramista de uñas rosas. Sus manos se ven cubiertas de una cerámica gris que se adhiere a la piel como un guante de cuero viejo. La imagen conecta de manera directa con la cara gris y arrugada de un elefante. Quizás un pariente del que cazaron en Malawi, de donde salió el colmillo original que ahora es duplicado por una impresora 3D. Todo esto es parte de un ensayo visual que aborda las cuestiones ontológicas del arte en una línea de interpretación que también puede ser falsa. La propuesta de Rinland parece diseñada para sumergir al espectador en el placer fetichista del coleccionismo y la exhibición, algo que en definitiva, es el mismo placer que mueve a la caza furtiva y al tráfico de piezas arqueológicas.

Recién a los 67 minutos, un hombre apila torpemente colmillos y tallas de marfil en un armario. La aparición del trabajador nos despierta de ese largo sueño. La hipnosis termina y vemos al resto de los empleados salir al aire libre, con unas rejas que remiten a la mona liberada en el Amazonas del comienzo. Pero ahora son seres humanos y los vemos por primera vez.

El truco de transformar algo viejo en algo nuevo explica un titulo que traducido podría ser Aquello que, desde lejos, se parece a otra cosa. Como un documental que fue concebido articulando conceptos abstractos para luego transformarlos en preguntas concretas.? ¿Un colmillo de elefante es más real que su copia? ¿La película de 16 mm como imagen analógica es más real que su copia digital? Los interrogantes de André Bazin, subyacen en una trama que revela, en definitiva, la verdadera belleza de una pieza de marfil o de una huella de luz en celuloide. La momificación atemporal de lo que parece real. O el simple acto de hacer cine.