En 2012, durante un viaje a Sudáfrica, el guía nativo me tiró un dato asombroso: básicamente, me dijo que las jirafas entienden cuando los arboles ya no quieren que les coman sus hojas. Cuando son muchas las jirafas que se están alimentando de las acacias de una región, de golpe pasa algo que hace que las jirafas dejen lo que están haciendo y se movilicen varios kilómetros para continuar su almuerzo en otro lado. Como si los arboles hubieran gritado “basta, che, que me vas a dejar pelado!”.

Lo que entonces no me contaron, pero lo ahora, es que los árboles ciertamente se confabulan para evitar que todas sus hojas desaparezcan en las bocas de las jirafas (no olvidemos que los arboles necesitan sus hojas para la fotosíntesis, es decir, para sobrevivir). Primero es uno de ellos, que detecta que hay más jirafas de lo habitual. Entonces emite un gas, que es captado por los arboles cercanos como un aviso de “cuidado! ¡nos están dejando sin hojas!. Alertados, los arboles cercanos empiezan a generar una sustancia que hace a las hojas más amargas, algo que no le gusta nada a las jirafas, y hace que se retiren a otras acacias lejanas.

Es decir: los árboles se comunican entre .

Caramba, ¿no era esta una cualidad que estaba reservada a los seres conscientes? El paradigma cambia, muchachos, y es buena idea que estemos preparados para una visión distinta de realidad de lo que nos han enseñado.

Cómo se comunican los arboles

Lo mismo que pasa en África pasa en la plaza de tu barrio: los árboles se comunican. Siempre hemos sabido que utilizan los colores y aromas como forma de enviar mensajes. La única razón por la que árboles y plantas tienen flores vistosas y de atractivo aroma es para atraer a ellas a los polinizadores y así asegurarse la reproducción. Un mensaje de seducción, claramente. Pero esto no es todo.

Los olmos y los pinos, por ejemplo, son intensos cuando se trata de defenderse de los animales. Cuando se dan cuenta que una oruga está por devorar una de sus hojas, emiten una feromona que atrae a una especie de avispa que parasita orugas, y de esa manera la incapacita para seguir comiendo. ¿Cómo se dan cuenta que la oruga está en sus hojas? Porque estos árboles sienten el sabor de la saliva de la oruga al arrastrarse. Tienen sentido del gusto.

El caso más extraordinario de comunicación entre árboles se da en los bosques, donde siempre se creyó que predominaba la competencia: los arboles altos reciben más sol y tienen mejores posibilidades de hacer fotosíntesis que los más pequeños –en general más jóvenes o débiles– que están allá abajo, lejos del cielo. Pero lo que sucede y voy a contarte a continuación es mucho más extraordinario que la feroz lucha por la supervivencia. Es inspirador.

Los árboles se ayudan mutuamente

En el sustrato de los bosques, donde los arboles hunden sus raíces, existe una red delicada de hongos. A través de esos hongos (micorriza es el término adecuado), los arboles con mejores condiciones –aquellos que reciben más luz solar- comparten nutrientes con aquellos desafortunados que no gozan de los mismos beneficios, por estar más bajitos con respecto al sol. Los arboles más maduros facilitan el alimento a los más necesitados, manteniéndolos sanos y fuertes. Una auténtica red de solidaridad social.

Pero, por otro lado, a través de esa red viajan señales eléctricas de un árbol a otro. ¿Qué conducen esas señales? Información. Más que nada avisos de alerta por la presencia de predadores o situaciones críticas, como incendios. Los árboles que reciben la señal de estrés optan entonces por mecanismos de defensa, como levantar las barreras químicas que disgusten a los predadores o compartir sus últimos recursos con los árboles que puedan sobrevivir, si la cosa está muy brava.

Los estudios muestran también que los arboles reaccionan a ciertas frecuencias de sonidos que otros árboles generan, es decir que de alguna manera, también oyen. Lo interesante es que –si bien los científicos han identificado las frecuencias sonoras que corresponden a situaciones de crisis ambiental que los arboles intercambian para sonar la alarma– también hay momentos donde esos “sonidos” vibran en otras frecuencias y nada alarmante está sucediendo. ¿De qué hablan los arboles cuando nada los amenaza, cuando la tarde transcurre en paz? ¿Contarán la historia de ese bosque, como dicen los maestros de las culturas ancestrales? ¿Contarán anécdotas de orugas y avispas? ¿Estarán cantando?

Lo más hermoso de todo esto es que estos descubrimientos están siendo generados por profesionales como Peter Wohlleben, Monica Gagliano, Suzanne Simard, trabajando en el corazón de la ciencia más rigurosa. No es propaganda New Age ni delirios de un gurú mediático. No tenemos mas excusas para empezar a considerar de una manera más respetuosa nuestra relación con otras formas de vida.

La sabiduría ancestral no es solo poesía

Poéticamente, los maestros de las culturas ancestrales han venido diciéndonos esto desde siempre. Los árboles, son reverenciados como antiguos maestros por aquellos que aun preservan las tradiciones y filosofías espirituales antiguas. Se dice que guardan la memoria de un lugar, que conservan la energía de los espacios naturales, que cuidan a todos los seres vivos que allí habitan.

De hecho, por los estudios que comenté antes, esto es absolutamente así.

Recuerdo que en una formación que hice en sabiduría ancestral nativo americana se me enseñó a buscar el árbol más grande de un área y conectar con él con respeto y humildad, teniendo en cuenta que es el “árbol abuelo” de ese lugar, el encargado de nutrir y preservar a todos los demás.

Sabiendo lo que sabemos hoy sobre la red de micorrizas y como los arboles mayores ayudan a los jóvenes, no quedan dudas de que el conocimiento ancestral estaba en lo cierto, solo que nuestras mentecitas cartesianas no permitían que lo viéramos.

Todos los días de mi vida me despierto preguntándome: ¿Cuánto más conocimiento estaremos ignorando hoy, que mañana la ciencia “revelará” con estrepitosa publicidad? ¿No sería buena idea ir ganando tiempo y darle una oportunidad a la sabiduría ancestral para que nos muestre el camino? No se trata de creer ciegamente. Se trata de permitirnos poner en duda la dolorosa cosificación que hemos ejercido sobre la Naturaleza.

¿Árboles que se comunican entre ? Por supuesto.

¿Podemos comunicarnos nosotros con ellos? ¿Por qué no?

La próxima vez que estés junto a un árbol, conversa con él

Tócalo, huélelo, emite sonidos (los escuchará), comparte algún aroma con él (es su lenguaje favorito), abrázalo.
Sí, abrazarlo sirve: tu corazón emite señales eléctricas también, al igual que las raíces y micorriza del sustrato. Siente la experiencia con libertad. Entrégale algo que le haga bien, aunque solo sea agua. Quédate un ratito cerca. Abre tu conciencia a la posibilidad de recibir sus mensajes. No esperes que la mente haga esto (no sabrá decodificar), pero sí tu cuerpo, que también es vegetal y animal. Entre seres orgánicos nos entendemos, ¿verdad?

Los árboles, no son –como nos enseñaron- cosas que están ahí, pasivamente, recibiendo nuestra tijera de podar o nuestra hacha. Son seres que sienten, se comunican entre ellos y con otras especies –con sabores, colores, aromas, señales eléctricas-, se ayudan mutuamente y tantas cosas más que aún no hemos descubierto.

Los arboles están alerta, escuchan, son seres sociales, tienen refinados sistemas de comunicación. ¿Qué más falta revelar para decir que tienen conciencia?

Y esto –que nuestros ancestros, por supuesto, ya sabían- nos lo está diciendo la ciencia, que ahora puede demostrar con los aparatos lo que los chamanes descubrían con su atención entrenada.

Por lo tanto, cuando veas a alguien abrazar a un árbol, ya no es de escéptico reírse. Es de desinformado.

@flavia_carrion_escribe