Por Guillermo Collini & Julian Doyle

Todos piensan ahora que inventaron nuevas ideas o se les ocurrieron nuevas maravillas para matar su tiempo en aislamiento, confinados en sus pantallas. Vemos el mundo que nos rodea convertirse en una prisión a cielo abierto. Dicen que la vida afuera no es más que otra gran prisión, tal vez una prisión mucho más cómoda, más amplia y que distrae. Y lo más importante, una que tiene a sus seres queridos a tu lado. Pero sigue siendo una forma de prisión, no obstante, al menos en su marco exterior, si no en los detalles. Ahora, por primera vez, la vida se está convirtiendo en una gran prisión.

¿Deberíamos sentir dolor en el hecho de que parecemos destinados a estar siempre encerrados, vigilados? ¿O alivio de que el mundo entero finalmente pruebe lo que atraviesan los que están de verdad adentro?

La Unidad 30 de General Alvear, de 64 hectáreas y a 240 km al oeste de la ciudad de Buenos Aires, fue inaugurada el 6 de abril del 2000. Considerada de máxima seguridad, funcionan las escuelas de Educación Primaria de Adultos Nº 703 “Paulo Freire” y la de Educación Media Nº 3; y tienen varios cursos de formación profesional.

Al año de inaugurarse, el personal del Servicio Penitenciario bonaerense fue acusado de someter a 31 presos a tormentos físicos y psicológicos. La Justicia entendió que hubo tortura y ordenó el traslado de los internos.

En 2015, por la madrugada, los hermanos Martín y Cristian Lanatta, y Víctor Schillaci, condenados a perpetua por el Triple Crimen de General Rodriguez, fueron los protagonistas de la fuga del siglo que también arrancó en Alvear y terminó en un maizal de Ranchos.

Tres años antes, Mario Vitette Sellanes, condenado en ese entonces por ser el cerebro del denominado «Robo del Siglo» en el Banco Río de Acassuso, denunciaba que lo habían llevado sin motivo a la cárcel de General Alvear.

«Hace dos días me trajeron a la Unidad 30 de General Alvear. Yo estaba en el penal de Sierra Chica, ahí trabajaba en la escuela primaria como bibliotecario y sin causa alguna que la justifique me trasladaron», decía Vitette a Télam, desde su calabozo. «Acá me aislaron en la celda numero 6 del pabellón 11, sector 1, donde estoy sin luz, sin agua y sin calefacción con las temperaturas bajo cero y una ventana sin vidrio. Saben que soy hipertenso y que por ese motivo tomo mucha medicación, y me dan comida con mucha sal, que para mí es veneno. ¿Pretenden matarme? Si sigo en estas condiciones, antes de que me expulsen del país como vengo pidiendo con mis abogados, seguro que me dará un ACV»-

«Lo único que quiero es que me devuelvan a Sierra Chica, allí trabajaba e incluso mi amigo, el mediático Jacobo Winograd, me regaló micrófono, parlantes y un amplificador para un acto que estaba preparando para cantar el himno el 9 de julio», decía Marito.

Roberto Conti.

Roberto Conti además de ser un apasionado de los libros, es el juez del Tribunal Oral Criminal (TOC) Nº7 de Lomas de Zamora, y a quien se le ocurrió en este 2020 agitado llevar los talleres literarios a las cárceles de la provincia de Buenos Aires. «Cambiar libros por armas», fue la consigna que se puso en funcionamiento en un pabellón de la Unidad 30 de Alvear.

«Yo desde muy pibe fui muy apasionado por los libros. Leo mucho, leo de todo. Mi carrera me obligó a leer, claro, pero siempre fui un lector. Me acuerdo que cuando tenía seis años les leía a mis abuelos sentados en el sillón de su living a Víctor Sueiro. Ahí comenzó todo, para mí siempre la literatura fue muy importante, transformadora, renovadora. Y entiendo que genera eso en los pibes, en las personas privadas de su libertad, como siempre les digo es un espacio de libertad».

El taller fue inaugurado a mitad de este año en la Unidad 30 por Zoom, como consecuencia de las restricciones que existieron por la pandemia de Covid-19. También se instaló una biblioteca con libros donados disponibles para 50 presos. Fue el propio juez Conti quien envió por mail a las autoridades penitenciarias los cuentos para leer y las tareas para que realicen los presos que participarán del taller literario.

Además del taller literario hay un curso de alfabetización para presos que no saben leer ni escribir. La cifra de analfabetos en las cárceles del país es muy alta.

El primer texto con el que trabajaron es el cuento popular chino El Ciervo Escondido; luego leyeron El Corazón Delator y La Escondida, entre otros relatos.

El pabellón donde se realiza el taller literario es coordinado por el interno Gonzalo Paz.

Gonzalo Paz junto con Roberto Conti en una visita a la Unidad 30.

Roberto Conti: Había un abogado amigo, dando en el pabellón de la Unidad 23 en Florencio Varela, boxeo y filosofía. Yo trabajo en el departamento judicial de Lomas de Zamora y tengo cerca la Unidad 40, entonces dije “Bueno, voy a hacer un taller literario en la Unidad 40”. Empecé, y a los pocos meses los propios pibes me ofrecieron esto de hacer un pabellón literario. Me dicen: “En todas las unidades hay pabellones evangelistas, de deportes, de trabajo y el requisito es: rezar, trabajar o hacer deporte. ¿Por qué nosotros no podemos tener nuestro propio pabellón literario?”. Entonces hablé con las autoridades, el director de la Unidad, el jefe del Servicio y me dieron el ok para transformarlo. Ese fue el primero,al menos en la provincia de Buenos Aires, o de la Argentina, porque la verdad que no averigué. Eso fue en junio de 2018.

Después se dio para hacer otro en la Unidad 31 de Florencio Varela, ahí conoci a Leonardo, luego lo trasladaron a la Unidad 30, y me propuso hacerlo en su nuevo lugar de alojamiento, ahí fue que me presento a Gonzalo, le conté lo que era un pabellón literario, hablamos con el resto de los referentes de ese pabellón, y lanzamos el tercer pabellón literario. Hoy ya vamos por el número treinta y cuatro y estamos en veintiún unidades carcelarias de las 57.

¿Existió algún tipo de resistencia de parte del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) para implementar estos cambios? 

RC: En la 40 no, en la 30 donde estamos ahora tampoco, en la 31 y otras unidades sí. Hay cierta resistencia porque, será que uno empieza a tener contacto con los referentes y quizás piensan que me cuentan ciertas cosas que no pueden, pero casi no ocurre eso.

Pero en sí, se cuenta con el apoyo del jefe del Servicio Penitenciario Bonaerense. Tengo ese recurso, cualquier cosa la resuelve él (Dr. Areses, Jefe de SPB). Pero eso en algunas unidades tampoco gusta y después las represalias las tienen los pibes. Pero bueno, se maneja. En general no, pero en algunos casos hay resistencia, en otros hasta los propios directores de las Unidades nos han convocado para armarlos.

¿Qué tipos de inconvenientes tuviste en ese contexto de rechazo?

RC: Bueno, lo que pasó con este pibe Javier, esperaron a que yo estuviera de vacaciones para trasladarlo. Hacen traslados innecesarios, sin aval. Ha pasado en donde está mi amigo abogado, en la 23, que he parado un camión con medio población del pabellón adentro, trasladándolos para romper el pabellón y que sea uno de población normal.

Después, particularmente como juez, no. Al contrario en muchos casos hay buena relación, y cuando voy de visita me reciben muy bien, compartimos un rato, recorro la Unidad, sin problemas.

Debe haber avances positivos en esto, de gente del SPB que está a favor de que exista una experiencia literaria en la cárcel.

RC: Sí, hay muchos que están a favor. Mirá, cuando inauguramos uno en la 48, en San Martín, (la temática es que cada pabellón literario tenga su biblioteca y sus propios libros dentro), en dos días estaba hecha la biblioteca, en un día habían conseguido los libros. En la 30, donde está Gonzalo, pasó lo mismo. O sea, se conversó y hubo muy buena predisposición de parte de las autoridades de la unidad. A la biblioteca la hicieron al toque, les pintaron todo el pabellón.

Porque donde hay un pabellón literario, yo creo que hay una cierta protección. Se puede ver de distinta manera. Hay penitenciarios que lo aprovechan, porque cuentan conmigo para cualquier cosas, porque así como ayudo a los pibes, ayudo a los penitenciarios que colaboran. Si necesitan algo, y puedo ayudar lo hago. En la 40 tengo un muy buen trato con el jefe del complejo, con el secretario también. Apoyando siempre, pero no solamente el apoyo moral, sino también con cosas, como pintura. El pabellón de la 40 es increíble, entrás y no parece un pabellón. Tiene luces, está pintado, tiene un pizarrón.

Gonzalo está en Alvear, a 300 kilómetros. El 4 de diciembre fuimos a conocerlo, hicimos la entrega de los certificados ya que estábamos en los seis meses de taller, tuvimos contacto con los cincuenta pibes que participan, nos reunimos en el patio del pabellón con el Jefe del Penal, el Director de la Unidad y varias autoridades más, me decían que fue un cambio de 180 grados, que no podían creer que pibes que eran tan complejos estén compartiendo ese espacio entre todos. Cuando hay acompañamiento se siente mucho y los pibes también lo sienten. Es clave.

Actualmente por decisión del Dr. Areses y el Ministro de Justicia Dr. Alak, conformamos un grupo entre Julia Lescano (asesora del Ministro), Gabriela Rios (Jefa de Cultura del SPB), Carlos Pont (Capellán General) y yo, que logramos llegar a tantas Unidades Carcelarias, y se esta trabajando en una resolución ministerial para que estén en todas las Unidades Carcelarias y que trascienda a cualquier gobierno.

Gonzalo Paz.

¿Hace cuánto estás en la Unidad 30? 

Gonzalo Paz: Acá hace tres años, y estuve en todas las cárceles de la provincia. A excepción de las de régimen abierto.

¿Cómo te sentís con este proyecto de los pabellones literarios, cómo arrancaste? 

GP: Me enteré por Leonardo, y me interesó mucho, porque este pabellón de la Unidad 30 es de máxima a extrema seguridad, estamos encerrados 22 de 24 horas. Este pabellón era el peor, el más conflictivo. El cambio pasó por una pelea que hubo entre dos compañeros míos. Ya me había cansado de todas esas cosas, dije me voy a dar la oportunidad, así que proyectamos cómo seguir. Entonces una vuelta hablé con Leo, le dije que me contacte con el juez Conti y ahí empezamos. Hoy llegamos a las diez semanas. Cada vez que salimos al curso estamos mejor.

¿Cómo era tu relación con los libros, te gustaba leer o nada que ver? 

GP: No, nunca leí nada, ni el diario. Nunca tuve la posibilidad de poder llegar a leer, de quedarme sentado en una celda, poder agarrar un libro y leer tranquilo.

¿Se te abrió un mundo que antes no tenías en el encierro? 

GP: En mí se abrió un cambio notorio, al leer y a exprimir la mente, antes era sólo ignorancia. Hoy puedo asegurar que es lo mejor. Es más, les cuento una anécdota, en una reunión estábamos hablando por Zoom y yo mismo dije “voy a entregar una faca por un libro” y así empecé. El pabellón hizo un plan desarme, todos los que teníamos facas se las entregamos a la policía, para que noten el cambio y que nosotros también queremos cambiar, que nos den la oportunidad, que nos apoyen con lo que necesitamos. Para mí fue emocionante. Pasé por todas las cárceles, y la verdad es todo un mundo diferente. Sí o sí tenés que tener un elemento punzante para defenderte, es la vida, una compañía, es todo. Y largar eso que tenés, es muy importante el paso. Es sentirlo, no explicarlo. Si te lo explico no voy a encontrar las palabras. Siento que se me fue la parte mala para un costado.

¿La faca sí o sí es una compañera que tiene que estar, no importa que la cárcel sea de máxima seguridad?

GP: Tenés que tener algo, siempre. Yo para el SPB de todas las cárceles, era un preso conflictivo, malo, ignorante, prejuicioso. Muchas cosas malas veían en mí, pero porque ellos nunca me dieron la oportunidad desde el día que ingresé, de ir al colegio, leer un libro, poder sentarme en un lugar tranquilo. No, siempre buscaron lo malo en mí, y me críe en la maldad, porque si a mí el SPB me cría de una manera diferente, actualmente sería abogado. El servicio me crió de una manera en la que sí o sí, tenía que tener mi compañera (la faca).

Cada uno comete los errores, y se lo condena por esos errores, pero también está la parte del Servicio, que te bloquean poder reinsertarnos a la sociedad. Con 18 años ingresé por primera vez a Olmos, y no me ofrecieron un pabellón para poder estudiar o trabajar, siendo tan chico. Me tiraron a los leones. Y así sucesivamente en todos los lugares que fui.

Pabellón literario «Roberto Conti».

¿Cómo ves, Roberto, esto de los climas que se viven adentro y de la necesidad de estar armado? 

RC: Es así, como lo dice él. He tenido un montón de casos de pibes que se han matado a puñaladas hasta la muerte, para robarse un celular, un par de zapatillas. Es muy común, lamentablemente. Por eso en los pabellones literarios, la condición es que no haya ningún tipo de violencia, cero. Gonzalo hablaba del plan desarme, que fue una idea de él “una faca por un libro”. Hace poco había un par de pibes que querían tener su propia faca y los invitaron a irse, pero fue por intermedio del diálogo, pero Gonza te lo puede contar mejor.

GP: Hace tres días atrás, habían dos que querían cortar dos facas. Nos juntamos los referentes y lo hablamos, porque el tema es el diálogo. Los tratamos de convencer y no quisieron, pero como nos reunimos todo el pabellón le dijimos “Bueno, no les gusta esto, vayan, que tienen otro pabellón para hacer esas cosas, acá no hay más de esas cosas”. Y no tuvieron otra que irse, porque no estábamos ninguno de acuerdo con las cosas que estaban haciendo, porque nosotros llevamos ya casi un trimestre, con esfuerzo, errores, voluntad, a la noche, a la mañana. Yo estoy orgulloso de mis compañeros, porque ellos se tomaron el trabajo de poder escribir, pero estas dos personas no querían. Ellos nunca leyeron un libro, nunca hicieron nada de su vida. Yo no quiero que ellos pasen lo que yo pasé a los 18 o 19 años. Porque el sistema del Servicio Penitenciario es un programa fracasado. Te mandan a que te maten, a que te roben.

Hablando más de lo que fue tu crianza, tu familia, ¿cuáles fueron las herramientas que tuviste siendo un pibe?

GP: Las herramientas que tuve fueron mi familia, tratar de no cometer el mismo error y ser fuerte, tratar de fortalecerme yo mismo. Pero me faltaba todo. Nosotros somos 10 hermanos, soy el del medio tengo cinco hermanos más chicos, mi mamá trabajaba todo el día, falleció hace dos años estando encerrado acá. Yo iba con una olla a los comedores y hasta que no la llenaba para mis hermanos no volvía a mi casa. Porque quería que mis hermanos coman. Era mi compromiso. En realidad mi infancia y adolescencia fue tratar de sobrevivir. Para las Fiestas, en Navidad o Año Nuevo yo no festejaba de chico, eran las 12 de la noche y andaba juntando botellas en una carretilla para el otro día ir a venderlas a un depósito. No recuerdo una Navidad que haya disfrutado.

¿De esos 10 hermanos cuantos de ellos tuvieron que recurrir a una vida ligada el delito?

Lamentablemente yo solo porque viví en la calle y porque ahí una cosa lleva a la otra y otra a la otra y así. Cuando te das cuenta ya es tarde.

Este taller literario imagino que te cambió tus días. ¿Es algo que te gustó desde el principio o te parecía algo raro y hasta te daba un poco de miedo?

GP: Sí, tenía terror. En mi vida nunca había leído un libro. Estaba acostumbrado a vivir en pabellones que se robaban zapatillas, teléfonos, ropa, televisores. Si vos no te defendías, chau. Entonces cuando me fui dando cuenta de lo que podía hacer con el taller me empezó a gustar mucho y hoy ya llevamos más de veinte semanas.

En el medio irrumpió la pandemia. ¿Cómo estás viviendo esta situación?

Me tiene preocupado pero trato de sacar el pensamiento de la preocupación. Más a la familia de ellos, de mis compañeros, que a ellos mismos. Porque dándoles una tarea, un libro que lean, tienen su mente ocupada. Le cuentan a sus familias de eso y es como si se sacan un peso de encima. Dejan de pensar si comió o no comió, si está peleando. Trato de rebuscarmela de la mejor manera posible. Hace un mes tuvimos en cuarentena nosotros, nos dejaron a todos encerrados. No había patio, no había ducha, no había nada. Yo me la ingenié junto a mis compañeros para seguir dando clases en el pabellón porque quería que tengan la mente ocupada en algo para que no piensen cosas malas. Se lo que es estar encerrado de esta forma y la mayoría de las veces la mente nos juega en contra.

Taller literario en la Unidad 30.

¿Roberto, en algún momento tuviste conocimiento de que otros colegas tuyos hayan tenido una idea similar a lo que vos planteaste con los talleres literarios?

RC: Te diría que no, si con otra tipo de actividades. Sí han tenido comentarios positivos algunos y tenemos un grupo en WhatsApp para juntar cosas, libros, cuadernos, raquetas, pelotitas de tenis. A veces algunos pibes que salen en libertad y no tienen un mango, hacemos un vaquita. Cuando en verdad acá tenés pibes que son copados y otros que no. Y pibas lo mismo. A veces el propio privado de su libertad tiene mala onda con nosotros. Te cruzás con pibes que te dicen vos que hacés acá, qué venís a sacar, qué querés de nosotros.

¿En común que un juez tenga este tipo de vínculo con los internos al menos?

RC: Puede ser, conozco casos que si. De hecho a mi eso me costó un montón. Empezar a tener sus números en mi celular, yo no tenía ninguno hasta que fue el tema de la pandemia porque hasta eso los veía en la 40 de forma presencial o me manejaba por Facebook. Pero dada la necesidad de este contexto, tuve que tener un contacto más fluido con ellos.

Gonzalo, ¿cómo ves este proyecto literario de acá en más, por lo menos pensando en el año que viene?

GP: Lo veo bien, tenemos pensado hacer cuentos, además de leer empezar a escribir nosotros. Además veo el esfuerzo de cada uno. En el pabellón somos 53 personas. De las cuales vamos 50 al taller. Hay varios que son analfabetos entonces también estamos dando clases de alfabetización y computación con una sola computadora de las del Gobierno a dos grupos de diez personas.

Yo viví en la cárcel todos los cambios. Todos cambios malos. Pero este cambio que estamos viviendo con el taller literario te puedo asegurar que es lo mejor que me tocó vivir acá. Esto quiero que sea el futuro en la cárcel, no las peleas ni los conflictos. Que cada Unidad tenga su pabellón y sus propias reglas, no que las reglas las pongan las autoridades. Obviamente para que esto siga en pie es necesario seguir abriendo la mente.

Eso es lo más importante de todo esto, ¿no? Abrir la mente.

GP: Sí. Hoy en día puedo hablar como te estoy hablando ahora, capaz que hace tres meses atrás te hablaba completamente diferente. Hoy gracias a que empecé a leer y cosas así es que puedo hablar bien.

¿De lo que leíste hasta ahora qué te gustó más?

GP: Julio Cortázar, lo mejor. (En este momento de la charla vía Zoom con Gonzalo, nos avisa que acaba de entrar la requisa)

Roberto, cuál es el estado de las cárceles en la provincia de Buenos Aires, hubo varios informes recientes de ONGs que denuncian condiciones infrahumanas en la mayoría.

RC: En general hay mucho hacinamiento. Donde tiene que haber dos personas a veces hay cuatro, seis, ocho. Eso es una gran complicación pero no es la única. Está el tema de la comida, la salud, educación. Soy muy crítico de este sistema y lo hablo con las autoridades. También lo hablo con los pibes que salen, y que al estar ya institucionalizados, como es el caso de Gonzalo, no puede ser que no tengan el secundario terminado, no puede ser que no tengan DNI, no puede ser que cuando salgan en libertad no tengan una SUBE, un oficio, no puede ser que salgan con mayor odio del que entraron. Por eso se está laburando en este sentido y se ven algunos cambios pero viene lento. Por suerte hay interés no solo de los ministros sino de la gente que labura en el ministerio de Justicia.

Gonzalo, teniendo en cuenta como cambió tu presente con todo esto, ¿cómo crees que irá a cambiar tu futuro?

Y hoy les puedo asegurar que tengo un futuro gracias a la idea de Conti, a mi familia, que realmente me dieron esperanzas de seguir adelante porque mi futuro era nada, miraba para adelante y no veía nada, no tenía ilusiones. Yo estoy condenado a una pena de 50 años y tenía un futuro lleno de nada hasta que abrí un libro.

 

Imagen portada: Patio del pabellón 9 del sector 3, tomada por un miembro del SPB (Unidad 30).