Por Patricio Lange.

A punto de cumplir 25 años de carrera, Babasónicos es quizás la única banda argentina y latinoamericana que ha logrado mantener el garbo y puede mirar atrás sin rencor. Pero, ¿cómo hizo Adrián Dárgelos para ser tan freak y tan popular y crear un universo a su medida?

Adrián Dárgelos llegó a las oficinas de Produce Crack, una casa en el barrio de Boedo donde Babasónicos tiene su centro de operaciones, una hora antes de partir hacia un show de la banda en La Plata. Apareció vestido con un saco azul de dos botones, camisa clara, jeans y unas botas blancas de caña corta. Y aunque arrastraba algo de su típico hastío glamoroso, el líder de Babasónicos no lanzó ninguna mirada incómoda ni emitió señal de alarma anti periodistas. De una, se acercó a un arpa de madera que había en el living babasónico -un recinto con sillones de décadas pasadas, cuadros con pósters de películas viejas y una mesa ratona- y se puso a tocar una melodía que, de golpe, sonó desafinada. Bienvenido el error.

– ¿Sos un compositor de todos los días o escribís sólo para hacer discos?

– A mí se me ocurren canciones siempre, lo que pasa es que no me siento a escribirlas. Normalmente compongo en un período ventana de tres meses, diez o doce horas por día sin descansar ni los domingos. Fuera de eso, en el lapso de dos años más o menos que hay entre disco y disco compongo cuatro o cinco temas aislados que normalmente se los damos a otro artista.

¿Hacer canciones es un proceso placentero para vos?

– Hacer un buen tema es algo mágico, alquímico, más cercano a un conocimiento intuitivo, atávico, que viene de nuestra parte más tribal y que se conoció en la cultura occidental como el mito órfico. No lo inventamos nosotros. Hay estrellas de rock desde Orfeo. Y encontrar esa magia implica a veces toparse con la frustración, enfrentarse a la incomodidad del vacío, a no tener nada y tener que inventar algo. Lo primero que te preguntas es por qué, qué voy a contar y cómo lo voy a contar. Y la verdad es que podés tener un conjunto de ideas a desarrollar los primeros siete años de tu vida como compositor. Después ya se te acaban y tenés que entender que la inspiración es lo que te permite componer, y no la voluntad. La misión es poder penetrar la mácula del oyente e impregnarle una emoción, darle nuevos links a su cerebro que le brinden sensaciones. Y ahí no hay voluntad que valga, solo la magia de componer, que consiste en mezclar esos dos elementos, porque la canción son palabras y acordes. Si yo te doy esos elementos, ¿vos podrías lograr una canción que trascienda la barrera de sensibilidad humana? Enfrentarte a esa idea y no saber si lo vas a lograr supone una frustración, y a veces es agotador e invasivo.

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– ¿Tenés un afán de trascendencia, una conciencia de dejar obra para la posteridad?

-No. Desconfío de que haya posteridad.

– Sin embargo en los últimos veinte años hiciste casi un disco por año. ¿Por qué?

– Es que no sé hacer otra cosa. Yo no tengo profesión y tampoco tengo vocación.

– ¿La música no es tu vocación?

– No. Es hambre. Tampoco probé trabajar de algo.

– ¿Creés que hubieras tenido talento para otra cosa?

– No, no lo tenía. Además nosotros tocamos desde los dieciséis años. Algunos se recibieron, estudiaron carreras. Yo estudié como tres distintas, Filosofía, hice el CBC de Abogacía, estudié Comunicación. Pero nunca me planteé seriamente hacer otra cosa.

– ¿En algún momento tuviste una epifanía adolescente al estilo: “voy a hacer discos de rock, voy a ser una estrella”?

– No se podía tener ese afán en esa época. No existía porque no había profesionalismo en el rock cuando yo era chico. No era un trabajo ni una profesión. Cuando empecé a hacer música hacía veinte años que existía el rock nacional y seguían los mismos que habían empezado que eran Nebbia, Spinetta, García. Las bandas como Soda Stereo o Virus vivían de la música pero eran todos sobrevivientes, no era algo seguro para siempre, vivían de la periferia de los shows en las discotecas, no había un circuito. El rock no era una posibilidad comercial, era algo caótico y azaroso. Y visto desde la perspectiva de la adolescencia era un pasatiempo que después se te terminaba y tenías que convertirte en un trabajador, en algo del sistema. Y entre la gran formación medio iconoclasta y anti sistema que siempre tuvimos no pensábamos en eso. Cuando sos chico pensás en morirte joven y no tener que afrontar toda esa vida que ya sabés que no te va a gustar.

– ¿Cómo era para un oriundo de Lanús, al sur del conurbano bonaerense, querer tener una banda de rock que fuera novedad a principios de los noventa cuando la data cultural le llegaba mucho más tarde que a un pibe de Capital Federal?

-¡Y cómo no te va a llegar más tarde si no había nada! Cuando yo crecí no había internet, ni flyers, no había suplementos, no había cartelera, revistas había dos o tres que sacaban un par de números al año y las agendas nunca se cumplían porque los lugares cerraban de un mes al otro. Entonces cuando ibas a ver un show el local ya no existía. En principio la gente a la que le interesaba esta música era una tribu mucho más pequeña que ahora. Habitábamos cuatro o cinco lugares de la ciudad que duraban dos tres meses y se iban moviendo y vos te ibas enterando. Ahí pululábamos las dos mil personas que estábamos en esa movida durante los 80. Por ahí te enterabas el nombre de una banda e ibas a verla sin tener certeza de si te iba a gustar. Pagabas una entrada para ver qué onda.

– ¿En esa época fantaseabas con la idea de convertirte en un compositor popular?

– No tenía la menor idea de que existía la composición de música. No sabía cómo se hacía una canción, ni quién la hacía, si eran los músicos o alguien las inventaba para ellos. Desconocía la industria, era más inocente. Lo que pasa que los hacedores de música no son solamente los que quieren serlo, son los que las circunstancias y el público va eligiendo. Yo compartí la secundaria con gente que tocaba bien los instrumentos, con chicos más afinados y virtuosos que yo, que se daban cuenta de cómo se hacían las canciones, pero terminaron siendo otra cosa, no terminaron siendo músicos.

– ¿Y creés que la voluntad tiene algo que ver con eso?

– La voluntad no, la determinación. La voluntad es lo que no te lleva ahí.

– ¿Por qué?

– Porque la voluntad te convence de hacerlo, te da la energía suficiente. Pero si a los demás no les gusta lo que hacés por más que lo hagas mil veces no les va a gustar nunca.

– ¿Y cuál fue tu determinación?

– La misma de mis compañeros: llevar adelante una banda de rock para hacer la música que queríamos escuchar y no existía. Hacer algo porque no está pasando. Lo que te gusta no está, solo existe en tu cabeza y en la conversación con tus amigos. Esa fue nuestra primera intención.

– Ustedes salieron a tocar y desde el minuto cero ya tenían público. ¿Por qué creés que se dio así?

– No sé, tal vez porque la suma de nuestros carismas es atractora (sic). En esa época no había más que teléfono de línea. ¿Cómo llamábamos a todas las personas para avisarles? No había Facebook, no había nada.

– Hoy con flyers, internet e incluso rotación radial, para muchas bandas sigue siendo un misterio cómo convocar gente.

– Es que por más que mandes flyers, llames a todo el mundo y hagas cualquier cosa, no van a ir. Que una persona pague una entrada para verte es algo mágico porque no la estás obligando. Por eso yo nunca pedí que me vayan a ver ni siquiera en una entrevista porque sé que es imposible lograrlo. Va el que quiere porque quiere. No hay fórmula.

– ¿Escuchaste algo de lo que será el disco homenaje a Infame?

– No.

– Hay artistas muy grandes que hacen versiones de temas de ustedes, Calamaro por ejemplo. ¿Qué te provoca eso?

– Me pone contento.

– ¿Eso nomás?

– No sé qué respuesta buscás.

– …

(Silencio)

Nosotros siempre vivimos la música como una especie de combate, una guerra cultural en un mundo donde hay siempre basura comercial malintencionada tratando de llenarlo todo. Y bueno, vos salís con tu idea, con tu entretenimiento, buscando a los que son como vos. Y que en cierta forma eso tenga repercusión me parece que está bien. Es algo que hace la música popular en Latinoamérica sobre ese disco en particular y me parece que es un gran detalle, un detalle hermoso, una caricia. Es una victoria en esa pequeña batalla.

– ¿Realmente creés que la música puede cambiar algo?

– Algo no, pero a alguien sí. La música te cambia el estado de ánimo. Es una cápsula que contiene emoción, que viaja en la sutil materia del aire y no necesita más soporte físico que ese. Yo te canto acá con el arpa en un rincón y te llega hasta ese sillón adonde estás vos. Es aire modulado y encima te modifica, como si fuese una droga. Es algo mágico. Al principio no lo sabés, lo vas descubriendo. Hay gente que lo descubre mucho antes. Supongo que Lennon y McCartney lo sabían desde chiquitos y por eso fueron mucho más evolucionados en su capacidad compositiva y refinamiento musical.

– En su autobiografía Andrew Oldham cuenta que en los sesenta alguien le preguntó quién hacía los discos en los Stones, quién los construía. Y él sin dudarlo dijo: “Keith Richards los hace”, lo mencionó como el motor del grupo. ¿Quién hace los discos en Babasónicos?

– Los discos se hacen con canciones, con ensayos. Yo supongo que los discos en los Stones los hacía Brian Jones hasta que lo desplazaron. A mí me gustan otras cosas de los Stones de otras épocas pero creo que Brian Jones era el dueño del trío original y que después la otra facción política de la banda se lo sacó de encima. Fijate que cuando muere, ese mismo día grabaron. Qué cosa fea esa… En nuestro caso ese motor cambia todo el tiempo. Y los discos siempre son un reto porque nunca sabemos cómo hacerlos.

– Una vez dijiste que el rock necesita de un vigor que quizás no seas capaz de mantener cuando seas más viejo. ¿Pensás en la idea del retiro?

– Esa es una conversación con Rolling Stone y surge porque el periodista cree que tengo muchas reminiscencias a la muerte en A Propósito (2011). Pero yo no tengo un planteo de proyección de futuro sobre Babasónicos y nunca lo tuve. Estoy haciendo lo que me abarca estos meses. Nunca sé qué va a pasar. Desconozco si tengo un show más allá de julio. Ahora estamos planeando hacer un disco en junio pero mis planes son siempre muy a corto plazo.

-¿Qué pensás de cierta tendencia del periodismo a buscar el lado humanizado del personaje cuando por ejemplo quiere acompañar a una estrella de rock al supermercado, al mecánico, o cuando lleva a sus hijos al colegio?

– No me gusta. ¿Para qué sirve eso en la vida? ¿Quién quiere ser eso? ¿Por qué quieren ser eso la gente? ¿No le sirve ya solo con ser músicos de rock? No hay nada atractivo en la vida normal de las personas. Y la vida que ese periodista pretende que sea interesante sucede entre los diecisiete y los veinticinco años, después ya no podemos tener una vida así. La gente que sigue teniendo la vida atractiva que tenía a los diecisiete se muere a los veintisiete. Fijate Joplin, Hendrix, Cobain, Brian Jones. Y bueno, si querés seguir haciendo esa vida donde no dormís y te divertís todos los días te terminás muriendo.

– ¿Qué hacés en tu tiempo libre?

-No hago nada. Leo.

– ¿Leés diarios o revistas?

– Nunca leo revistas ni diarios. Ni siquiera en internet. Nunca leí un diario. Soy hardcore. Estoy siempre leyendo pero no tengo tiempo de leer otra cosa que un libro. Mi papa tenía un kiosco de diarios y yo leía revistas de chiquito. Pero hace veinte años me absorbió tanto la literatura, tanto, tanto, que nunca más volví ni a ojearlas.

– ¿Qué estás leyendo ahora?

– Ahora estoy leyendo Ciudad Tomada, del mexicano Mauricio Montiel Figueiras.

– ¿Y qué bandas nuevas escuchás?

– Escucho discos nuevos pero no estoy buscando. Voy comprando los que sé que me gustan. Hoy escuché Born Under Saturn, de Django Django –salió hace veinte días-. Hay artistas locales que me gustan como Juan Ingaramo, Indios o una banda que se llama Ibiza Pareo. De afuera Frank Ocean, Childish Gambino, toda esa música negra nueva. Esta semana escuché muchas veces el de John Legend. Y Kanye West me gusta mucho. Pero tengo una curiosidad muy relativa, muy especifica. Soy extremadamente curioso en algunas cosas pero no lo suficiente como para ir a buscar a Wikipedia o a You Tube. Nunca escuché música por streaming. Solo escucho cd´s y vinilos. Yo sé que está el video y el disco de Django Django online pero hasta que no me llegó el vinilo no lo escuché. Nunca fui a You Tube a ponerlo. Tengo esa clase de ambivalencia porque tengo un deseo muy acotado al universo que me tiene fascinado.

– ¿Seguís escuchando bandas clásicas?

Soy fan de Depeche Mode. The Smiths, me gusta. Led Zeppelin me encanta, este año escuché todos sus discos varias veces. Y Sly & The Family Stone. De esa es la que soy más fan.

– ¿Comparás la obra de Babasónicos con la de otros artistas que admirás?

– ¿Y cómo hago? ¿La pongo al lado? (risas) No tengo una reflexión tan grande sobre mí mismo. Mientras no estoy haciendo una entrevista, no me acuerdo que soy yo. Yo hago cosas y punto. Después los demás critican, escuchan, les gusta o no. No me importa tanto.

– ¿Sos autocrítico?

– No, ¿para qué? La autocrítica la uso como vara cuando hago un disco para no dejarme caer en el facilismo o en un proceso estético despreciable. Pero nada más.

– Sabés que te miro y ahora con esta luz estás muy parecido a Noel Gallagher.

– Ah, yo creí que a Cristian Castro. Creo que soy más parecido a Cristian Castro, mirá el video de Azul y de Malón y fijate (risas).

– Él hace una versión en el homenaje a Infame.

– Sí, me enteré. Igual es feo buscarle parecidos a la gente. Y más si soy yo el parecido.

Hace poco Carca me dijo que él había logrado transformar sus defectos en algo bello y atractivo para su público…

(Interrumpe)

– ¿Vos decís que yo le enseñé? (risas).

– ¿Qué pensás de eso, de saber ser astuto para elegir qué mostrar?

¡Pero eso es la base de todo! Ponderar la virtud y esconder el defecto. Nadie es totalmente virtud ni totalmente defecto. Pero la belleza es eso: contiene algo sumamente hermoso y atractor y a la vez provoca perdición y disgusto. Ese equilibrio, esa tensión entre ambas facetas es lo que provoca belleza. Lo que flota en la superficie quieta de la hermosura no es bello.

-¿Qué te parece el star system local? Llámese tv.

– Me parece buenísimo. Divertidísimo.

– ¿En serio?

– Sí. Sé que no es una respuesta que te sirva mucho.

-…

– A ver, me parece buenísimo porque no pertenezco a él. Pero tampoco pienso que yo soy algo mejor, ¿eh? ¡¿Qué me creo que soy?! Si yo soy producto de esta idiosincrasia, de esta cosmogonía, del primer cordón del conurbano igual que vos. ¿Qué le vamos a hacer?

– ¿Te gusta vivir en Argentina?

Yo aprecio cierto valor que sucede en Latinoamérica en los últimos años. No me gustaría ser europeo ni norteamericano. Me gusta mucho ser sudamericano.

– ¿Por qué?

– No sé, porque estamos al borde del Amazonas donde hay ayahuasca. En el medio de Siberia no sé qué carajo podés conseguir. Acá hay mezcalina, es un continente mágico que produce psicoactivos que pueden cruzar cierta barrera. Supongo que en África también debe haber pero me la rebusco más acá donde a la gente le gusta determinada música popular donde yo puedo interactuar.

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– ¿Seguís experimentando con drogas?

– Me gusta que suceda. Y me gusta que exista la fantasía esa. A la literatura europea le gusta que haya bares con alcohol y tabaco. Pero yo nunca fumé cigarrillo, ¿sabés? Tampoco soy un gran tomador de alcohol. No voy a bares.

– ¿Y a dónde vas?

– A ver bandas de rock. Esta semana fui a ver Jungle, a Temple, a Sobrenadar y a Ibiza Pareo.

– ¿Te interesa la moda?

– No.

Sin embargo el universo estético de Babasónicos siempre estuvo híper trabajado.

– Sí, es cierto. Siempre hicimos un gran trabajo de lo estético. Pero la verdad es que yo no compro libros de moda, no voy a desfiles, no leo la Vogue. Y si vos estás hojeándola no me da curiosidad. Vos me preguntás: “¿Sabés de moda?” Y, sí, nosotros sabemos de moda. Sabemos quién es quién, sabemos qué se hace, qué se está produciendo, qué se está imponiendo que se use y sabemos cuál es la tendencia. Pero vamos en contra de la tendencia siempre. Somos todos varones muy conscientes, pero muuuyy conscientes. Lo que pasa es que ninguno de nosotros tiene curiosidad especifica por eso. Sí tenemos curiosidad genuina por los discos físicos y por los libros. Hasta por las obras lumínicas, arquitectónicas. Hemos llegamos a comprar libros de casas en árboles, de artistas plásticos. Detrás tuyo hay un montón de cuadros sin colgar, ¿los ves? Yo tengo mucha obra en mi casa también. Por ejemplo de Juan Becú. Pero no tenemos inquietud por la moda tal como la describís a pesar de que en el escenario usamos un montón de ropa de diseño de alto perfil que en gran parte es comprada por nosotros o hecha por vestuaristas para nosotros. Pero si hubiésemos tenido algo que ver con el mundo de la moda te hubieses dado cuenta en veinticinco años. Yo no hablé nunca de eso. Me han preguntado pero no he respondido. Creo que con el que más hablé de moda es con vos. Andá a buscar de mí estas declaraciones, no vas a encontrar. Mi universo es el escenario y el éxtasis de la interpretación. Ahí sí me vuelvo loco. Tener un motivo lúdico por el que reunirme todos los días con los chicos y desplegar ideas desproporcionadas que me hagan cosquillas, eso es lo mío. Hacer lo que nos transporta del otro lado y nos da la posibilidad de abrir la puerta para que la gente entre por ese tubo y pueda vislumbrar ese más allá que encarnamos. Pero sí, sé cuál es la bota que debería tener yo para el próximo semestre de shows. Pero no la hacen en mi talle.

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