Por Soledad Geymonat

Voy a comenzar contando un poco de mi historia, porque comparto desde la experiencia vivida.

Desde niña tuve algunos problemas con la alimentación y las dolencias corporales. En la adolescencia esta problemática aumentó y ya en mi juventud se hizo insoportable. Como una especie de monstruo desesperado que habitaba en mi interior.

Luego de terminar la educación secundaria, bastante perdida de mí misma, estudié gastronomía y luego profesorado de cocina. Consumía ultraprocesados, refinados, grasas y lácteos en exceso. Esto contribuyó a empeorar el vínculo con la alimentación y por ende el malestar. Hacía diversos tratamientos de medicina convencional y medicina complementaria pero no había nada que me aliviara. Tomaba muchísimos medicamentos, mi cuerpo no hacía naturalmente muchas de sus funciones. Tenía diversos problemas a nivel digestivo, a nivel del sistema nervioso y mucho dolor corporal generalizado, sobre todo cefaleas.

Paralelamente a todo esto, en algunas épocas del año hacía dietas para adelgazar porque acarreaba un sobrepeso de muchos años. Mi peso oscilaba todo el tiempo e inconscientemente me estaba autodestruyendo.

 

Voy a comenzar contando un poco de mi historia.

Desde niña tuve algunos problemas con la alimentación y las dolencias corporales. En la adolescencia esta problemática aumentó y ya en mi juventud se hizo insoportable. Como una especie de monstruo desesperado que habitaba en mi interior.

Luego de terminar la educación secundaria, bastante perdida de mí misma, estudié gastronomía y luego profesorado de cocina. Consumía ultraprocesados, refinados, grasas y lácteos en exceso. Esto contribuyó a empeorar el vínculo con la alimentación y por ende el malestar. Hacía diversos tratamientos de medicina convencional y medicina complementaria pero no había nada que me aliviara. Tomaba muchísimos medicamentos, mi cuerpo no hacía naturalmente muchas de sus funciones. Tenía diversos problemas a nivel digestivo, a nivel del sistema nervioso y mucho dolor corporal generalizado sobre todo cefaleas.

Paralelamente a todo esto, en algunas épocas del año hacía dietas para adelgazar porque acarreaba un sobrepeso de muchos años. Mi peso oscilaba todo el tiempo e inconscientemente me estaba autodestruyendo.

Luego de años de navegar en un océano tormentoso sin ver rastros de tierra firme, esa luz que tanto anhelaba ver, llegó. Ahí arrancó una etapa de mi vida diferente, hubo un quiebre. Empecé un camino de autoconocimiento, de crecimiento, de tomar consciencia del para qué de esos años de oscuridad. Empecé dejando paulatinamente la medicación, después comencé a hacer yoga adentrándome así en el mundo de la meditación, que hasta ese momento era algo desconocido para mí. También empecé a bailar tango y eso me permitió conectar con un espacio interno libre de pensamientos, una experiencia nunca antes vivida. Y supe que era por ahí el camino a seguir, que tenía que fomentar esos espacios de silencio.

Luego de un tiempo mi cuerpo empezó a pedir una desintoxicación y comencé a cambiar mis hábitos alimenticios. Me di cuenta que la alimentación que tenemos naturalizada en la sociedad moderna para mi sistema era muy nociva.

Pasé y paso aún muchas horas de mi vida investigando la distancia entre lo que el sistema imperante actual nos propone como estilo de vida, con la plena salud y manifestación del ser.

De a poco fui dando los pasos que sentía que necesitaba. Me di cuenta que estaba envuelta en una gran adicción a los dulces, al trigo y a los lácteos. Empecé dejando los productos refinados y ultraprocesados, luego dejé los lácteos. Reduje muchísimo el consumo de carne, me di cuenta que mi cuerpo no necesitaba tales cantidades. Paralelamente empecé a incorporar más frutas, verduras, cereales integrales, endulzantes naturales, semillas, frutos secos y legumbres.

Hoy puedo decir que soy otro ser. Los dolores disminuyeron en un 90%, mi cuerpo está sano y volvió a su peso natural, tengo unos 30 kilos menos.

Despierto cada mañana con mucha energía y ganas de vivir a pleno. Esto para mi tiene mucho sentido… ¡todo el sentido!

Tengo mayor claridad mental y emocional en mi día a día. Puedo oír mejor mi cuerpo para saber qué cosas le hacen mal y cuáles le hacen bien en cada momento. De acuerdo a eso voy haciendo las modificaciones que considero necesarias. No me rige un tipo de dieta o tendencia, siento, percibo y acciono en consecuencia.

Si hay algo que me enseñó este viaje, es que, aunque estés en el fondo del pozo…se puede salir, pero depende de tu firme determinación. Cada uno es responsable de la vida que tuvo, que tiene y que tendrá. Me parece que es momento de que cada uno se haga cargo y dejemos de buscar afuera a que alguien nos dé una solución mágica. La buena salud depende de un buen estilo de vida en general, no de tratamientos médicos.

Pero el viaje no terminó acá, con el paso del tiempo vinieron nuevos desafíos y cambios. Me di cuenta de que quería transformar otras áreas de mi vida. Empecé por el trabajo que hacía ya un par de años sabía que no era un lugar para mí, por entonces trabajaba en una oficina y anhelaba hacer algo creativo que le aportará valor también a la vida de otros. No me decidía a hacer el cambio porque no tenía idea de cómo llevarlo adelante. Así que resolví contratar a alguien que me guiara para montar un emprendimiento. Luego de unos meses nació Alimento Sagrado, que es fruto de la alquimia entre mis dones, mis pasiones y un propósito mayor. Su naturaleza es y será la transformación a través del viaje y las enseñanzas del camino.

El mayor objetivo es poner al servicio de los demás todas estas enseñanzas. En forma de acompañamientos, cursos y recetas para una alimentación más natural y consciente.

Cuando hablo de alimentación natural me refiero a una alimentación sin productos industrializados, basada en alimentos naturales, locales, de estación y en lo posible orgánicos. Consumir la menor cantidad de químicos posible. A mayor procesamiento del alimento, más cantidad de químicos y menos nutrición.

Para que además de natural la alimentación sea consciente en mi opinión hay que poner consciencia a cada acto, estar presente en cada paso. Desde la elección de los productos de la compra, la organización de los mismos en casa, la preparación de los platos, el momento de ingerir y masticar, así como la atención al proceso digestivo. Qué sensaciones tengo en el momento de aprehender los alimentos, luego de finalizar mi plato, un rato después y así hasta el día siguiente. Prestar atención si se siente algún malestar digestivo, dolores, distensión abdominal, problemas para movilizar el intestino. Prestar atención a los desechos de mi cuerpo, eso me va a aportar mucha información de qué está pasando adentro.

Este tipo de alimentación natural y consciente nos invita a volver a los orígenes, a simplificar nuestra manera de alimentarnos, por lo tanto, la manera de cocinar.

Habitemos las cocinas de nuestras casas para ser nosotros los verdaderos responsables de nuestro alimento y nuestra salud. Hay muchas personas que cuando propongo esto me dicen: “pero yo no tengo tiempo para cocinar” y me pregunto: ¿Existirá algo más importante que nuestro bienestar? y, como humanidad, ¿no tendremos que replantearnos el orden de las prioridades para poder seguir habitando este planeta? Porque para hacerlo con todas las letras primero tenemos que poder habitar nuestro cuerpo.

Artículo anteriorWELCOME 2 AMERICA
Artículo siguientePÁNICO Y LOCURA EN KABUL
REGIA MAG
REGIA está compuesta por secciones cuidadosamente confeccionadas, con contenidos nuevos, seleccionados con rigurosidad y agrupados de manera clara y sólida. La visión editorial, más sofisticada y vanguardista, convive con el criterio estético y la curaduría que ya nos caracteriza como un medio transgresor y de culto.