Carlos Martínez, también Carlos Alberto Tevez, pero sobre todo “Carlitos, el apache”. Dos mamás y un destino. Las puertas del cielo y del infierno ambas abiertas de par en par a un paso de distancia.

Apache: La vida de Carlos Tevez el nuevo documental que es biopic y policial, dirigido por Adrián Caetano, especialista en este tipo de producciones donde se muestran escenarios sombríos y hostiles, donde conviven la muerte, las drogas y los aspectos más trágicos de los personajes.

En Apache, también hay espacio para el amor, ese amor de familia, que está presente y es clave en la historia.

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Caetano hizo su debut en la dirección con la película fundacional del nuevo cine independiente en Argentina Pizza, Birra y Faso, junto a Bruno Stagnaro, donde ya se interesaba por las historias de los suburbios, las miserias de las clases despojadas argentinas a mediados de la década del 90.

Se popularizó definitivamente con la producción para televisión abierta de la miniserie Tumberos en 2002, precuela de El Marginal. Y luego incursionó en el género biográfico, tras la realización de Sandro de América.

«Lo interesante de Tévez -dijo en una nota a P/12- es lo que más miedo da de contar. Tuve la oportunidad de charlar con Tévez y lo que cuenta de su infancia es lo más rico de todo. El mundo de los jugadores consagrados es poco interesante: más o menos tienen todos el mismo derrotero, la mayoría se hacen millonarios y se preocupan más de su imagen que de otra cosa. Pero la niñez es algo puro. Y es en esa pureza, rodeada de una violencia desmadrada, donde hay en Tévez un niño que sobrevive y triunfa«.

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Ahora es el director y autor, junto a Marcos Osorio Vidal, Gisela Benenzon y Diego Alonso, de la biopic que desde mediados de agosto se puede ver por Netflix, centrado exclusivamente, al menos en esta primera temporada, en la infancia de Carlos Tévez en el barrio Ejército de los Andes, en Ciudadela, más conocido como Fuerte Apache, y su camino a la primera de Boca.

La filmación duró casi cinco meses y fue en el Barrio Ejército de los Andes. «Todo el tiempo teníamos contacto con los vecinos, ellos fueron parte. Estaban pendientes de lo que hacíamos, miraban las escenas, nos ayudaban, colaboraban. No tengo palabras para agradecerle a la gente de Fuerte Apache”, le dijo a la revista NOTICIAS Leonardo Di Pinto, productor de la serie.

Balthazar Murillo es el actor que interpreta a Carlitos en su infancia, quien además de lograr una apariencia física similar, tiene escenas donde sus silencios y miradas sostenidas, logran percibirse como gritos de angustia y dolor descomunales.

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Las puertas del cielo, o quizás del infierno, están presentes desde el instante mismo de su nacimiento cuando su madre biológica, a los pocos meses de haber nacido, vuelca accidentalmente agua hirviendo en el cuerpo de Carlitos y los médicos salvan su vida de milagro.

Sería el primero de muchos obstáculos que tendrá que sortear. La dualidad sobre qué hacer, esa contradicción interna se siente en cada instante. Carlitos es criado por su tía a quien considera su mamá, pero su mama biológica vive cerca y arma conflictos: a veces ni lo saluda, le tiene bronca a su hijo pero también amor.

Sofía Gala hace este papel y logra transmitir esa sensación tan extraña de rencor y amor, de pasión y desborde por su hijo a quien decidió no criarlo.

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Esta serie basada en la vida, pero al mismo tiempo ficcionada en ciertas historias, muestra como la muerte lo acecha. Persecuciones entre diferentes bandas narco lo encuentran muchas veces en el medio y gracias a la fortuna y sus padres adoptivos logra escapar.

Una parte clave en la historia de Carlitos fue haber estado en el lugar justo en el momento indicado. Mientras jugaba en cancha de baby fútbol en el club All Boys un descubridor de jugadores, Ramón Madoni, interpretado por Diego Pérez, lo ve jugar y es el primer paso para que Carlos eventualmente llegue al club de sus amores. Pero el camino por correr estaba lleno de resbalones, palos, caídas y tropiezos.

«El dolor, vos sos el dolor, que la bronca mate el dolor, sentilo, hacelo tuyo, naciste con él. Quedate con la bronca, guardala para cuando haga falta. Sos el indio agresivo, el que hace foul«, le dice a Carlitos un hombre que lo ayuda a superar una lesión con prácticas medicamente poco ortodoxas.

Y en esas frases, Caetano capta un pulso, ese sentir que probablemente fue el motor del Apache para superar el dolor, físico, y espiritual, de una realidad desbordante.

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Ese dolor permanente catalizado y acolchonado por su mamá adoptiva que lo protege, y por su papá también adoptivo que lo guía y acompaña.

Amigos, cumpleaños, fiestas que terminan a los tiros, conocidos que terminan muertos o en la cárcel, y en el medio un oasis de pasión: la pelota y el fútbol. Mientras el barrio continúa atravesado por conflictos, Carlitos empieza a entrenar en Boca.

Las amistades, pero sobre todo la amistad central con su amigo «El uruguayo», que dicen, era aún más crack que Carlitos, se bifurca porque había un destino y dos caminos. Ambos terminaban en el cielo, pero no precisamente el mismo. Danilo, el “uru”, tomó uno y el Apache otro.

Nuevamente, y como en casi la mayor parte de la serie, se muestra a un Tévez que tiene una simbiosis interna, una mezcla de sensaciones. Esa sensación de no olvidarse de los suyos, de no borrarse del barrio, pero al mismo tiempo la necesidad de seguir adelante y alejarse del “fuerte”, ese laberinto de pasillos con torres.

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Ahora queda esperar y ver si hay una segunda temporada que muestre la llegada al cielo de sus amores y que significó el salto definitivo a la fama mundial: Boca y la Bombonera. Decía Caetano:

«Hay un morbo, a veces inocente, a veces ignorante, por ver en la marginalidad como a un circo romano al alcance de la mano. A mí, la violencia reducida a los lugares más pobres me parece una careteada poco solvente, vacía y poco profunda. Si uno solo busca entretener y lo piensa un poco, tiene más tufo a videojuego que a una razón o inquietud real. Hay quienes juegan a la guerra de Vietnam o a matar zombies. Y hay quienes ven en el marco de la marginalidad, solo un motivo para entretener. Siempre un muerto marginal duele y trasciende menos que uno de clase media. Basta un muerto para construir un thriller. Pero hay que eliminar a cientos de vietnamitas o zombies para lograr un entretenimiento».