Con un espectáculo ambientado en una sala de reuniones inspirada en la ONU, la colección de Demna Gvasalia encajaba perfectamente con el panorama político confuso y desconcertante de hoy.

El set para la nueva colección era una sala de reuniones casi con la forma exacta de las Naciones Unidas, y la sombra de la bandera de la Unión Europea, con una pasarela que descendía en espiral por el espacio, hasta un pequeño pozo. Funciona bien como una metáfora del destino de la UE, con el Brexit, los barcos llenos de refugiados y un reflejo de un panorama político desconcertante.

Lo que lo hizo aún más profético fue que la colección de Demna Gvasalia trataba sobre el concepto de poder: «vestirse con poder, no importa lo que uno haga como trabajo», como se lee en sus notas del programa.

Su espectáculo fue un extraño elenco de personajes cinematográficos: las modelos no eran modelos, maduras y jóvenes: arquitectos, galeristas, estudiantes, artistas, músicos, ingenieros, camareros, por lo que ese desfile de personas aparentemente indeterminables parecía estar cambiando la idea del poder en su cabeza.

La banda sonora escalofriante hizo indeterminable si estas figuras sombrías eran los buenos o los malos, los políticos o el proletariado. ¿Quién realmente tiene poder? ¿Quién podría, o debería, tenerlo?

También trascendió por la gente que concurrió invitada, que Demna reclutó al científico de olores Sissel Tolaas para crear una atmósfera olfativa que se basaba en asociaciones con el poder. Tolaas creó cuatro aromas: antiséptico, sangre, dinero y combustible, que se lanzaron desde detrás del techo y las cortinas durante toda la presentación, transformando el espectáculo en una experiencia sensorial completa.

En cuanto al resto de la ropa, se trataba de uniformes. «Nuevos uniformes de moda», como dijo Demna. Había trajes de hombros anchos que olían a algo más que gasolina, pero también los hombros intimidantes y grandes de los magnates de la Dinastía que se aplicaban a la parte superior de los chándales y las misteriosas gabardinas. Había pijamas de seda con estampado (el mensaje: no todo es lo que parece) y muchos de esos vestidos de seda de cuello alto y hombros perpendiculares con los que Demna se hizo un nombre en Vetements.

A pesar de ponerle fichas a la ropa, en Balenciaga, la mayor parte de las ventas proviene de los accesorios y zapatillas. En esta pasada había bolsos de Hello Kitty y la última zapatilla de deporte de Balenciaga: el ‘Tyrex’, un híbrido de atletismo y un clásico zapato de oficina de 9 a 5.

Parte de la brillantez de lo que hace Demna en Balenciaga es que cambia tan perfectamente de nociones retorcidas de la ropa banal más informal a la más espectacular.

 

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