Con una demora de más de 14 meses, Black Widow finalmente llegó a las pantallas grandes y pequeñas de todo el mundo, expandiendo el Universo Cinematográfico de Marvel por Disney+ con guerra fría, mujeres asesinas y un nuevo capítulo en la lucha entre el bien y el mal o libertad versus control, enfrentando una vez más el capitalismo americano al comunismo soviético. La vuelta de Scarlett Johansson, también parece orientar desde Hollywood al teatro de la geopolítica actual en una suerte de ósmosis entre cultura pop y política.

Natasha Romanoff (Scarlett Johanssen) comienza la película en el exilio junto a su hermana Yelena (Florence Pugh), quien le explica que la fuerza que la controló de chica, la Habitación Roja (una organización que entrena asesinas y mezcla fantasías occidentales sobre el entrenamiento de atletas del otro lado del Muro de Hierro) no desapareció como ella piensa, sino que sigue operando en las sombras. Esta no es la primera vez que el debate entre libertad y control está en el centro de una película del MCU. De hecho, Guerra Civil no es otra cosa que una batalla entre los superhéroes que acuerdan someterse a las reglas del gobierno y aquellos que no aceptan ese esquema. Ahí estaba el Capitán América, el escudo y punto de partida de una Black Widow que tiene como principal objetivo escapar de esos poderes que la quieren controlar.

Ubicada cronológicamente entre Capitán América: Civil War y Vengadores: Infinity War, la película comienza con detalles sobre la infancia y los orígenes de la joven Romanoff. Mientras vemos esa imagen familiar suena Bye Bye Mrs. American Pie. Son seis versos que describen la historia del rock’n’roll, desde sus orígenes en los años 50´s hasta su triste y solitario final en los 70´s. Nada es más americano (o estadounidense) que el pastel de manzana, que el automóvil Chevrolet (Chevy) y la sensación de libertad que le brinda a quien lo maneja para ir a donde quiera. Pero claro, todo eso ocurre ”el día en que la música murió”. O el día en que el sueño americano llegaba a su fin. La elección del tema sintoniza bien con la trama de Marvel, donde la heroína se enfrenta a la vieja amenaza roja. Un enemigo clásico para las películas de espías que ubican al comunismo como la ideología enemiga a la que hay siempre que combatir.

Desde esa perspectiva, no siempre tan nítida (al fin y al cabo estamos en 2021 ) vemos a un personaje bien peculiar: Alexei Shostakov (El Guardián Rojo), interpretado por David Harbour, quien tiene el rol de figura paterna de las hermanas. Alexei fue el equivalente soviético del Capitán América y uno de los superhéroes comunistas credos por Marvel en 1967, en plena Guerra Fría. A diferencia de lo que vemos en la película, en los cómics era el esposo de Natasha Romanoff. Y mientras ella se cambia de bando, él se mantiene fiel a la Unión Soviética.

En los difíciles comienzos de Natasha y Yelena como niñas inmigrantes que son empujadas al extraordinario mundo de los superhéroes y villanos hay una declaración sobre las implicancias de dar ese gran salto, cambiar de bando y defender los valores de la nueva tierra. Aquí estamos. Me siento estúpido y contagioso. Aquí estamos. Un mulato, un albino, un mosquito. Mi libido. Es el estribillo escrito por Kurt Cobain que suena en en los créditos al inicio del film y parecen darle cierta justicia poética a ese dilema que nutre a la grieta que separa al socialismo del liberalismo. La grieta que alimenta a todas las grietas.

Considerando el contexto actual, donde se amplifican en todo el planeta los reclamos de los cubanos que ya no ven los beneficios de la revolución (o que solo ven las consecuencias negativas) se puede trazar una analogía con lo que ocurría en 2019 tras el estreno de The Joker, cuando en un mundo todavía sin pandemia se reflejaba el estado global de las cosas. Era un año signado por levantamientos antisistema en diferentes puntos del planeta y la máscara del personaje que interpretaba Joaquin Phoenix se convertía en un nuevo símbolo para las protestas sociales que por distintos motivos– ocurrían en Hong Kong, Líbano, Ecuador o Chile.

La resonancia del film de Todd Phillips resultaba algo mas que un aporte coherente a ese malestar, y revelaba el proceso por el cual desde la industria del entretenimiento se proyectan no solo las aspiraciones sino también os conflictos y los debates de cada época. Tal vez sea muy forzado establecer alguna conexión entre Black Widow y la polémica tras las protestas en Cuba, sobre las que Joe Biden instó al gobierno de Miguel Díaz-Canel a “escuchar a su pueblo”, sin descartar una intromisión militar en el país caribeño. Ante esa situación, otras voces expresaron la necesidad de ponerle un límite a la política de Estados Unidos con un bloqueo impuesto desde hace 60 años que desconoce las resoluciones de las Naciones Unidas. La grieta de las grietas.

En todo caso, la moraleja del film es que ciertos tipos de fraternidad no pueden ser quebrados ni por ideologías, ni por la guerra fría, ni por el entrenamiento más cruel, ni por la distancia y mucho menos por un chip para controlar las mentes.

Hay varias señales que indican que Black Widow trata sobre el Sueño Americano negado o, al menos, aplazado. En ese sentido, busca saldar cuentas con las viudas de la inteligencia rusa, la KGB y los experimentos de Pavlov, cómo una crítica al legado de cenizas del comunismo en Europa del Este. Sólo cuando el padre (el Guardián Rojo) hace volcar un auto para despejar la pista nos damos cuenta de que no estamos ante una familia estadounidense promedio. Y una vez que llegan a Cuba, nos damos cuenta que no son una familia, y ni siquiera son ciudadanos americanos.

Como sea, Black Widow no es más que una nota a pie de página y un desvío en la narrativa del Universo Cinematográfico de Marvel, pero tal vez su monumental difusión logra imponer desde el mundo del entretenimiento un debate en el mundo real. O tal vez es verdad, como decía The Clash, que son otra vez las balas de Washington.