Vivimos días extraños. En Europa, América y Asia las sociedades se han dividido y están polarizadas. La desigualdad y la corrupción provocan malestar y existe una desconfianza generalizada hacia las élites. Hace años que es así, pero la pandemia profundizó estas divisiones todavía más. Y más aún en nuestro país. Nadie sabe cómo salir de esto. Ni la izquierda ni la derecha. Ni el poder ni los ciudadanos.

Esto es lo que plantea Can’t Get You Out of My Head. El documental de seis episodios dirigido y producido por Adam Curtis para la BBC iPlayer -que se estrenó el 11 de febrero- intenta decodificar cómo llegamos a este escenario. Y lo hace combinando material de archivo con un soundtrack demoledor (Nine Inch Nails, Aphex Twins, Henry Mancini, Cigarettes After Sex, entre otros) y locución en off –del propio Curtis- que le dan forma a un ensayo político conectando hechos y personajes públicos con ideas ocultas. Joe Biden, George Boole (el descubridor de la lógica de las computadoras), su hija Ethel (autora de una novela sobre el sacrificio del hombre que inspiró a los comunistas soviéticos y chinos), Geoffrey Hinton (tataranieto de Boole y experto en inteligencia artificial), el cineasta D.W. Griffith, Jian Qing (la viuda de Mao), Tupac Shakur o los Black Panthers, son algunas de las figuras que conectan imperialismo, conspiranoia y control de la población.

Es su tesis para demostrar que las sociedades forzadas a adoptar un ideal terminan en opresión, pero también, que el individualismo produce tiranos y demagogos. En un lienzo tan grande -en una red tan enredada- hay un patrón que se repite en el núcleo: a lo largo de la historia moderna las fuerzas primordiales del miedo, el orgullo, la paranoia, la codicia por el dinero y el poder destruyeron toda utopía política.

El primer capítulo, Bloodshed on Wolf Mountain, plantea una extraña hipótesis de lo que sucede cuando los sentimientos internos de las personas se mezclan con el poder en la era del individualismo. Cómo las esperanzas, los sueños y las incertidumbres dentro de la mente de las personas chocan con las fuerzas en decadencia del antiguo poder (en Gran Bretaña, Estados Unidos, Rusia o China).

El resultado es un bloqueo no solo en la sociedad, sino también dentro de nuestras cabezas, que nos impide imaginar algo mejor. Curtis une esos puntos aislados para cuestionar las estructuras de poder y las consecuencias del individualismo. O porqué tanto la ciudadanía como los políticos renunciaron a tener grandes ideas. Entonces busca las respuestas en las semillas de la paranoia estadounidense. En sus brotes y en sus frutos. El suelo fértil del asesinato de JFK. Las aguas de Watergate. El Valium vendido como inofensivo. Las soluciones tecnológicas que llevaron a una capacidad de vigilancia masiva y a un poder inimaginable (de un sistema de gobierno en la sombra) y el debate por la recolección de datos de los gigantes tecnológicos. La clave para comprender a la población humana actual, según el director, está en los patrones de comportamiento subconscientes. Y de ellos, asegura que el más contraproducente, “es uno que destruye cualquier sociedad de ensueños que podamos imaginar”. La idea de un poder detrás del poder termina por amputar cualquier intento de movilización, de acción o de nuevas propuestas.

“Pero no se puede simplemente culpar a las élites”, le explicó el director a la revista Wired recientemente. “Somos ustedes y somos nosotros quienes tenemos la culpa. En lugar de buscar un significado más profundo, buscamos patrones en masas de datos. Estamos excitados en lugar de pensativos”, señala. Y agrega: “Podemos decir que Internet ha influenciado en la forma en que pensamos. La gente como yo hace películas como un gran collage de imágenes y de historias. Es bastante parecido al modo en que funciona el aprendizaje automatizado. Ya no buscamos un significado lógico. Estamos buscando patrones y conexiones. Así es como funcionan las teorías conspirativas”.

Pensar que la CIA, Walt Disney y los Illuminati lavan el cerebro y controlan a las estrellas de Hollywood es algo difícil. Sin embargo, estas ideas aportan una dimensión mágica y épica, una alternativa a este mundo aburrido, desecado, sombrío y utilitario. “¿No es hora de que la política reconozca que la imaginación es fundamental?”, se pregunta Wired. La yuxtaposición de ideas –aún tiradas de los pelos, pero con algún punto de conexión aunque sea mínimo- puede construir un nuevo relato (como este mismo articulo, armado como un collage de fragmentos de otros artículos).

Este documental recuerda al académico Mark Fisher, quien argumentaba que el capitalismo ha delimitado nuestra imaginación política. Y el propio narrador reconoce como principal influencia la trilogía «Imaginationland» de South Park, «una de las grandes obras de arte de nuestro tiempo». Ahí vemos tres posibles futuros: uno comandado por una élite benigna a “a lo Biden”, otro plantea la muerte del individualismo a través de la vigilancia algorítmica “a la China” y una tercera vía, con un mundo en el que recuperamos la confianza y podemos imaginar algo mejor.

Tal vez Curtis tiene razón sobre nuestra situación actual. La sociedad se está rompiendo. La gente se siente impotente y a pesar de la cercanía emocional y social gracias a la tecnología, hay un aura inquebrantable de desconexión. Esta incertidumbre ciertamente estuvo presente antes de la pandemia. “La última verdad oculta es que el mundo es algo que hacemos. Y muy fácilmente podría ser diferente”, es la cita de David Graeber que abre el film. Si las conspiranoias nos alejan de la posibilidad de cambiar las cosas, si el poder es cada vez mas poderoso y se ha quedado sin ideas, entonces ¿por qué no hacemos algo? Al fin y al cabo, imaginar un futuro mejor puede ser un buen comienzo. Y también un buen fin en si mismo.