Ha regresado la factoría Tinelli con el Cantando, con todas las restricciones del caso, creando una burbuja apta para la evasión, necesaria como válvula de escape para la afligida psiquis de los argentinos. ¡Vaya que se lo extrañaba, entre tanto recuento de muertos, vacunas aún lejanas, predicciones apocalípticas de ex presidentes, una crisis económica de proporciones paquidérmicas!

Con sus caleidoscópicas proyecciones multicolor, su procesión de humanos improvisados entre profesionales de destacada trayectoria, las discusiones sentidas o guionadas, lo cierto es que es un oasis de escapismo entre tanta pálida que nos agobia.

Después de tres semanas de permanencia, en las que se cambiaron de lugar las cabinas cuasi bancarias del jurado, los conductores tomaron aliento y se afianzaron, los miembros del jurado perfeccionaron sus roles, puede decirse que el engranaje ha encontrado su ritmo y ya se perfilan ganadores y perdedores entre los gladiadores que ofrecen sus plumajes de pavo real a los pulgares del jurado y del sumo emperador que coordina todo entre las sombras.

El jurado, salido de una obra de Beckett por los personajes que encarnan Nacha Guevara, Pepe Cibrián y Moria Casán, tres vetustas glorias de la escena nacional, que oyen y ven deficientemente –ya sea por torpezas de producción en el sonido que le envían a sus cubículos, o la incapacidad de discriminar entre lo que se les presenta en vivo y lo que perciben de los monitores que tienen empotrados en sus gabinetes- brinda mini conferencias sobre aspectos técnicos del canto, de la puesta en escena, las coreografías, la cuadratura del círculo, la nueva vida bajo el régimen Covid, la supremacía China en el concierto de las naciones, los linajes familiares, la trayectoria de los astros, el amor en los tiempos del cólera, los reductores de carbohidratos, el precio de la achicoria, la energía que les sobra o les falta a los jadeantes participantes. Entre ellos se ha colado sangre fresca, la princesita Karina, de profesión cartera, ya que tiene una mochila repleta de facturas para repartir dado su historial de rencores y heridas que no terminan de cicatrizar. La pequeña figura, embutida entre semejante figurones, emite declaraciones afinadas sobre la técnica vocal y defiende la dignidad del género musical que la consagró, que muchos integrantes del concurso se empeñan en tomar a la chacota (“la cumbia es alegría, la cumbia es alegría” repiten un estribillo encantatorio), para no hablar del desconocimiento sobre su naturaleza que afecta a los establecidos compañeros de escaño.

Entre los participantes tenemos la antiquísimas rutinas de la todo terreno Carmen Barbieri, una especie de poli rubro de virtudes escénicas combinado con una ristra de tragedias familiares agridulces; el encanto y la desenvoltura de Miguel Ángel Rodríguez; y la casi incestuosa alianza de la rotunda Gladys –la bomba tucumana- y su retoño Tyago Griffo. Todos ellos hacen un recorrido seguro de la pista y –transferencia bancaria mediante- están bien predispuestos para recibir elogios y vituperios por partes iguales. En este grupo no desentona el carisma de Jey Mammón, que siempre deja una estela de alegría y desparpajo a su paso, por más que su Estelita sea humillada en un aquelarre público.

Después viene una zona intermedia conformada por una actriz de fuste –Laura Novoa- que tiene la desgracia de tener una voz mínima para el canto y un compañero con un ego que la opaca, Patricio Arellano. El íntegro Dan Breitman, que reluce en cada interpretación pero todavía parece intimidado por la feria de vanidades; y la espléndida Flor Torrente, que con su elegancia y corrección en los modales hace de la gama grisácea el tono de la temporada.

En un islote se empeñan tres profesionales de la factoría Tinelli: la agresiva audacia de Adabel Guerrero, esa chillona y curvilínea Blancanieves que vende Floppy Tesouro, y las excelentes dotes de bailarín de Facundo Mazzei, inocuas para un cantante con un sex appeal un tanto tosco que se compensa con la gentileza su acompañante, la novata Agustina Agazzani, convocada por haber sido un satélite de un nuevo rico que deja tendales de corazones heridos a su paso. Esta última combinación no ha sido exitosa… ya están fuera de concurso.

Descolla en cada interpretación el vozarrón y la gracia (bien detectada por la pantera de Mataderos) un tanto vintage de la majestuosa Ángela Leiva, que a su paso convoca los fantasmas de Lola Flores y Rosalía, pero que es tan nuestra como el encanto barriobajero de su acompañante, Brian Lancelotta.

En el rubro freaks tenemos dos productos de indiscutible proyección y que generan la saliva necesaria para discurrir sobre si son o se hacen: Karina Jelinek (ya desterrada en la segunda ronda, destino Ibiza con ¡oh novedad! su novia) y la pobre niña rica, la licenciada en Letras y actriz de frescos pergaminos, Esmeralda Mitre. El jueguito que propone Jelinek de sensualidad perversa tamizada con candidez e ingenuidad provinciana siempre es bienvenido; el desborde y la incontinencia de la niña patricia convocan tanto el horror como el asombro en cada participación. Tinelli lo sabe y le permite extensísimos derrames de sus cuerdas vocales -a veces está hasta 40 minutos en pantalla- ya sea berreando, interrumpiendo a los jurados, amenazando a los conductores, cercenando las posibilidades de su compañero, el virtuoso y atractivo Nell Valenti, merecedor de infinitas posibilidades.

Entre paréntesis, aparece un producto de la industria del chimento, Mariana Brey, enternecedora en su ansia de ocupar un lugar entre aquellos que ha admirado y/o vituperado, y una mercancía directamente trasvasada de un country, la futura abogada Lola Latorre, tan flexible como un junco seco, protegida por la Gorgona que encarna su madre, la esperpéntica y chirriante Yanina, que suele aparecer entre bambalinas para defender a su retoña de los embates de las redes sociales o del jurado.

Finalmente, tenemos el rubro jóvenes, dividido en actores e influencers, o la mezcla de ambos. Su abundancia renueva las agotadas retinas del espectador y alivia las arcas del productor, ya que su presencia debe ser harto económica. Entre los actores sobresalen el dúo conformado por Federico Salles y Cande Molfese, pura excelencia interpretativa; Sofía Morandi y Bruno Coccia, por la sensualidad y prestancia de ella y la desgarbada simpatía de él. Se destaca Agustín Sierra por su apostura, perseverancia y voluntarismo, no así por su canto que nos recuerda el croar de los sapos.

Entre los influencers a secas llama la atención otra de las ya consagradas estrellas del programa, Lizardo Ponce, que sólo está allí por ser una celebrity en las redes, puesto que tiene su mira en el periodismo que es lo que estudió en su Córdoba natal. Menos procaz que La Faraona, menos chocante y queer para las capas medias, su mezcla de timidez y adolescencia tardía –ya tiene 30 años- parece haber encandilado a las mayorías dada su nulidad en el terreno del canto, su desinterés por lo artístico. Pero por algunos de esos misterios que anidan entre el ojo de una cámara y el objeto que capta, su presencia convoca. Utilizando un término vintage, hay algo de chambón en él que resulta conmovedor.

El virus que nos azota se cuela en la presencia de la distancia entre los cuerpos y el exceso de pantallas de Zoom, los barbijos, en los reclamos de trabajo para los cantantes y actores que no pueden dar sus funciones teatrales y recitales, y en la violencia propia de una sociedad fisurada. Las discusiones no se limitan al terreno del canto y derivados, también se discuten trayectorias, hay acusaciones clasistas (“te falta barrio” dice una Nacha devenida en Tita Merello a un gorrión de barrio privado) y sexistas (le espeta su profusa lista de amantes a una sorprendida Laura Fernández). La inigualable intérprete del “Te quiero” de Benedetti y de “La canción del odio”, máxima referente del music hall nativo, loba disfrazada de corderita desde antaño –aunque cada día recuerda más al personaje de la “vieja Loló” que solía interpretar Diana Maggi- transforma su lengua en un vidrio cortante y acerado.

Pepe Cibrián, que eligió con falta de tino un papel de tío excéntrico distraído y bonachón, más apropiado para una comedy of manners inglesa que para el sarao de Tinelli, ya ha sido reemplazado: su blandura y falta de concreción discursiva han sido desplazadas por la dosis de testosterona que imparte Oscar Mediavilla, en su papel de macho hetero -necesario para que muchos de los televidentes se identifiquen- con sus definiciones cortantes y precisas: no le sentaría mal un atavío de amo sado, con mucho cuero negro y tachas. Moria hace su propio show, a veces acertadamente –sus expresiones mientras los participantes se desgañitan, algunas salidas ocurrentes-, a veces desatinadas: sus ataques a la juventud y valía de la conductora, su extrema verborragia de a ratos errática cuando ve su robusto ego en peligro. La princesita Karina crece con sus devoluciones –resumirlas ayudaría- y sus expansiones sentimentales; sin lugar a dudas, es otro de los puntos de atracción del programa.

Ángel de Brito azuza el fuego con preguntas muchas veces insidiosas que agarran con la guardia baja a algunos frágiles gladiadores o, a veces, parecen previamente ensayadas. Laura Fernández con su simpatía y entusiasmo, va esquivando misiles de los que le envidian su fulgor, sumando capacitaciones en su camino hacia el estrellato sintético sin escalas.

Con sus más y sus menos, sus tabletas para puntuar que no terminan de aceptar los empellones de los dedos del jurado, el espectáculo despliega entretenimiento por los cuatro costados y muestra una vez más la astucia, la sagacidad, la perversidad y la capacidad de Marcelo Tinelli para producir un producto que galvaniza a los argentinos, esta vez asumiendo riesgos en medio de un panorama por demás desolador.

Si este año no hay Bailando, larga vida al Cantando.