Por Ludmila Guer

Dedicó su vida al arte. Directora de cine, de obras de teatro, ha sido redactora para editoriales tanto de moda como arte. Su visión es amplia y siempre da lugar a la duda para que podamos sacar nuestra propia visión haciendo de sus trabajos un panorama infinito.

En el 2019 decidió con la editorial Mansalva sacar una trilogía de libros, el primero, A veces les digo mamá a mis niñeras, se caracteriza por ser despojado de vergüenza, lleno de caminos personales, frustraciones y amor. Es una melancólica empoderada.

¿Qué te llevó a escribir este libro, cómo fue el proceso?

Nunca había escrito un libro hasta el año pasado. Estaba en una etapa de muchos cambios personales y el libro se fue armando en medio de ese caos, en un loop pero casi sin movimiento, como inerte. Hace años que venía guardando pequeños relatos o poemas escritos en diferentes papeles de todo tipo. Y un día se me ocurrió que tal vez podría agrupar algunos que tienen un claro hilo conductor, y acompañarlos con imágenes de artistas contemporáneos, porque suelo mezclar disciplinas y mundos. Y ahí mismo empezó el proceso, con la idea.

¿Cómo fue la elección del poemario y los microrrelatos?

La elección la hicimos con Francisco Garamona y Nicolás Moguilevsky de la editorial Mansalva. Son mi editorial preferida. Si hay alguien con quién quería publicar, era con ellos. Sabía que una amiga los conocía y le pedí si me podía contactar. Los llamé, me presenté y les dije que quería tener una charla con ellos. Nicolás me recordó que nos conocíamos de mis épocas de cine, de cuando presenté mi corto “Fractales” en el MALBA y él estudiaba cine en la FUC. Nos caímos muy bien. El libro tiene un halo melancólico y romántico, por lo que la elección de los poe-cuentos, creo que fue Fernanda Laguna quien acuñó ese término, tuvo que ver con esa decisión editorial y personal. La temática en general aborda el desamor, los desencuentros, los loops constantes y el transformar a las personas en lugares y a los lugares en personas. Hay algunos objetos que se repiten como los aviones, las golosinas, las camas, y es ahí donde empiezan a invertirse los roles y son los objetos o lugares los que cumplen la función de escape literal y literario.

El libro tiene una característica muy particular, que es el arte contemporáneo que presenta, y su curaduría. ¿Cómo sucedió?

La curaduría, desde un primer momento, quise que estuviera a cargo de Victoria Colmegna, quien por suerte aceptó en seguida. Ella elegiría un artista plástico para ilustrar cada uno de los relatos, porque suelo mezclar disciplinas y mundos. Lo dejé en sus manos y creo que el acierto de su curaduría reside en esto, de darle otras capas de profundidad y resignificar los poe-cuentos con las ilustraciones, creando un diálogo. Y, al mismo tiempo, fue curándome a mí como personaje artístico junto con Cecilia Gerson, que las dos conforman Chamorro Prologues, y enmarcaron al libro con el prólogo y el epílogo. Ahí mataron a la Carola personaje, que era como si se hubiera comido a la persona real, se convirtieron en mis hadas y me devolvieron a la vida. Mataron a una Carola que se gestó a lo largo de los años en las mesas de Rond Point, en los teatros under, en algún festival de cine, en fiestas, y sobre todo, en fábulas intermitentes de cierto sector de Buenos Aires, y dejaron salir a esta otra Carola, la Carola persona, de su eterno encierro.Y eso fue lo más sanador que me pasó a mí en particular y lo que más diferencia a este libro de mis obras previas.

¿Quiénes son?

Son todos artistas plásticos muy reconocidos, como Alina Perkins (quien además hizo la obra de tapa), Lisa Signorini, Tiziana Pierri, Pato Lima y Ana Vogelfang. Con algunos ya había trabajado, y eso es interesante de mi laburo: me gusta formar elencos de gente que trabaja conmigo siempre, otras que no, y se suman nuevos colaboradores y hay recambios en cada proyecto. Pero siempre tienen esa dinámica familiar de elenco a lo Fassbinder, mi director preferido.

¿Cuánto tiempo te llevó escribirlo?

Los poemas los fui escribiendo a lo largo de mi vida y a medida que me fueron surgiendo, donde sea que estuviera y sobre el primer papel que encontrara: en bares, en aviones, en el colectivo y anotando las palabras como me venían a la mente, en libretas, servilletas, hasta en las zapatillas de un amigo. Pero supongo que el proceso, una vez que tomamos la decisión de hacer el libro con los chicos de Mansalva, llevó alrededor de un año y medio en completarse. Entre la selección de las obras, las correcciones y la edición, en las que me ayudó Caro Yañez, que también colaboró con la traducción a inglés junto con Cecilia Palmeiro, y el diseño de tapa y editorial, enviarlo a imprenta y demás, en poco más de un año estuvo listo y a la venta. Cabe aclarar que no vi a nadie de los que participaron durante el proceso del libro, todo fue a distancia, con llamados telefónicos y comunicación online, ya que varios de los colaboradores ni siquiera están en Argentina. Esto es algo a lo que ya todos nos estamos acostumbrando en esta “nueva normalidad” en que vivimos con la pandemia y la cuarentena, pero en ese momento no era lo habitual.

¿Qué fue lo que más te sorprendió de los lectores?

¡Básicamente me sorprendió que lo leyeran!. Tuvo muy buena repercusión y fue transversal. También me pasó que la gente me decía que lo leían muy rápido y se quedaban con ganas de más, y mostraban interés por saber cuándo saldría el próximo. Además, el libro es de algún modo interactivo. Porque incluye una especie de “desafío para el lector” que la gente puede completar cuando termina de leerlo. Y a partir de eso me empezaron a contactar a través de las redes para mostrarme sus respuestas, tanto amigos como desconocidos, siempre con la mejor vibra. Me sorprendió mucho que las personas se sacaran fotos con el libro y me las mandaran también. De ahí surgió la idea de ir subiendo esas fotos con el hashtag #CarolaEstáEnTodasPartes, que es además una frase que aparece varias veces en el libro, incluso a modo de extraña advertencia.

Ph: Tini Dragonetti.

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