Otra vez encerrados. Otra vez adentro.

Es el cuento de nunca acabar”, diria mi abuelita.

Y como en los cuentos, el héroe seguirá pasando por situaciones horribles.

Hasta que aprenda la lección.

El cobicho, la crisis que nunca termina

Dicen que en las crisis se esconden grandes oportunidades. Esto es así, pero el problema suele ser que durante la crisis no vemos la oportunidad. Solo podemos confiar en que está allí y seguir estoicamente el camino de la vida.

El virus nos trajo una gran oportunidad de crecimiento como individuos y como comunidad y recién estamos vislumbrando de qué se trata: una nueva manera de vincularnos con nuestro cuerpo, con la salud, con los otros, con el trabajo, con nuestros proyectos.

Todo se dio vuelta como una media y nosotros no podemos esperar que alguien de afuera venga a despertarnos de la pesadilla. Tenemos que tomar las riendas de este asunto, al menos en lo que nos toca a nivel personal.

Cuando no lo hacemos, cuando esperamos que los sucesos por si solos regresen al curso que tenían antes o que alguna figura de autoridad (papá, el gobierno, la OMS…) nos traiga la solución mágica, nos entregamos a un poder ficticio, que nos aleja de nuestro autentico poder.

¿Y de que se trata ese famoso “poder”?

Dejame que te lo explique chamánicamente.

El poder está en descubrir quienes somos

Uno de los caminos de conocimiento que he transitado es el de la Toltequidad. Es un conjunto de practicas derivadas de la sabiduría ancestral mesoamericana, que trajo al mundo actual gente como Carlos Castaneda.

Los tolteca fueron un grupo de intelectuales que vivió en el México Antiguo y que se abocaron a descubrir los secretos del Universo. Al explorar por sus propios medios descubrieron que vivimos en un mundo hecho de energía y que nuestra personalidad no es mas que un disfraz que nos limita para ver y ser en todo nuestro poder.

¿Cual poder es ese? El poder de Ser el mismísimo Universo moviéndose a través de la eternidad.

Agobiados por la obligación de cumplir con una forma de ser, comportarse tal como se espera de ellos, habitar su cotidiano en piloto automático, las personas pierden de vista que son campos de energía consciente y comienzan a creer en ficciones. El miedo los arrastra. Los vivillos los usan para sus propios fines. La enfermedad los toma desprevenidos y los hace trizas.

También podemos estar entrenados para no caer en estas trampas. Y no hay mejor maestra para esto que la muerte.

El encierro como recapitulación de la propia muerte

Las personas que hemos superado una experiencia cercana a la muerte hemos sido bendecidas con un gran regalo. Alerta spoiller: no todos vemos la gran luz blanca y a los ángeles saliendo a recibirnos. Lo que sí tenemos en común es que al volver tomamos una decisión: nunca mas vivir haciéndonos daño y dedicarnos a sacar el mejor provecho de la experiencia vital.

Los tolteca se encontraron con ese mismo fenómeno. Las personas que se acercaban al borde de la desaparición física contaban al regresar que habían recapitulado en un instante toda la vida, y que allí se habían encontrado con que no hubo momentos “malos”. La vida había sido un viaje exquisito, lleno de matices, texturas y sabores disfrutables.

Y allí estaba el fin. Y después del fin, el estallido de la conciencia, integrándose al Cosmos.

A partir de entonces esas personas que volvían de la muerte cambiaban para siempre en un sentido muy profundo: ya no le darían energía y atención a lo que no fuera realmente significativo, para lo que “no tuviera corazón”.

Prácticos, los tolteca dijeron “si la recapitulación de la muerte nos vuelve mas sabios, entonces simulemos la muerte estando vivos y traigamos esa conciencia al aquí y ahora.”

Entonces diseñaron practicas de encierro, por ejemplo en cajones similares a ataúdes, donde los buscadores de sabiduría pasaban una noche entera recapitulando su vida y dejando atrás todas las ideas ficcionales que los limitaban. Abandonando pavadas como el rencor, las imágenes distorsionadas de uno mismo, la ambición sin propósito, la permanente mirada hacia el propio ombligo.

Debe ser fuerte la experiencia de estar encerrados, en la oscuridad y casi ahogados, sin mucho mas que hacer que repasar los sucesos de la propia vida.

Bueno, el bicho nos puso mas o menos así.

Dale un uso chamánico a esta situación

Hay un tema de la Bersuit que expresa esta relación con la muerte de manera impecable: la Parca, dice, “detesta al displicente vividor”.

La Humanidad ha vivido de manera displicente desde hace siglos. Hacinándonos, torturando a la Naturaleza, consumiendo sin control, contaminando como si no importase nada, como si nadie mas fuera a venir después de nosotros.

Una pandemia es lo mas chiquito que pudo pasarnos. Y el encierro del que nos quejamos quizás es un clamor divino que nos invita a contemplar nuestra vida como en la recapitulación de la muerte, para hacernos una única, empoderante pregunta:

¿Qué es lo que ya no quiero cargar conmigo, cuando se abran las puertas?