Por Andrés Calamaro

Estas fotos reunidas como ‘Devenir Toro’ se conjuntan curadas por Rodrigo Cañete, selecto ensayista, profesor y teórico del arte plástico. Empecé a tomar estas fotos en la Finca de Gerardo Ortega, en presencia de Antonio Corbacho. Advertido por las dimensiones del escenario torero, cambié la Leica por un equipo similar al que usan los fotoperiodistas en la plaza, un lente de cien para el ambiente, y uno de 400 para el toreo.

En los callejones conocí a Anya Bartels y al conjunto de la gente del toro, así como hice uso de un abono en San Isidro, sacando fotos desde el tendido. Estimo que mi estilo es la proximidad, el retrato y los detalles. Estrené equipo en La México y seguí la serie hasta Nimes, cuando el encierro de José Tomás con seis toros y al mediodía. Sin los contrastes de las siete de la tarde di mi tarea por concluida. Había elegido la cámara como sitio desde donde aprender a ver toros y como bayoneta para ser parte de la liturgia ambulante, algunos de mis mejores amigos son toreros, todo el conjunto taurino humano me ha brindado amistad, gratitud y respeto.

Quizás estaba apto para volver a los burladeros sin la mochila y los bártulos. Antes (y después) de curar esta muestra, seguimos ordenando un libro con JEOS, el diestro fotógrafo de Madrid. El libro, de momento inconcluso, sigue mejorando. Elegir para un conjunto abundante de fotos es complicado, quizás esta muestra consigue resumir -en menos fotografías- el arco narrativo del toro «desde el campo hasta la espada». Curadas las fotos por Rodrigo Cañete, condimentadas por el comentario de Vicente Zabala y en las paredes de la galería de arte (Galería Azur), en Madrid y en mayo.

Por Rodrigo Cañete

La relación entre fotografía y tauromaquia ha sido bifronte. En su gran mayoría, los fotógrafos se han visto atraídos por el estilizado encuentro entre bestia y hombre. Rineke Dijkstra, por el contrario, se interesó en aquel momento en el que la adrenalina colapsa en agotamiento; cuando el torero ya no tiene fuerzas ni para posar. Contra lo que puede pensarse, a lo largo de la gran narrativa de la historia del arte, la tauromaquia ha sido usada para cuestionar lo heredado como cierto. Los bigotes con forma de cuernos que Diego Velázquez pintara sobre el retrato de un maduro Felipe IV en 1653, daban cuentas de la masculinidad comprometida de un imperio ya evanescente. Mientras en Francisco de Goya, el toro en tanto cifra de fantasía y realidad ponía en evidencia la estupidez humana; en Picasso, la tragedia devenía en farsa y el toro quedaba reducido a una caricatura de sí mismo.

La intervención de Calamaro opera en esta tradición pero ocurre en un contexto de guerras culturales y necropolítica. Para él, la faena es un modo codificado de incorporar la pérdida. Pero qué es una guerra cultural sino un debate teológico en el que una de las partes se niega a aceptar que lo suyo es también cuestión de fe? Qué es la necropolítica sino la transformación en cruzada de ese rechazo del libre pensamiento? En el centro de la religión: la hostia. En el centro de las guerras de corrección política: el círculo de arena de una Plaza de Toros. Otro círculo, esta vez transparente, hace foco, de la mano del artista, en una ofrenda sacrificial pero sólo para mostrar fragmentos. El marco está cortado y lo que la imagen representa es otro corte: el de la piel del animal. Como en la circuncisión judía, ese corte no separa sino que tiende puentes en el espacio y en el tiempo. A principios de los 80s, aquel joven rock star era colocado en el centro de la multitud para efectuar un corte similar; separando el horror de la democracia. Calamaro hacia de su cuerpo una ofrenda a una generación, primero perseguida y luego, puesta a morir en Malvinas y al hacerlo les permitía prometerse, al menos durante lo que duraba la canción, que la muerte no era necesariamente el fín.

Por Zabala de la Serna

El ojo mágico de Andrés es un ruedo vuelto del revés. La sensibilidad late por detrás del cristal, por dentro del objetivo, por el envés que es la película de Calamaro. Su carrete no se asusta cuando por el diafragma entran una estampida de toros, un rugido de verónicas, un alboroto de naturales, una polvareda de volteretas. Viene su máquina con el corazón abierto para abrazar la fuerza del toreo, su atávico grito, la caricia loca, sus mitos de piedra. Atrapó su alma la soledad quieta, la esencia y la cadencia, la cosa de las cosas. Andrés Calamaro es torero, ¡eso es!, y así su ojo mágico es un ruedo vuelto del revés.

 

Agradecimientos:

Maria Stola y Facundo Gaisler de Galeria Azur (galeriaazur.es / galeriaazur.com)

Rodrigo Cañete (loveartnotpeople.org)