Nos desespera hasta la muerte cuando no recibimos respuesta inmediata.

Me pregunto qué hacíamos cuando solo se podía esperar una carta, y una carta podía tardar semanas.

No hablo de la Edad Media. Hablo de hace menos de 50 años. En casa de mis padres no había teléfono, mi padre era marino mercante y esperar noticias suyas era un suplicio chino.

Pobre mi madre, en esa espera. Sin embargo, el mundo no se caía. Ella se ocupaba de lo suyo hasta que el cartero tocaba el timbre.

Hoy, si mi viejo sale a comprar pan, ella lo llama cada 5 minutos a su celular para preguntarle cuándo vuelve.

Nos hemos ido entrenando en esta manía de chequear el teléfono cada medio segundo, respondiendo como autómatas a las notificaciones, y estamos convencidos de que eso es “estar conectados”.

“¿Qué vas a hacer?”, me preguntaban mis amigos cuando me quejaba de la interferencia mental que me causaba tanto aparato, “¿Te vas a ir a vivir a una isla desierta?”.

 La ficción del aislamiento 

Existe un pánico naturalmente humano a quedar aislado. Supongo que viene a nosotros desde la Prehistoria, cuando separarse del grupo implicaba convertirse en el almuerzo de un tigre dientes de sable.

Hoy el peligro es otro y parece banal a primera vista: no enterarse de quién engañó a quién en la oficina o ver la foto vergonzante del político de moda. Situaciones sobre las cuales no tenemos el más mínimo control ni traen consecuencias significativas para nuestra vida. Datos que están allí, llenando la memoria interna del dispositivo, pero también la nuestra, ocupando espacio de almacenamiento en nuestro cerebro y desviando atención y energía hacia la superficialidad.

“Entonces, ¿cuál es la alternativa?, ¿vivir aislados?”

La primera vez que me mudé al interior –a principios de los 90s– me fui al lugar más apartado que pude encontrar. Estaba harta de los interminables y absurdos reclamos telefónicos y presenciales en los que se había convertido mi trabajo, donde –además– ganaba muy mal.

Me fui a vivir a un pueblo de 300 habitantes, en la Puna, a más de 3000 metros de altura. Sin teléfono y sin internet. Tampoco teníamos tele y la radio que llegaba era la local. Mucha naturaleza, paz, paisajes soñados. Muchas charlas en la vereda. Historias de aparecidos. Bailongos con acordeón y cerveza.

Era imposible ser invisible. Y lo pagué caro.

En los pueblos sin internet también hay redes de intriga, información que circula. La diferencia es que en lugar de circular por WhatsApp los chismeríos viajan de boca a oreja en los bares, cocinas y zaguanes.

Lo que quiero decirte es que el aislamiento es un relato. No existe forma de estar desconectado. Los seres humanos somos seres de conexión. Nuestras neuronas son un espejo bastante preciso para esto: no existen en forma aislada. Si no nos conectamos a través del celular, nos conectamos con el cuerpo. Si no nos conectamos con personas, nos conectamos con otras formas de vida, como cuando abrazamos a nuestro perro o le hablamos a las plantas.

La única forma de que el aislamiento fuera real sería viviendo en una cápsula en el espacio.

Y ni siquiera, porque seguramente nos llamarían desde la Tierra para preguntarnos cómo va todo o hacernos una entrevista.

 La cuestión no es el aislamiento, es la información 

No creo que scrollear todo el día nos haga sentir conectados. Creo que nos hace sentir informados. La información es poder, nos dijeron, y nosotros compramos. Depende de cómo la administremos, diría yo, pero eso es para otro post.

Ante todo, queremos saber, porque eso nos hace sentir normales. Nos avergüenza, humilla y deprime si en medio de un debate sobre el último estreno del cine nacional desconocemos los nombres de los actores. “¿Qué te pasa, vivís en un termo?”, se ha convertido en un insulto altamente efectivo.

En teoría, contar con más información suele ser una herramienta de supervivencia exitosa para el ser humano, pero es cierto que la habilidad de utilizar esa información de manera eficiente no es equivalente al monto de bits incorporados.

Existen otros factores, entre los cuales la atención es fundamental. Si nuestra atención está fragmentada en cientos de direcciones diferentes (algo que nuestras pantallitas brillantes propician), perdemos el foco. Si perdemos el foco, perdemos capacidad de impacto en nuestra realidad.

No solo es una cuestión de concentración, es un asunto de cómo los seres humanos creamos nuestras circunstancias y oportunidades a través del uso dirigido de nuestros recursos conscientes. Cuando estamos dispersos, en lugar de construir nuestro proyecto, terminamos viviendo una experiencia de realidad consensuada, como si fuéramos arrastrados para aquí y para allá por las olas de la corriente humana. La vida se convierte en un nebuloso y anestesiado sueño colectivo.

 Te propongo alternativas 

El experimento de vivir en la Puna me salió mal, lo reconozco, pero insistí. Ahora vivo en la sierra y aprendí a modular mejor lo que digo y hago para no volver a pisar el palito de la intriga pueblerina.

Pero en el camino aprendí algo más: y es que existen muchas otras redes con las que podemos conectar además de las digitales, y que nos brindan una información de calidad muy diferente.

Quizás ni sepas que información te estás perdiendo al mirar tantas horas la pantalla, por eso me parece oportuno hacértelo saber.

Aquí vamos:

La red natural. No sé si lo sabías, pero los árboles se comunican entre sí a través de una red de comunicación formada por los hongos del sustrato. Debajo de tus pies, cuando caminas por un bosque, se están transmitiendo con señales químicas las ultimas noticias acerca de algún incendio en las inmediaciones o la aparición de alguna especie exótica. A través de estas redes los arboles pueden también enviar asistencia biológica a plantas en crisis y otras movidas así.

Tal vez no es mala idea que un día de estos te tomes unos minutos para caminar por un lugar natural y hacer la prueba de colocar tus manos sobre el suelo. No te aseguro que vayas a entender el diálogo del reino vegetal, pero vale la pena soltar el teléfono para “sentir” con tus manos el lado verde del mundo.

La red de conciencia humana no-local. Lo llaman campos mórficos y es como la gran nube donde se almacena la información referida a nuestra especie. Cada persona que ha existido ha dejado su huella allí. No es un concepto religioso sino científico, y es algo interesante de explorar. ¿Ya estás buscando información sobre este tema en internet? Muy gracioso. Por supuesto, la posibilidad de investigar es una de las funciones más transformadoras de conciencia que nos ofrece nuestra tecnología actual. Investiga la nueva ciencia: te mostrará una descripción de la realidad muy distinta a la que te enseñaron en la escuela.

Ahora bien, mientras tanto, te propongo que te tomes unos minutos al día para cerrar los ojos y conectar con esa red trascendente a la manera ancestral: a través de la intención, que es sencillamente atención dirigida. Hay mucho para aprender en la Gran Biblioteca del Pensamiento Universal y está a tu alcance si acallas tu mente y formulas preguntas claras.

La red humana local. Quizás lo vintage no te atraiga mucho, pero hubo un tiempo en que los romances comenzaban con un café de por medio y las despedidas se consumaban mirándose a los ojos. Hubo un tiempo en que los amigos se encontraban en la esquina para organizar un picado y que las chicas se juntaban en lo de la Susy para contarse los pormenores del último escándalo del barrio. No fueron mejores tiempos. Fueron diferentes. Y en la diversidad –entiendo yo– está nuestra fortaleza, el auténtico poder.

Te propongo que hagas espacio en tu vida para más encuentros reales, en vivo y en directo. Que saborees un asado en el que todos los invitados apaguen sus celulares o que le preguntes a tu tía por esa receta de ñoquis en lugar de googlearla. Que vuelvas a consultar a los transeúntes locales cuando te pierdas en una calle en lugar de activar tu GPS. Que converses con la señora que espera el colectivo en la misma parada que vos en lugar de incrustar tu frente en Youtube. Te vas a sorprender de cuánta belleza hay en esos intercambios personales, humanos, sensibles.

La red del misterio. Hace unos años hice un pequeño experimento. Durante un día entero no encendí ningún aparato electrónico. Todavía no vivía en la sierra, así que la posibilidad de dar un paseo por el arroyo no estaba en el menú. Sólo cabía estar en mi casa o dar una vuelta por la ciudad. La dieta electrónica incluía no encender la compu, ni el celu, ni la televisión o la radio. Era una restricción áspera, pero yo quería saber cuánto duraba sin volverme loca. Te cuento que hubo momentos de desesperación (“¿Y si alguien me llama de urgencia?”) que regulé con relativa elegancia y también momentos en los que pude atender asuntos domésticos postergados. Algo que resultó muy útil, claro, pero tremendamente aburrido.

Y en algún momento de ese día electronic free, algo pasó. Un súbito despertar, una revelación, pero no intelectual. Una experiencia interna de calidez, la sensación de estar con alguien a quien hacía mucho tiempo que no veía, que extrañaba sin haberme dado cuenta. Me había encontrado conmigo misma, y no es un cliché. Me había encontrado con el silencio y ese silencio no estaba vacío, sino pleno. En el silencio y la quietud había música y energía y posibilidades.

Ese experimento no me convirtió en una fanática anti-tecnología. Por el contrario, me hizo valorar más adecuadamente el lugar que tiene en mi vida. La necesito para trabajar, para buscar datos, para comunicarme con mis alumnos y amigos que están lejos, para escribir y enviar por mail esta nota. Pero también necesito los abrazos reales y no de emoticón, las caminatas en silencio y escribir cartas en un papel. Necesito pintar un corazón en lugar de clickearlo. Necesito que cada tanto “se detenga el mundo” y sonreír pensando en que todo puede estallar y yo tomándome mi copa de vino junto al fuego lo más tranquila.

A veces, es imprescindible apagarlo todo para escucharnos y conectar con nosotros mismos y nuestras necesidades. ¿Cómo podríamos –si no– elegir las opciones más saludables para nosotros?

El problema no es el celular, los pop-ups, las redes o las conspiraciones. El problema es que estemos convencidos de que no podemos elegir otra cosa. El problema está en nuestra renuncia al poder de decidir, nuestro miedo a quedar como raros, nuestra obediencia al comportamiento consensuado.

El mundo no se rompe si apagás tu celular por un día.

Pero puede que abras la puerta a un universo de posibilidades.

¿Te animás?