Adaptación muy libre de la novela homónima de H. G. Wells –toma los elementos propios del género ciencia ficción- el film escrito y dirigido por el australiano Leigh Whannell (La noche del demonio: Capítulo 3, Upgrade: Máquina asesina), reelabora la archiconocida historia desplazando el foco narrativo hacia el personaje de la esposa del científico, Cecilia Kass (Elisabeth Moss), y la transforma en un virtuoso ejercicio de terror psicológico.

Una vez muerto él, la mujer seguirá sintiéndose acosada, asfixiada, sufriendo los terribles abusos que motivaron que escapara de su lado. A diferencia de Durmiendo con el enemigo (Joseph Ruben, 1991), donde una joven Julia Roberts sufría las de Caín por otro monstruo adepto al control, veremos los malos tratos no durante la relación, sino una vez que Cassie se ha mudado a casa de James (Aldis Hodger), un morocho más apto para protagonizar una fantasía erótica que el papel de policía y padre protector. Por qué se muda con este personaje y su hija, el film no lo revela, como también ofrece muy poca información sobre el pasado de los personajes. Es como si el adaptador hubiera optado por un enfoque basado en el aquí y ahora, nada de ramificados pasados para los personajes, y dejara que el espectador rellene con su imaginación la información faltante, como por ejemplo, por qué James es tan relevante en la vida de Cassie y de su hermana (Harriet Dyer), una abogada que aparece puntualmente para anunciar varios de los sorpresivos giros del relato. Puestos a imaginar, se nos ocurre que es por su profesión, su formidable estado físico -que deja esmirriado a cualquier otro personaje masculino de la película- y porque ya es padre y ofrece un paraguas protector bajo el que guarecerse. No hay –aparentemente- tensiones eróticas entre James y Cassie; no hay peligro de quedar embarazada a su lado.

Igual, las objeciones son mínimas. El hombre invisible constituye un incontestable entretenimiento, paseándose con solvencia por muchos de los recurrentes tópicos del género de horror: chica sola en una habitación en penumbras, abriendo una puerta que no debe franquear, citándose con familiares en lugares públicos para evitar cualquier violencia y… siempre acechada por el monstruo patriarcal. El guion de Whannell se desovilla en una fina hilacha que se columpia entre la eficacia y el mal gusto, al invocar el tema de la violencia hacia las mujeres con fines recreativos. Una cosa era ver a la pobre Ingrid Bergman sufriendo las torturas de un marido que la quería hacer pasar por loca en 1944, en La luz que agoniza (George Cukor), y otra cosa es ver a Elizabeth Moss después del #MeToo, reducida a golpes cada 20 minutos.

Moss es una formidable actriz, más parecida a Bette Davis que a la Bergman o a la Roberts, carente del aura estelar de las tres, aunque capaz de manifestar convincentemente tanto tenacidad como vulnerabilidad. Desde su salto a la fama en la serie Mad Men, Moss ha mostrado una particular sabiduría a la hora de elegir sus roles, muchos de ellos mujeres empoderadas guiadas por una feroz determinación. Entre sus protagónicos, se destacan la detective Robin Griffin en Top of the Lake, la áspera serie realizada por la neozelandesa Jane Campion, y la rebelde June Osborne de El cuento de la criada.

En cine, fueron llamativas sus participaciones en The Square (Ruben Östlund, 2017), Nosotros (Jordan Peele, 2019), y sus protagónicos bajo la dirección de Alex Ross Perry en Queen of Earth (2015) y Her Smell (2018).

Para quienes busquen la sustancia que El hombre invisible adelgaza al reducir los contextos de los personajes y sus interrelaciones eligiendo la vía del entretenimiento más desembozado, el tema del maltrato a las mujeres por parte de sus maridos tiene en la española Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003) un tratamiento realista y dramático, y ofrece una indagación profunda sobre sus causas en el contexto de una sociedad más parecida a la nuestra. De manera más focalizada, la neozelandesa El amor y la furia (Lee Tamahori, 1994) radiografía los orígenes y las causas culturales de la violencia hacia la mujer en medio de una familia descendiente de guerreros maoríes.

Ambos son films de visión imprescindible.