En su última producción, el australiano Baz Luhrmann (Moulin Rouge, El gran Gatsby), afincado en la provincia de la extravagancia y el exceso, propone una cabalgata por hitos de la vida de uno de los grandes mitos artísticos del siglo pasado, Elvis Presley.

Director de brocha gorda si los hay, no hay que pedirle exactitud en la data biográfica, ni una reflexión sobre un hombre que de la más extrema pobreza llegó a ser uno de los más ricos de su país, malogrado tanto física como artísticamente demasiado temprano. Sí hay que pedirle que nos entretenga con sus cristalitos de colores y nos emocione. Y justo es decir que lo logra con creces.

Para eso cuenta con una producción generosa y una multiprocesadora de última generación en cuanto a recursos musicales y de montaje, donde macera las voces del prócer, de quien lo imita, y de varios artistas contemporáneos, además de una reconstrucción de época ampulosa. Más que decir que Luhrmann “escribe” con la cámara podríamos decir que “remacha”, poco queda librado a la imaginación. Elvis es lo máximo que se le puede pedir a un biopic que se ofrecerá de tarjeta de presentación a las nuevas generaciones para que se acerquen a la existencia del ídolo del pop que precedió a The Beatles y a Michael Jackson, entre otros. Un muchacho apolíneo que hacía que las muchachas gritaran orgásmicamente ante sus contoneos de pelvis, que desparramaba un salvaje erotismo sobre los escenarios con sus gritos, que erizaba los pelos de la nuca de los padres y de las asociaciones encargadas de velar por el buen gusto y las conductas apropiadas de la época.

Ahí están la infancia paupérrima en medio de poblaciones negras, la absorción de su asombrosa música por parte de un muchacho blanco que gozaba de la fortaleza de dos toros porque al nacer se había quedado con las energías de su mellizo, fallecido durante el parto. Ahí están el pegoteo con la madre y el vacío dejado por un padre que parece pintado. También vemos al artificioso coronel Parker (Tom Hanks, con un maquillaje tan exagerado que lo ha transformado en Jabba El Hut de El retorno del Jedi) dispuesto a llenar cualquier hueco en la vida del muchacho, desplazando a madre, padre, novia, y a cualquiera que se le ponga al lado, en pos de guiarlo hacia la producción de dinero en demérito del bienestar artístico, físico y emocional de su protegido.

Luhrmann deja en manos del coronel la narración, y la voz de Hanks –como la de un encantador de serpientes- nos acompaña en el proceso de saneamiento del héroe: su emasculación durante los dos años de servicio militar en Alemania; el encapsulamiento en 31 bodrios hollywoodenses que lo transforman en un robot que canta desde los ritmos más azucarados a canzonetas italianas y que demuestran que lo suyo no era la actuación; el largo romance con Priscilla (Olivia DeJonge), una menor de 14 años que recién tuvo el permiso para casarse a los 21, mientras Elvis entraba y salía de Ann Margret, Rita Moreno y Natalie Wood, entre una pléyade infinita de desconocidas. Saneado el héroe también lo es el espectador: no fueron los músicos los que le brindaron la primer anfetamina al cantante para que rindiera más, sino un compañero del ejército para que tolerara mejor los rigores del entrenamiento. Amén que Elvis sentía una poderosa atracción hacia las adolescentes…

El espíritu castrador del coronel no logra imponerse ante la asfixia espiritual, creativa y material de Elvis: en el año 1968 necesita un desafío artístico, resucita la llama rebelde y graba un especial televisivo -a espaldas de la larva explotadora- que lo vuelve a catapultar a los primeros puestos en las apetencias del público. A esto seguirán infinitos conciertos en Las Vegas, una cárcel –otra- en que lo encierra el coronel, transformándolo una vez más en una vaca generadora de ingresos sin importar que la pastura que ingiere esté infectada de drogas medicadas en cantidades asombrosas. Boqueando, con la apariencia física de su mánager, aprisionado como un matambre dentro de catsuits diseñados especialmente para él, llegará a los 42 años, habiendo perdido en el camino a Priscilla y el dinamismo artístico que lo propulsara al estrellato. El proceso saneador en esta segunda etapa de la carrera del astro borra su alianza paranoica con el presidente Nixon y el FBI, para salvaguardar los valores estadounidenses de la amenaza roja o hippie, para el caso da lo mismo. En su lugar, Elvis aparece como un demócrata llorando los magnicidios de Martin Luther King y Bobby Kennedy.

Lo cierto es que dentro de los espasmos narrativos de Luhrmann, más moderados en la segunda parte del film, hay detalles para conjeturar que Presley nunca dejó la adolescencia, que siempre estaba rodeado de sus amigos (“la mafia de Memphis”), que complacía a todo el mundo con tal de no quedarse solo, y que necesitaba ser guiado. Por eso la vulnerabilidad fronteriza con la sumisión ante las figuras de la mamma y el manager.

Austin Butler se luce con su imitación del astro. Físicamente es muy parecido, aunque su rostro de perfil se asemeja más al de Elvis que de frente: el astro, de joven, tenía unas mejillas lijadas en seda; las de Butler son redonditas como manzanitas. También la gestualidad es apropiada, y su voz, que aparece en ciertas canciones, aceptable.

En Luhrmann hay más de una idea feliz que aprovecha las potencialidades del medio cinematográfico: juntar en una misma secuencia la fusión de dos estilos musicales provenientes de la minoría negra, ambientándola en el ámbito paroxístico de una iglesia en la que sus integrantes necesitan ser exorcizados, es un hallazgo. El complot para crear el especial televisivo de regreso se ambienta en el espacio de las desvencijadas letras que anuncian el cartel de Hollywood, subrayando lo deteriorada que está la carrera cinematográfica del ídolo. Un paseo por la calle junta a Elvis con dos figuras nutricias de la música interpretados por artistas de color, de manera tan artificiosa como podría darse en un musical clásico de la MGM.

Las tareas de saneamiento no hieren al personaje ni al film como lo hicieran con el pobre Freddie Mercury en la banal Rapsodia Bohemia. Y si bien es menos ajustada narrativamente que la biografía musical de Elton John (Rocketman), hay segmentos en Elvis que muestran una creatividad en la puesta en escena y en recursos de montaje de la que Ken Russell, como precursor, se sentiría orgulloso.