Pasó más de un año desde tu asociación con el colectivo Actrices Argentinas y tu denuncia por acoso. Ahora volvés al teatro con la obra WATT en el teatro Sarmiento, dejando la TV atrás, y protagonizando WATT que fue la primera obra de Leticia Mazur e Ines Rampoldi, originalmente compuesta y estrenada en 2004, la cual hoy es integrante de una retrospectiva completa de la obra de Mazur. Sobre todo, es una obra en la que la noción de la improvisación está muy presente. ¿Cómo nació el proyecto de actuar en WATT?

Sí, estoy un poco a flor de piel respecto a todo lo que uno pone en juego en este momento de creación, con este tipo de material y con la improvisación en particular. Me sale primero hablar de improvisación porque de esto habla la obra y de esto trata mi vida últimamente. En WATT no es lo mismo tener algo aprendido y hacerlo, simplemente porque se trata de la experiencia del cuerpo presente en este tiempo, en este espacio, en relación con lo que está sucediendo en este momento y con el público. También implica dejar que emerge o que hable este cuerpo, su esqueleto, sus huesos, en vez de la idea de cómo tiene que ser una escena, una decisión estética, una intención o cómo habría que contar algo.

Sí, se nota que obra sale del esquema clásico de la narrativa teatral y de hecho en ningún momento la obra cuenta un relato preciso. Las únicas voces que se escuchan explican que la aventura se encuentra justo en este efecto border de la obra. ¿Cada noche es un nuevo desafío para vos?

Sí, es el desafío de no querer contar nada preciso. Cuando aparece algo para contar, se trata de poder recibirlo, darle valor para después desarmarlo enseguida, como un parir y morir y parir y morir, bailando entre muerte y vida todo el tiempo. Se trata de aceptar soltar las ideas para dar lugar a otra cosa, de dejar morir lo que surge sin aferrase y con generosidad, con una presencia amable con una misma. Acá, esta obra te pide un poco más, te pide cierta inteligencia emocional, como poder dejar de hacer para poder ser.

Este movimiento de adentro para afuera, casi, sería un poco Shakespeariano, ¿no? Cuáles son los aspectos que fuiste descubriendo, y que decidiste conservar y trabajar en la obra?

Hay cosas que van apareciendo, porque está en juego todo lo que una es, todo lo que a una le da miedo, todo lo que le gustaría que pase. Los mundos y los imaginarios de cada uno de nosotros tres, los bailarines que protagonizan esta obra, es muy distinto. En mi caso, hay algo que estoy explorando que tiene que ver con lo bestial, como una belleza bruta, la belleza de lo raro. Últimamente me encuentro más atraída por cosas que no aparecen subrayadas o como una obviedad.

© Pablo Astudillo

Justo se trata de una vuelta al escenario en la que todo pasa por la expresión de un cuerpo libre, inspirando a la vez sabiduría y admiración por la belleza de la performance en si. Para vos, sería como una forma fuerte y sutil de salir del encerramiento de una particular consideración de la belleza, como escapar de este cliché de la mujer objeto. ¿La bestialidad humana es uno de los hilos que fuiste encontrando en esta obra?

Sí, fue esto de encontrarme con mi bestia, como si cada vez le permitiría que aparezca más, pero no para destruir y romper todo, no como algo catártico o del Demonio de Tazmania, sino que aparezca para embellecer bestialmente, sin códigos. Me enseña a mi a ser bella de esta forma y me lleva a ver y soltar todo lo que culturalmente tengo aprendido, dejar todo lo que como actriz y modelo tenía hecho carne. Me lo tomo como una experiencia personal y como mujer, aprendi a darle lugar a mi bestia, cerca mía, de una forma no tan extrema como pudo expresarse en mi adolescencia, por ejemplo.

Hace pensar en la viejita sabia que va a despertar a la loba interior, en el libro Chicas Muertas de Selva Almada, en donde la viejita, cada día, tiene que volver a buscar la loba…

Claro (se ríe), porque la bestia no se queda, hay que ir a buscarla! Es mas fácil que la bestia se quede adoctrinada, ordenada, y hoy para una mujer, para la que quiere decidir qué sí, qué no, o qué esta bien o mal, se quede afuera. Para mi esta obra en un punto es como si fuera una posibilidad de entrenar a mi bestia.

¿Decís de adoptarla en vez de querer domarla?

Sí exactamente! Pero pasé 30 años queriendo domarla, ya no quiero!

© Pablo Astudillo

Más allá del diálogo de cada uno con su propia bestia, la noción de la transmisión está bastante presente en WATT también. Hay muchos espejismos entre los tres bailarines en escenario. ¿Qué dice para vos la palabra transmisión entres artistas, entre mujeres, entre directora y actriz, entre mentora y acólita, etc?

Una de las intenciones artísticas de la obra es esta: compartir presencia y relaciones con otros. Hace 15 años atrás, cuando Ines Rampoldi y Leticia Mazur crearon la obra, la idea nació vinculada con la noción del placer de bailar. Por ejemplo, con tanto deseo de profesionalismo y estos cuerpos tan entrenados, qué pasa con bailarines profesionales en situación de boliche? Entonces, lo que intenta recuperar WATT es el goce puro, este goce de bailar y dejarse llevar que todos podemos experimentar sin ser profesionales.

Hay una parte de la obra muy linda en la que bailan sin música

Es una parte también muy necesaria para volver al cuerpo como herramienta. Como bailarines contemporáneos, aprendemos a bailar sin música aunque sea la obra más musical que he hecho en mi vida! También, cada uno de los actores tenía una temática musical para trabajar y descubrirle los detalles, los matices. Para mi, mi tema es un desafío porque es uno de los más lentos, el único con este color cuando todo el resto de la obra es más arriba, en cambio, en la lentitud, hay decisiones para usar y descartar.

¿Por qué reestrenar la obra ahora, 15 años después?

La obra es relevante, hoy se vuelve muy actual, y especialmente vigente en los colores y sonidos tal cual es y era en 2004. Es la misma composición musical, la misma estructura, el mismo orden. Manuel Schaller, que es un monstruo musical, un genio, está haciendo una reversión de la obra. Por ejemplo, puso cintas analógicas con las voces de las directoras para que aparezcan en la obra. En el proceso de este reestreno, la viejas notas de ellas, las experiencias que tuvieron, las vivencias y sensaciones, esto estuvo muy a mano para nosotros. Hay una decisión de remarcar hasta conservar el paso del tiempo.

© Pablo Astudillo

Hoy estás siendo dirigida por Leticia Mazur e Ines Rampoldi, quienes son dos mujeres artistas y autoras, coreógrafas, directoras, bailarinas y feministas. ¿Qué sentís a la hora de estar dirigida últimamente por dos mujeres?

Para mi, el proceso de haber sido dirigida por dos mujeres y especialmente por ellas ha sido hermoso y muy amoroso, de mucha entrega y de mucho diálogo. Muy pocas veces se puede entrar en una dinámica tan desprejuiciada. Fue un proceso bastante horizontal y con ellas, yo me mando!

¿Cómo se conocieron?

Las conocía por su trabajo con Diana Szeimblum y ellas por mis trabajos en la tele. Todo se fue gestando a través de la confianza, por eso también nos dejaron trabajar solos entre bailarines porque sino, la obra no sucede. Nos complementamos bastante, porque tenemos formaciones muy distintas pero a través de esta decisión clara de generar conexión y complicidad, de querer tomar uno del otro y con Flor especialmente, la otra bailarina, creció y se hizo cada vez mas fuerte esta voluntad de arrojarse al abismo juntas bajo este leitmotiv: ante la duda, saltá!

¿Por esta razón dirías que la obra es feminista?

La obra es absolutamente feminista y lo reivindico! Yo puedo saltar porque está la otra y eso es lo que hace la obra muy actual también. Todo el tiempo estoy salvada por ella y viceversa, para salvarnos, regularnos, equilibrarnos o cubrirnos, una queda atrás de la otra como para chequear que no acontezca nada, para protegernos.

 

Ph portada: Martin Sarrabayrouse.