Para mis mentores de espiritualidad nativo americana lo que sucede en el mundo de hoy tiene una explicación muy sencilla: estamos transitando la Era del Coyote.

El coyote es ese animal que conocemos por perseguir al correcaminos sin descanso, utilizando una serie de artilugios y trampas ACME en las que finalmente cae él mismo. En la literatura antropológica este arquetipo es habitual. Es lo que se conoce como trickster, el burlador burlado.

Aquí en Sudamérica lo encontramos en mitos y leyendas como la zorra, y los africanos tienen su propia versión: el chacal.

El trickster tiene una cualidad didáctica: nos muestra esos aspectos de nosotros mismos que habitualmente no vemos, disfrazado en forma de animal, oculto tras una entretenida historia. Pero en el fondo, las enseñanzas que nos trae son profundas y reveladoras.

El coyote cae siempre en las trampas que el mismo puso. Vivir en la Era del Coyote implica que estamos –como Humanidad- pisando las bombas enterradas que nosotros mismos dejamos ahí.

Las trampas que nos pusimos

– La tecnología que desarrollamos hasta lo subatómico para hacer nuestra vida más cómoda está matando la única fuente de vida que tenemos: la Tierra.

– Las ciudades y el sedentarismo, inventos que estaban diseñados para darnos seguridad, nos conducen a la muerte en un día cualquiera, en la esquina de nuestro barrio, si no nos mata antes el estress o la soledad.

– Los objetos que hemos creado para nuestro placer nos atan a un carrusel de deudas, adquiridas para pagar lo que aún no hemos comprado- y como si eso fuera poco- cuanto más tenemos, mas sentimos que algo fundamental nos está faltando. Algo que ni siquiera sabemos que es.

– Los medios de comunicación, que llevamos al clímax de abundancia de información para colmar nuestra aspiración de saber, terminan siendo volquetes de fake news y escraches malintencionados, al punto de que ya nadie cree en nada ni en nadie.

– Los sistemas que inventamos para que organicen nuestra vida (gobiernos, instituciones, leyes), nos han enredado en un laberinto absurdo donde el más obediente puede perder todo lo que tiene. Nos dicen “tú decides” y nos dan un papel para meter en una caja, pero la decisión está bien lejos de ser “nuestra”. Los gobernantes juegan a ser buenos vs. malos, mientras brindan juntos, en copas ensangrentadas, el triunfo de un año más sin estallido social.

Mientras tanto, experimentamos una larga tristeza en el alma y la vaga sensación de ser ajenos a todo esto.

Entonces, ¿Qué hacemos?

La Era del Coyote no es un castigo, ni una arbitrariedad: es la madre de la oportunidad.

Si el Coyote del dibujito pudiera detenerse por un instante y preguntarse ¿Por qué confío mi subsistencia a estas máquinas que están provocándome tanto dolor?, ¿Por qué no procuro mi alimento de otras maneras, como lo hicieron mis ancestros coyote que me precedieron? El coyote de la caricatura está siempre solo, ¿será que el aprendizaje es a reunirnos con los demás, y sentarnos a reconocer nuestros errores y buscar formas más saludables de vivir?

¿Será que tenemos que dejar de ver en el correcaminos a nuestro enemigo y el causante de nuestras penurias y darnos cuenta de que solo nosotros somos los responsables de nuestro destino?

Existen algunos cambios que podemos hacer, algunas alternativas por las que podemos optar. El impacto necesario siempre es en lo colectivo, pero el impulso inicial lo podemos dar cada uno de nosotros, desde su parcela de existencia:

Elegir ser auténticamente nosotros mismos. Dejar de inventar excusas para expresar nuestra verdad. Priorizar el ser sobre el tener y lograr. Detenernos a admirar el paisaje.

Reconocer el poder en nosotros mismos. Porque aquí nadie vendrá a salvarnos desde afuera y el tiempo de “el que no llora es un gil”, ya prescribió. Habrá que revisar las propias creencias y estar atentos a cuanto poder renunciamos cuando dejamos que otros hagan por nosotros.

Reemplazar las revelaciones con experiencia personal. Re-aprender a escuchar la voz de la propia sabiduría, entrenando las capacidades chamánicas que cada uno de nosotros ya trae, esto es: ver con nuestros propios ojos y decidir con nuestro propio criterio.

Expresar plenamente lo humano. Buscando la definición de lo humano en nuestro propio corazón, donde siempre estuvo y no en los libros que nos quieren explicar quiénes somos y cómo comportarnos para ser considerados “normales”.

Regresar al Hogar Madre Naturaleza, de la que nos fuimos alguna vez. Cultivar nuestros alimentos. Amigarnos con las criaturas de muchas patas. Celebrar bajo la luz de la luna que podemos bailar, cantar y viajar en los sueños.

Aceptar que el mundo tal como lo imaginaron los próceres de la Revolución Industrial no funcionó. Lo siento por las molestias, amigos, pero los recursos naturales no son infinitos y estar atados a un empleo que nos destruye el alma solo para pagar la tarjeta de crédito no es la vida digna que nos merecemos.

Tomar el comando de nuestra capacidad de crear, haciendo oídos sordos a los que nos dicen que es mejor renunciar al sueño que desilusionarnos con el resultado. No saben, quizás, o no quieren que sepamos, que lograr el sueño no es tan importante como lo que vamos cultivando en nosotros al intentar lograrlos. De allí, de ese autodescubrimiento monumental vienen todas las obras maestras, y las medicinas, y los descubrimientos sublimes. En cambio, de renunciar a los sueños y a los propios talentos solo viene una triste resignación y la aceptación de los caramelos de colores que nos da el sistema para saciar nuestra insatisfacción.

Nos contaron muchas mentiras, pero la mas destructiva de todas es la de que no se puede vivir de otra manera.

La Era del Coyote termina siendo el momento sanador que estábamos necesitando. Nos sitúa en el centro de la disyuntiva y –como siempre- cada uno de nosotros puede decidir lo que quiera: animarse a hacer las cosas desde el instinto del corazón o seguir aceptando morir aplastados por los yunques, que tan prolijamente han colocado los dueños del mundo sobre nuestras cabezas.