La captura (BBC, 6 capítulos) es una serie policial con elementos del thriller de espionaje, ya que su protagonista Rachel Carey zigzaguea entre el departamento de investigación antiterrorista –donde acaba de obtener un éxito resonante- y el de homicidios, donde hará una especie de pasantía un tanto complicada.

El relato involucra a Rachel (interpretada con eficiente y resoluto hieratismo por Holliday Grainger, cuyos rasgos ostentan una especie de compuesto entre los de las jóvenes Miranda Richardson y Michelle Pfeiffer) con un joven veterano de guerra (Callum Turner) que podría sufrir de stress postraumático hasta el punto de no poder recordar qué sucedió con su joven y bella abogada (Laura Haddock) una vez que se despidieron en una parada de autobús.

El título podría referir a las captaciones de imágenes a través videocámaras, tanto callejeras como la manipulada por otro soldado, o el resultado de perseguir al veterano, acosado por una posible acusación de homicidio.

Como en muchos de los productos generados por la BBC, el tono es seco y azulino, la narración no se pierde en desvíos inútiles y el ritmo es acerado, entre jefas del M15 con cara de póker y miembros de la CIA que visten los curtidos atributos de hipopótamo de un Ron Perlman.

Hay homenajes a la marca mayor en el terreno del thriller –Alfred Hitchcock, y su manera de disimular un corte entre toma y toma en La soga (1948)- y un suspenso sostenido. También uno se entera de que es mejor no meterse un dedo en la nariz en una calle londinense porque es susceptible de ser captado por una de las 6 mil cámaras que poseen la capacidad de auscultar hasta el mínimo parpadeo y transformarlo en un gesto angelical.

DEVS recurre a la añeja triquiñuela creada en 1895 por H. G. Wells en La máquina del tiempo, aderezada con capas de física cuántica, para cumplirle el sueño a un empresario de la tecnología llamado Forest, que oscila entre el científico loco y el profeta new age, interpretado con crenchas grasientas con el tino parsimonioso de Nick Offerman.

Miniserie de 8 episodios generada por el talento de Alex Garland (Ex Machina, Annhilitation) para la plataforma Hulu, logra ponerte en un estado de conciencia alfa –nunca delta- siguiendo las tribulaciones de Lily Chan (Sonoya Mizuno, actriz fetiche del creador), una empleada sumamente inteligente del emporio del empresario, a la que le desaparece un novio ruso con el que comparte tareas y que metió sus narices donde no debía. Investigando por aquí y por allá con paciencia china, veremos que es asediada por uno de los tentáculos de Forest, el que le lava la ropa sucia, un ex CIA llamado Kenton que tiene la apariencia de un GI JOE entrado en la cincuentena y es interpretado muy competentemente por Zach Grenier.

Otro tentáculo del empresario, uno con el que suele enredarse entre las sábanas, es Katie (la sorprendente Alison Pill), una científica aventajada que posee la expresividad de un canto rodado y produce, con el mágico poder de la inducción, suicidios y convencimientos opacos.

Colaboradores en la confección de la máquina transportadora son dos personajes ubicados en los extremos del arco etario, un/a adolescente llamado/a Lyndon (la actriz Cailee Spaeny) que descolla en cada una de sus apariciones, y un Falstaff afroamericano (Stephen McKinley Henderson), poseedor de la gravedad y el sentido común que le falta a quien los tiene bajo contrato.

Lily también tiene un exnovio (Jin Ha) que la ayudará en su cometido, que es de ascendencia multiétnica y que pasará un muy mal rato en una bañera, cuando el siniestro Kenton se ofrezca a aplicarle el champú.

Entre muñecas del tamaño de un obelisco, manipulación de imágenes, y algún diálogo tan didáctico como abstracto –inevitable en este tipo de producto- sólo habría que reprocharle a Garland que eligiera representar su maquinita con algo que se asemeja en demasía a una pantalla de cine. En ese punto sentimos que debería haberse estrujado mucho más la mollera, porque todo el tiempo nos tiene pensando si la simulación no es más que otra forma de representación y, como tal, tan bidimensional como lo que nos ofrece el cine desde los hermanos Lumière.

Defending Jacob (8 capítulos, Apple TV) sería una versión pasada en lavandina de Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), ideal para ver en televisión porque nos mantiene cavilando en cada capítulo sobre si Jacobo (un enigmático Jaeden Martell) mató o no a un compañero del secundario. Aquí no tenemos a una atribulada y genialmente trágica Tilda Swinton, pero sí un sucedáneo sacarinado: nada menos que Michelle Dockery, la hija mayor de Downton Abbey. ¡Por fin a lady Mary se le permite mover más que una ceja y demostrar que es una verdadera actriz! Su desempeño es digno de ser resaltado porque a lo largo del relato es el personaje que pasa de la negación a considerar que su hijo podría ser un asesino, y resulta totalmente convincente.

No sucede lo mismo con el apolíneo Chris Evans, que se puso aquí como productor en busca de que se lo tome en serio como actor. Interpreta al padre de Jacobo, un fiscal de distrito al que le cae esta bomba atómica en la casa. De tanto interpretar super héroes uno está esperando que estallen las costuras del traje y exhiba los abdominales. Por otro lado, le sucede lo mismo que a Tom Cruise cuando hizo de padre de un chico de 17 años en La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005); el actor que componía el rol del hijo parecía mucho más maduro que él. Hay actores que no pueden evitar que se les sobreimpriman sus anteriores caracterizaciones en lo que están presentando… Chris, quizás después de los 50…

Así y todo Defending Jacob es un buen producto que no ahorra sorpresas a lo largo de su desarrollo, como las apariciones del notable J.K. Simmons (¿recuerdan al iracundo instructor del conservatorio de Whiplash?), como una mancha cancerígena en el pasado del fiscal, y de la potente Cherry Jones, como la abogada defensora. El suspenso está bien construido en base a la ambigüedad de las situaciones y de los personajes; también hay un juicio y un capítulo final con varios giros llamativos.