Por Giulia Ricciotti

Las piedras son silenciosas. Cuando alguien dice que viaja hacia el viejo mundo casi nunca se refiere a las ciudades y pueblos olvidados que se encuentran en su lado oriental.

El movimiento underground de Belgrado y Kiev se está abriendo camino con una movida de clubes incipientes y el estilo de las dos capitales empieza a ser conocido también en el Oeste, y sobre todo en Berlín. Se podría decir que entre las tres ciudades se está desplegando un importante puente de relaciones.

El futuro es seguro, es el pasado lo que resulta impredecible. Empezando por Ucrania, que sigue viviendo una situación extrema en su parte oriental, las nuevas generaciones no se dejan engañar y están montando una revolución artística y cultural de gran densidad. Pasando por la moda, la fotografía, hasta la noche, Kiev, más que las otras ciudades, se está presentando como el símbolo contracultural para las nuevas generaciones del Este europeo.

La sensación es que siempre fuimos jóvenes y viejos a la vez. De este lado, cada ciudad contempla una arquitectura repleta de elementos del pasado y del viejo dominio comunista. No solo Kiev y Belgrado sino también lo encontré en Rumania y Bulgaria. A lo largo de las rutas es normal chocarse con edificios brutalistas completamente abandonados y suburbios rurales, donde todo es confín.

En Montenegro, las reglas de la naturaleza no tienen excepciones. El hallazgo de una belleza natural con sus inmensos parques, montañas, lagos y playas, y sus ciudades de la costa me recordó lo mejor de Venecia.

Siempre más allá, Sarajevo, ciudad de una maravillosa y elegante presencia, cruce entre los mundos occidentales y árabe, lleva aun los signos de una guerra que la partió. Ningún espacio es más oscuro que el que está justo al lado de la luz. Cuando vas por sus calles, vas encima de heridas, entre huecos hechos por los proyectiles. No pude aguantar las lágrimas frente al edificio de la Universidad de Filosofía y Letras completamente martirizado por las balas. Una guerra demasiado reciente que no ha dejado aún a los bosnios el tiempo de pintar sus paredes o de olvidar el odio, que se sigue percibiendo demasiado cerca.