Asfixiada por un marido que toma decisiones sin consultarla, una hija que se pasea sonámbula por el palier del departamento sangrando y la necesidad de un cambio en su vida, un cambio que viene asomando por el lado laboral pero que terminará siendo absoluto, Luisa (Erica Rivas, insuperable) se ve confinada por unos días a los rituales que se desplegarán en la casa familiar en las afueras.

La casona, rodeada de los verdes de la provincia de Buenos Aires, está dominada por la suegra (Marilú Marini, esperpéntica) que construye un altar a los valores del patriarcado, haciendo la vista gorda ante los desatinos de los hijos (Luis Ziembrowski y Daniel Hendler) y horadando en las falencias de su hija (Valeria Lois), que es madre primeriza y vive atormentada por su bebé.

La reunión es cualquier cosa menos una estadía relajante en un spa. Y así lo muestra y se lo hace sentir al espectador la directora Paula Hernández (Herencia, Lluvia, Un amor), con una cámara que al igual que un moscón insidioso sigue obcecadamente los recorridos de Lucía y su hija (Ornella D´Elía) del mismo modo que lo hicieran los hermanos Dardenne con respecto a sus personajes en El hijo.

Si al pegajoso calor veraniego le sumamos la llegada de tres nietos,?—?el mayor (Rafael Federman) deseoso de perforar lo que se le ponga a la vista-, las interferencias de la abuela en la educación de la nieta, las lealtades y traiciones que se van anudando a lo largo de los días entre los cuñados, las imposiciones del marido y los excesos que crepitan en la noche en torno a un fogón juvenil, tendremos todos los ingredientes de una olla a presión a punto de explotar.

Experiencia perturbadora para el espectador, tan atrapado como Luisa y su hija en ese pantano, Los sonámbulos se desliza hacia la liberación del estallido como un tiburón hacia su presa.

Con su film, estrenado el año pasado y seleccionado para representarnos ante los Oscars en la categoría “mejor película internacional”, Hernández se adentra en el territorio del binomio Torre Nilsson?—?Beatriz Guido, donde familias de buen pasar y cierta decadencia en los valores se dedican a entrampar mujeres con un dejo de conciencia y con ganas de explorar aquello que les late en el cuerpo. Por suerte, los tiempos han cambiado –un poco- y el final es feliz.

Hillbilly, una elegía rural es el nuevo film de Ron Howard (Apolo XIII, Una mente brillante) y nos adentra en una familia que, según la circunstancia, opera como un yunque sobre las decisiones que debe tomar el narrador (J. D. Basso), un estudiante de abogacía en la Universidad de Yale, que debe luchar con los prejuicios por ser originario de los Apalaches y de lo que muchos denominan “white trash”. Historia de superación, de encarnación de los valores de la meritocracia y del sueño americano –como no podía ser de otra manera con este director- interesa más por los avatares familiares que debió sortear el muchacho que por sus luchas por imponerse en el mundo de los privilegiados que, por suerte, ocupan pocos minutos.

El melodrama tiene dos polos destacados en los personajes de la madre y de la abuela, la primera viviendo ataques de ira constantes y al borde de la sobredosis, la segunda tan rígida como la artrosis que la azota, con un perene cigarrillo entre los labios y una permanente que recuerda las esponjas de cobre para rasquetear la olla. Amy Adams está irreconocible como esa enfermera en naufragio permanente, que se abraza a sus hijos como un salvavidas de plomo. Glenn Close compone otro de sus personajes extraordinarios –más allá de la abnegada madre de El mundo según Garp, la amante obsesiva de Atracción fatal, las cónyuges omnicomprensivas de Reencuentro y La esposa, la mujer idealizada por el héroe de El mejor, el trans de Albert Nobbs, la fastuosa y vengativa condesa de Las relaciones peligrosas. Ambas tienen chances para el Oscar en sus encarnaciones para el film de Howard, él mismo un actor, que conoce cómo hacer que se destaquen y no hundan la historia que está narrando.

Lo que la madre destroza, la abuela trata –con métodos poco ortodoxos- de reparar. Es así que entre crisis estentóreas y esfuerzos considerables, el muchacho llegará al lugar de preeminencia que el relato, y la vida, le reserva. La historia está basada en la autobiografía de J. D. Vance, un best seller en Estados Unidos, porque muchos la tomaron como un manual que explicaba por qué la gente de esa extracción social era capaz de votar a Donald Trump. Si uno busca realismo –y parece ser lo que buscaban los críticos del país del norte y no encontraron- esta no es la película indicada, con una producción de muchos millones con actrices caracterizadas como para Halloween, un director acostumbrado a barnizar con una pátina dorada las superficies más porosas, siempre corriendo tras los talones de un Spielberg, que tiene un estilo propio y mucha más inventiva y creatividad.

Ahora, si uno lo toma por lo que es, un buen melodrama con un excelente guión y un conflicto poderoso, y no se fija en la veracidad de las caracterizaciones y de la ideología que soportan esos personajes, como a uno no le importaba que Casablanca transcurriera en la verdadera Casablanca, que los autos que se desplazan en las películas de Hitchcock nunca se movieran un milímetro dentro del set, que Humphrey Bogart y Alan Ladd midieran mucho menos que la mayoría de sus partenaires aunque parecieran gigantes en la pantalla, y aprecia el pulso de una historia bien contada, con una fluidez transparente entre el presente y los numerosos flashbacks, la fotografía y la música adecuadas para que todo se transporte sobre raíles, Hillbilly, una elegía rural tiene mucho para ofrecer. Se la puede ver y valorar en Netflix.